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Palabras de Su Majestad el Rey al Presidente de los Estados Unidos de América Jimmy Carter y al pueblo estadounidense

Madrid, 25.06.1980

S

eñor Presidente, constituye para la Reina y para mí una gran satisfacción daros la bienvenida en nombre del pueblo español. Un pueblo de jóvenes ilusiones y viejas sabidurías que, a lo largo de su historia varias veces milenaria, ha ido forjando una sólida nación, firmemente unida, y ha establecido como sus valores más queridos, el amor a la libertad, la voluntad de independencia, el sentido de la dignidad y una decidida vocación de paz.

Un profundo anhelo de libertad, que el español ha guardado celosamente como el más preciado don, junto a esa permanente voluntad de independencia, que nunca se sometió a la fuerza, la amenaza o el halago: estos son, señor Presidente, los más hondos sentimientos de nuestro pueblo.

Yo, que visité los Estados Unidos con ocasión de la celebración de su II centenario, sé bien en qué grado vuestro pueblo comparte con nosotros estos mismos valores. Y hasta pienso que algo del espíritu de aquellos españoles que recorrieron vuestro país desde las costas de Florida a las misiones de California, y luego combatieron para que Estados Unidos fuese una nación libre, ha dejado su mella en el gran pueblo americano.

Conmemoramos este año, señor Presidente, el CC Aniversario del establecimiento de relaciones diplomáticas entre los Estados Unidos y España.

La historia ha recorrido desde entonces un largo camino en el que han tenido lugar profundas transformaciones en las relaciones del poder entre los pueblos.

Los Estados Unidos no son ya un país que se esfuerza por consolidar su propia identidad. Son una gran potencia cuyo poder lleva aparejadas las graves responsabilidades inherentes a todo liderazgo.

Pero creo que hay algo que animó las ilusiones de los padres fundadores, que perdura intacto en el pueblo americano y que ha inspirado siempre vuestra acción de gobierno: la fe en la fuerza creadora de los valores espirituales sobre los que se asientan nuestras sociedades democráticas, y en el respeto a los derechos humanos, razón última de esos valores y objetivo final de la verdadera paz.

Los españoles, señor Presidente, sabemos de amistad y fidelidades, hasta el sacrificio si fuera necesario. Porque nadie impuso a nuestra dignidad amistades que no queríamos o enemistades que no compartíamos. El pueblo español, que tiene su propia voz y nunca ha aceptado ser eco de las voces de los demás, elige libremente a sus amigos, y la historia da testimonio de que jamás lo abandonó. Porque somos un pueblo de lealtades.

Somos también un pueblo amante de la paz, convencido de que la construcción y consolidación de esa paz, dentro de cada país y en el ámbito internacional, es el más noble empeño de un gobernante, en un mundo de tensiones y conflictos, desgarrado por la injusticia social y amenazado por la falta de respeto a los principios que deben regir las pacíficas y ordenadas relaciones entre los Estados.

España está contra la amenaza y el uso de la fuerza; contra todas las formas de violencia y de intervención en los asuntos internos de los Estados. En consecuencia, hemos adoptado una actitud clara y firme en la condena de esas intervenciones desde una posición solidaria con los países del mundo occidental al que pertenecemos.

Pero, desde esa firmeza, somos y seguiremos siendo partidarios de la distensión, y estamos dispuestos a aportar nuestra contribución a un diálogo entre el este y el oeste, que permita el restablecimiento de la confianza y la cooperación entre dos mundos que no pueden vivir enfrentados ni regresar a los rígidos planeamientos de la guerra fría.

Aquí es donde creemos que la Conferencia de Madrid debe desempeñar un importante papel en el acercamiento de unos países que necesitan salvaguardar y desarrollar lo que un día se llamó el espíritu de Helsinki.

Junto a esta superación de las tensiones entre el este y el oeste, pensamos que es preciso llevar a cabo un decidido esfuerzo de aproximación a los países en vías de desarrollo, para construir entre todos un orden económico internacional más justo y más humano, donde los países menos favorecidos encuentren las posibilidades necesarias para el desarrollo de sus pueblos.

No es posible construir y consolidar la paz sobre el egoísmo, la insolidaridad y la injusticia porque, en el mundo interdependiente en que vivimos, los intereses propios no justifican nunca la ignorancia, el desprecio o el atropello de los intereses de los demás.Cooperación desde la libertad; solidaridad desde la independencia; lealtad desde la dignidad.

Así es como España concibe sus relaciones de amistad.

Una amistad que nos une con la Europa a la que pertenecemos, con la que compartimos proyectos y esperanzas y en cuyas instituciones tenemos derecho a participar plenamente; con la gran familia de pueblos iberoamericanos, en los que España encontrará siempre su norte y su destino; con los pueblos árabes y africanos, tan próximos por la geografía y tan cercanos por la historia y la cultura. Una amistad que nos vincula a la gran nación americana, con la que queremos trabajar juntos al servicio del más alto de los ideales: la paz entre los pueblos.

Por esa amistad hispano-norteamericana, por el bienestar del gran pueblo americano y por vuestra ventura personal y la de vuestra esposa y familia, levanto ahora mi copa.

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