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Palabras de Su Majestad el Rey al pueblo español en la ofrenda al Apóstol

A Coruña(Santiago de Compostela), 25.07.1982

S

eñor Santiago, apóstol y patrono de España, al pronunciar estas palabras, en la noble y tradicional ofrenda a vuestro patronazgo, siento una doble emoción: la de un Rey orgulloso de su condición de creyente y la del peregrino que se acerca a tu sepulcro a rendirte con sencillez su homenaje.

Ambos sentimientos están unidos por la firme creencia de que más que nunca, nos tienes hoy bajo tu protección y ayuda.

Los millones de peregrinos que vienen a visitarte en este año jubilar, cumplen y reviven una tradición que nace en la más brillante y fecunda teología medieval.

La íntima y espiritual certeza de que nos escuchas, ilumina a su vez este paso innumerable ante tus restos, y convierten el camino hasta aquí en una lúcida expresión de nuestra identidad cristiana occidental.

Porque si es verdad que entre los antiguos romeros que poblaban la ruta jacobea y nosotros, hombres de hoy, existen fundamentales diferencias, no es menos cierto que compartimos con ellos en el tiempo y en el espacio, el pensamiento de que el espíritu prevalece y con él la vocación más alta del hombre, la de encararse responsablemente con la eternidad.

Desde esa humilde confianza que nos inspiras, al empujar nuestra fe con tu conducta apostólica, yo quiero pedirte por mi pueblo, por sus gentes y comunidades y, en definitiva, por su futuro.

Consérvanos, señor Santiago, desde este púlpito de la cristiandad, desde la ciudad bien compuesta, la fe en Dios, la fe en el hombre.Consérvanos la fe en España y en nuestro destino colectivo, que siempre ha madurado y se ha engrandecido en la conciencia de que vivir es una exigencia de perfección que ha de cumplirse cada día.

No te voy a ocultar -pues tu nos conoces desde hace siglos- que nuestros pecados son muchos, acaso los de siempre, y que no podríamos entrar con ellos ni siquiera por la puerta santa compostelana.

Pero tú sabes también que somos hombres de fe y que, como los antiguos caminantes de la ruta de las estrellas, asumimos nuestras faltas con valentía tantas cuantas veces se nos ha pedido cuenta de ellas. Abrimos ante ti nuestro pecho, como los romeros lo hacían para pedir perdón e indulgencia.

En esa confianza que nos da tu presencia dinámica en nuestra historia, nos atrevemos a pedirte ayuda para que, como en tantas otras ocasiones, mantengas en nosotros la esperanza en el porvenir, que es nuestro mejor patrimonio.

Ayúdanos, señor Santiago, a vencer las dificultades tristes de cada día, poniendo contra ellas el tesón con que otras veces vencimos las grandes catástrofes.

Ayúdanos a ser jóvenes. A mirar adelante con voluntad de justicia y de solidaridad. A multiplicar el trabajo de cada jornada, enriqueciendo el pan de todos.

Ayúdanos a ser generosos en la victoria, invencibles en la derrota, firmes en el amor a los nuestros y a lo nuestro, solidarios con todos en la paz.

Ayúdanos, patrón de todos los españoles, a incrementar nuestro amor a España. A no tener miedo a nuestra autenticidad. A compartir con todos nuestra entrega a la patria, que nos dignifica y engrandece.

Ayúdanos a abrir surcos a las ilusiones, a mantenerlas hombro con hombro, partícipes en un destino común.

Ayúdanos a trabajar en paz, a universalizar la paz, a dárnosla con la mano abierta y el espíritu dialogante.

Dice la tradición de la ruta jacobea que si se te formulan tres peticiones, en el pórtico milenario de la gloria, concedes una de ellas.Las mías como Rey y peregrino sólo tienen una palabra múltiple y acogedora: España, España, España.

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