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Palabras de Su Majestad el Rey a los miembros de la Junta de Jefes de Estado Mayor y de los Consejos Superiores de los Ejercitos de Tierra, Mar y Aire

Madrid, 16.01.1982

E

sta reunión de los Consejos Superiores de los Ejércitos de Tierra, Mar y Aire, que tanto me satisface y que quisiera poder celebrar con más frecuencia a través del año, coincide con un relevo importante que se acaba de producir en la cúspide de la cadena del mando militar.

Esa importancia, sin embargo, no resta normalidad al hecho, pues es característica en la milicia esta figura del relevo. Relevo de los que han realizado un esfuerzo encomiable, de los que han alcanzado un destacado objetivo, de los que han cumplido satisfactoriamente una misión.

Por eso quiero iniciar mis palabras dando las gracias al presidente de la Junta de Jefes de Estado Mayor y a cada uno de éstos, los tenientes generales Ignacio Alfaro Arregui, José Gabeiras Montero, almirante Luis Arévalo Pelluz y teniente general Emiliano Alfaro Arregui, que acaban de ser sustituidos, pues tendré siempre muy presente el acierto y la eficacia con que han ocupado sus cargos durante un período en el que no han faltado las dificultades y los momentos de tensión. Dificultades que han sabido vencer atinadamente, y momentos de tensión que superaron con la máxima lealtad a las Fuerzas Armadas, al Gobierno de la nación, a su Rey y a España.

Mi gratitud, pues, para ellos, que además han sabido recibir con la elegancia característica en los caballeros la decisión que les afecta. Y para ellos también el deseo de que la suerte y el éxito les acompañen en los futuros cometidos que se les encomienden, pues su experiencia, su capacidad y sus conocimientos han de ser aprovechados en el servicio de la patria.

A los que han sido designados para sustituirles en sus puestos, la expresión de mi confianza y la esperanza de que continúen la labor iniciada por sus antecesores, con el mismo tesón, igual disciplina e idéntica fidelidad a la institución que encarno, e inspirados en todo momento por el amor a España. Mi enhorabuena más cordial a los tenientes generales Alvaro de Lacalle Leloup, Ramón de Ascanio y Togores, almirante Saturnino Suanzes de la Hidalga y teniente general Emilio García-Conde Ceñal.

No es que nos encontremos en los umbrales de una España distinta, pues hemos de considerar que en las Fuerzas Armadas cada día es una continuación del afán y el trabajo del anterior y un motivo de sucesiva perfección para el siguiente. Pero este nuevo equipo que desde ahora va a ocupar la cumbre del mando militar de los tres Ejércitos, como continuación de la labor de sus predecesores, ha de mirar con optimismo y decisión al panorama que se les presenta, con la solución adecuada de difíciles perspectivas a las que habremos de enfrentarnos en algunos aspectos, con la iniciación de negociaciones importantes en el ámbito de la política militar internacional y con el desarrollo de la reorganización en marcha.

Todo ello exigirá una dedicación especial, unos profundos estudios y una permanencia más prolongada en tan elevados cargos. Estoy seguro de que con su espíritu, con su entrega y con la colaboración decidida y entusiasta de cuantos están a sus órdenes obtendrán los resultados más satisfactorios.

He recordado en estos días el momento en que tuve el placer de reunirme con vosotros el pasado año, inmediatamente después de que las Fuerzas Armadas, con su serenidad y su buen sentido, dominaron unos acontecimientos delicados para ellas y para España. Y os ponía de manifiesto en mis palabras la necesidad de reflexión y la conveniencia de meditar detenida y profundamente sobre la propia conducta de las Fuerzas Armadas como conjunto.

Si siempre es necesario, hoy es más imprescindible que nunca comprender la situación de cada uno y tener conocimiento perfecto de los propios derechos y obligaciones como individuo y como corporación. Y no ignorar las facultades que las disposiciones legales conceden a los demás para observarlas y acatarlas disciplinadamente.

Es característica en la milicia que aquella persona u órgano colegiado de quien se solicite opinión o asesoramiento los emita con la mayor lealtad o sinceridad. Pero si la resolución no se acomoda a la propuesta y los informes no son vinculantes, también es norma obligada en el ámbito militar la de entregarse con entusiasmo al cumplimiento de la orden recibida, que es preciso asumir plenamente y sin reservas.

