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Palabras de Su Majestad el Rey a la comunidad hispanoamericana al recibir el Premio Simón Bolivar

Venezuela(Caracas), 24.07.1983

C

on la misma emoción y respeto que esta misma mañana deposité mi ofrenda ante el Panteón de Simón Bolívar, acepto hoy de vuestras manos el premio internacional que lleva el nombre del Libertador.

Quiero comenzar expresando mi especial satisfacción por el alto significado de solidaridad que encierra el haber unido, bajo el símbolo bolivariano de este primer Premio Internacional a quien, prisionero, asume el dolor de un enorme sector de la humanidad que clama por la libertad y la justicia, y al que ha heredado la gloria, la responsabilidad y el riesgo de iniciar la nueva andadura de un país como España, encrucijada de tres civilizaciones.

Al testimoniaros mi agradecimiento por este Premio, señor Presidente de Venezuela, señor Director General de la Unesco, quiero también hacerlo extensivo al ilustre Jurado que lo propuso.

Y lo extiendo asimismo al amplio y plural grupo de gobiernos, de instituciones y personalidades que -más en homenaje a España y al pueblo español que a mi persona- ha respondido a los sentimientos íntimos y profundos de ese mismo pueblo, suscitando y apoyando la simbólica asociación de la Corona con el nombre de Simón Bolívar.

Culminan hoy, sin agotarse, las ceremonias y solemnidades que han marcado a este año como el del bicentenario del nacimiento del Prócer, personificación de todas las ansias de libertad y justicia de este continente, compendio hoy en el suyo de todos los nombres de los demás libertadores, de los demás luchadores americanos. Se consagra así el reconocimiento del alcance universal de su obra y de su personalidad.

Con el recogimiento que exige esta ocasión y la serenidad de quien recibe una distinción en que se decantan doscientos años de esperanzas y frustraciones, aparentemente distantes pero paralela e íntimamente compartidas, quisiera poder contribuir a tomar conciencia de lo que el nombre de Simón Bolívar evoca, no sólo como símbolo universal, sino también como ejemplo humano.

Todo español que viene a América -dije en una ocasión para mí memorable- siente que en ella encuentra sus raíces. Todo español, por ello, tiende a reconocer, en los grandes hombres que la representan, el espíritu de la estirpe. Un espíritu basado, más que en identidades o diferencias de raza, en tareas comunes y siglos de convivencia.

Simón Bolívar es para nosotros, ante todo, la figura que resume con carácter egregio lo más positivo de aquellos forjadores de nuestra historia común.

No es difícil descubrir la solidaridad con aquella historia, la conciencia americana y española presente en los grandes movimientos de emancipación.

Muy vivamente lo expresaban en 1811 los firmantes del Acta Solemne de Independencia de la Confederación Americana de Venezuela, al señalar, como uno de sus fundamentos, los agravios causados «a todos los descendientes de los descubridores, conquistadores y pobladores de estos países, hechos de peor condición por la misma razón que debía favorecerlos».

Por ello, al recordar al hombre Bolívar, enraizado en su pasado español, pudo decir Miguel de Unamuno que el alma de Bolívar «era de todos, que creó patrias y que, enriqueciendo el alma española, enriqueció el alma de toda la humanidad».

Profundamente instalado en la realidad de su tiempo, en el que se desploman las estructuras del antiguo régimen y con él la fecunda utopía de la Monarquía hispánica, comulgará en lo esencial Simón Bolívar con las ideas que animaron a gran parte de sus contemporáneos, algunos de ellos adversarios en el campo de batalla, mientras se trataba, también en la península, de constituir una sociedad nueva, manteniendo vivo y más libre el cuerpo de las dos Españas.

El precursor, Francisco de Miranda, saludó a la Constitución de Cádiz como «el más importante monumento jamás dado por la metrópoli en beneficio del continente americano». Pensaba, en efecto, que ofrecía la posibilidad de que «un acuerdo pacífico reconciliase a americanos y españoles para que en lo sucesivo formasen una sola sociedad, una sola familia y un solo interés».

El admirable esfuerzo de aquellas Cortes de 1812, refrendado por cuarenta y nueve diputados americanos de todas las latitudes y orígenes y entre cuyos nombres peninsulares y criollos aparece la firma del peruano Dionisio Inca Yupanqui, inspiró muchos de nuestros textos fundamentales y vivifica hoy todavía con su savia la Constitución española de 1978.

Tampoco Bolívar es historia pasada.

Un examen de conciencia colectivo nos obliga a descifrar el mensaje permanente para el futuro, que su vida, tan breve, y su obra, altísima e inacabada, ofrece a los hombres de hoy.

La extraordinaria originalidad del pensamiento bolivariano, y en la que posiblemente radica el secreto de su fuerza movilizadora, es la conjugación del espíritu de libertad y de la idea nacional, incipiente todavía en Europa e inexpresada en el continente americano.

Un paso más, en el que se combinan su intuición y su realismo, a pesar de la apariencia utópica del proyecto, le lleva a la concepción de la patria grande.

Este es el sentido que contiene la Carta de Jamaica, de la que hoy también España se siente destinataria.

Se trata, nada menos, que de la libertad en la unión, que, en palabras del propio Simón Bolívar, «no nos vendrá por prodigios divinos sino por efectos sensibles y esfuerzos bien dirigidos».

Importante es también el sentimiento de la justicia que subyace en toda la obra y la vida del Libertador, no sólo cristalizada en proyectos y realizaciones constitucionales, como los de Colombia y Bolivia, en los que se articulan las instituciones heredadas sobre nuevas bases fundadoras de un estado de derecho, sino también en el espíritu que anima a sus disposiciones para el reparto de tierras entre los campesinos, las medidas contra la usurpación de derechos y caudales del estado y la tenacidad en garantizar los derechos de todos a la educación, como base esencial de la convivencia ciudadana y de la paz social.