Esta reflexión que ahora os pido, como máximos representantes de los tres Ejércitos, la solicito asimismo -como hice en aquella ocasión- de todas las autoridades, de todas las Instituciones, de todos los estamentos sociales, de todas las fuerzas políticas, de todos los medios de comunicación, que tan importante papel desempeñan en la vida nacional y que de manera tan decidida pueden contribuir a establecer su normalidad o a provocar su excitación. Hagamos examen de conciencia y llevemos también a la conciencia de todos la necesidad suprema de cumplimiento de la ley, del respeto a la libertad y del culto a la verdad.

Os repito que, a mi juicio, estos Consejos Superiores deben esforzarse siempre en recoger y reflejar el sentir -justo y reglamentariamente manifestado- de cuantos componen las Fuerzas Armadas, para trasladarlo, con sinceridad y claridad, a las autoridades del Estado que tienen a su cargo la gobernación del país y la dirección de la política de defensa.

Pero no olvidemos tampoco e insisto mucho en ello- que esa información ha de ser mesurada y correcta, formulada a petición de dichas autoridades o expuesta con serenidad cuando las circunstancias generales lo aconsejen, sin dejarse influir por supuestos agravios personales o corporativos.

Recientemente tuve ocasión de recalcar esta necesidad de comunicación dentro de las Fuerzas Armadas y entre los máximos representantes de éstas con el gobierno de la nación. E insisto en ella porque estoy seguro de que esta perfecta coordinación nos permitirá robustecer la unidad de los ejércitos, que han de engarzarse de manera perfecta en la organización del Estado, a fin de conseguir el orden, la paz y el progreso que todos deseamos para nuestra patria.

Muchas y muy diversas pueden ser las posiciones y las líneas de pensamiento y conducta en una sociedad que se define como pluralista. Pero no serán legítimos ni, por tanto, dignos de aceptación los propósitos que no arraiguen en la resuelta voluntad de servir a España dentro del ordenamiento legal que los propios españoles han establecido.

Tampoco serán admisibles los actos que, desatendiendo o eludiendo las vías naturales de exposición y comunicación, puedan crear estados de inquietud o desorientación en la propia milicia y en la pacífica convivencia de los ciudadanos en general.

Ante el porvenir hemos de tener plena confianza en nosotros mismos y en las instituciones, con la seguridad de que cualquier obstáculo será vencido y la justicia se impondrá en todos los aspectos.

En el año que acaba de terminar a todos nos ha correspondido vivir momentos que no podemos dejar de recordar como origen de lección y de experiencia. Hemos tenido ocasión de defender la convivencia nacional, la integridad social, el vigor de las instituciones refrendadas democráticamente y la unidad de las Fuerzas Armadas.

Por mi parte, en la labor que me ha correspondido, os aseguro que no me he sentido nunca solo. Las circunstancias resueltas por vuestro tesón en torno al Rey, han probado que la Corona tensa y fortalece los deseos nacionales de superación, pacífica las divergencias, responsabiliza a los poderes sociales y asume con capacidad de permanencia el modelo de vida en la que nos comprometimos y para el que hemos tenido las adhesiones y los testimonios más resueltos.

Esta es la hora, por consiguiente, de no quedar detenidos por las cicatrices ni por el natural resentimiento que las adversidades hayan podido producir, sino para que, precisamente por ellas, nos sintamos fortalecidos y más conscientes y seguros del futuro que nunca.Con esta confianza yo quiero ofreceros a todos un abrazo abierto y sincero, para que lo hagáis extensivo también a vuestros subordinados, que considero aquí representados por vosotros.

Muy especialmente quiero abrazar a los que habéis cumplido vuestra misión con la mayor dignidad, con disciplina ejemplar y con una lealtad que no olvidaré nunca. Y así voy a hacerlo al imponeros las grandes cruces de la Orden de Carlos III de que os habéis hecho acreedores los tenientes generales Ignacio Alfaro Arregui, José Gabeiras Montero, almirante Luis Arévalo Pelluz y teniente general Emiliano Alfaro Arregui.

Muchas gracias a todos, y mi esperanza de que repitamos cuanto sea posible estas reuniones. Y como resumen de mis pensamientos, como compendio de mis sentimientos de siempre, una sola palabra: España. Ella nos define y nos engrandece. Con ella debemos sentirnos crecidos y comprometidos. No la defraudemos jamás.

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