Fue esta paz en la libertad y la justicia la que persiguió denodadamente el Libertador.

«Hizo la guerra» _como Unamuno recordaba al comparar a Bolívar con Don Quijote_, «para fundar la única paz durable y valedera: la paz de la libertad».

Propugnó así, en Angostura, como pieza esencial de un nuevo e ideal orden constitucional, la instauración de un poder moral compuesto de dos cámaras: la de educación y la de moral, cuya finalidad última era justamente la de situar en un plano prioritario de las acciones del Estado, aquellas tendentes a la perfección moral y a la instauración de la paz en el derecho.

Nos legó también Bolívar, insisto, un ejemplo como hombre, al poner enteramente su persona al servicio de su obra. Fue un hombre entera y radicalmente honesto y, como destacaba otro americano, José Martí, «después de defender, sobre todo, el derecho de América a ser libre, murió del pesar del corazón más que del mal del cuerpo: murió pobre y dejó una familia de pueblos».

Al asumir íntegramente hoy el legado de la historia común, comprometo también mi fidelidad a ese mensaje de libertad, justicia y paz en la mente de los hombres y en la vida de los pueblos que nos legara Bolívar. Primero, a los hombres y países que componen esa comunidad a uno y otro lado del Atlántico y, por extensión, a toda la humanidad.

Si sabemos ser fieles a tal legado, será éste un feliz, gozoso y prometedor reencuentro.

Nuestro futuro, en que tantas cosas podremos hacer juntos, no se apoya ni en la nostalgia ni en el rechazo del pasado, sino en una profunda solidaridad con los pueblos de este continente, que nos hace vivir muy de cerca sus problemas más acuciantes, sean los de su independencia política y económica, los de su desarrollo o los derivados de sus ansias de una mayor justicia social. Pero, como he dicho ya alguna vez, la historia es siempre universal y la historia siempre es futuro.

Las diferencias de intereses y criterios que afectan tanto a los pueblos como a los hombres, sólo se pueden unificar en la esperanza.Desde la variedad de los pueblos de España, desde el respeto a la complejidad de esta América que tan claramente supo percibir Simón Bolívar, yo os quiero decir que España, los españoles y su Rey, estamos con vosotros en esa esperanza.

Complejos y diversos son nuestros problemas.

Dentro del propio continente, y sobre un origen común, sobre una lengua y una cultura comunes, compartidas por España, se combinan las más diversas situaciones como círculos diversos, unas veces concéntricos, otras tangentes, que componen una espléndida rosa, complicada, conflictiva, pero prometedora.

Lo han dicho autorizadas voces americanas: estamos llamados, como grupo de países, a desempeñar un papel de mediadores en la sociedad universal entre el norte o centro industrializado y el sur o periferia, rico en recursos pero trabado en compromisos y en tensiones, ya sean surgidas en el propio seno de nuestras sociedades o provocadas desde fuera.

Gran parte de los habitantes de nuestro planeta vive sacrificada por los inexorables mecanismos de la economía a niveles de vida, de miseria material y de degradación de su condición humana.

Todos esperamos que algún servicio pueda prestar a la transformación de esa realidad, no sólo la puesta en marcha del potencial humano y la movilización de los recursos económicos de nuestra comunidad, sino también el soplo espiritual que inspiró al Libertador y a la obra que se inició hace poco menos de quinientos años, alumbradora con dolores y gozos de un nuevo mestizaje y de la esperanzadora empresa que es Iberoamérica.

No creo que nuestra comunidad pueda estar ajena a lo que ocurre, no ya dentro de su seno, sino en el amplio y vecino mundo.

«Hay otro equilibrio que nos importa a nosotros _dijo Bolívar_. El equilibrio del universo. Esta lucha, la lucha por la libertad, no puede ser parcial de ningún modo, porque en ella se cruzan intereses esparcidos por todo el mundo.»

La libertad, como ha dicho Su Santidad el Papa Juan Pablo II, «se mantiene como una lucha y se paga con todo el ser».Sólo podemos encontrar nuestra libertad en la libertad de los otros.

No puede llamarse libre quien fundamente su libertad sobre la opresión de los demás.

Por eso, a la vez que reitero mi satisfacción, reitero hoy la decisión de España, de su Rey y de su gobierno, de continuar prestando destacada atención a los problemas de Africa, y de apoyar activamente las justas causas africanas en todos los foros y muy especialmente la libertad total del Continente y la lucha contra el apartheid, que el pueblo español rechaza como un agravio a la dignidad del hombre.

«Donde duerme Bolívar cabe un mundo», escribió el político español Emilio Castelar.

Ojalá quepa un mundo también en los ideales de paz, de justicia y de libertad que presiden hoy los afanes del Gobierno de Venezuela, de todos los países de nuestra comunidad y de la UNESCO, que desempeña tan altas tareas en las más sensibles regiones del espíritu y de la vida humana.

Simón Bolívar, que sufrió antes y después de recibir todos los honores y las glorias del nuevo orden que con su esfuerzo se empeñó en construir, estaría hoy muy satisfecho de que su nombre continúe unido a los que sufren por la esperanza de la justicia y de la libertad.

Por mi parte, como Rey de España, seré fiel al compromiso que hoy he asumido, y deseo fervientemente que este Premio a la esperanza consagre una realidad en marcha, a la que, con todos los españoles, estoy dispuesto a aplicar mis esfuerzos.

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