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Palabras de Su Majestad el Rey a las Cámaras Legislativas de Brasil

Brasil(Brasilia), 17.05.1983

S

eñor Presidente, señores congresistas, me honra sobremanera vuestra invitación de dirigir esta alocución al Senado y a la Cámara de los Diputados de la República Federativa de Brasil, reunidos en sesión conjunta y, a su través, al pueblo que vosotros representáis.

Para cualquier español, los pueblos de América tienen un significado profundo, consecuencia lógica de una historia común y de la especial relación que a través de los siglos nos ha unido de forma permanente.

Por varios motivos, no resulta, sin embargo, empresa fácil referirse al significado hondo de esas relaciones.

Y es que de Iberoamérica no se puede hablar como si de un todo homogéneo se tratara, aplicando recetas generalizadoras o queriendo transferir modelos ajenos, como a veces se cae en la tentación desde algunos puntos de Europa.

En el continente americano existen tantos tiempos históricos como naciones, lo cual supone peculiaridades nacionales y diversos grados, ritmos y niveles de desarrollo estructural.

Sólo desde esa base de partida se puede intentar una aproximación a Iberoamérica.

Superada una época en la que España e Iberoamérica han estado más cerca en lo formal que en las cuestiones de fondo, se inicia una nueva etapa en la que las relaciones entre nuestros pueblos pueden y deben adoptar un común proyecto de auténtica dimensión histórica.

La proyección americana de España constituye uno de los objetivos fundamentales de la política exterior de mi país y, al mismo tiempo, un compromiso que, encarnado en la Corona, quedó reflejado en nuestra norma suprema constitucional: «El Rey asume la más alta representación del Estado español en las relaciones internacionales, especialmente con las naciones de su comunidad histórica...»

La puesta en marcha de este proyecto es el gran reto histórico que España afrontará en los próximos años a uno y otro lado del Atlántico, porque, más que de una política hacia Iberoamérica, se debe hablar de una política con y al lado de los pueblos de este continente.

Las bases que regirán esa política deben ser asumidas por cualquier gobierno democrático español, independientemente de su signo político: en consecuencia, por todas las fuerzas políticas y sociales del país, obedeciendo a una auténtica política de Estado.

Esta concepción estatal ha quedado expuesta con ocasión de mis anteriores viajes al continente hermano, tratando de fijar las líneas generales de estos vínculos en sus dimensiones exactas.

En más de una ocasión he manifestado que deseamos mantener relaciones permanentes y profundas con el continente Iberoamericano porque por encima de los gobiernos, que son coyunturales, están las relaciones con los pueblos, que son permanentes.

Esta es la filosofía que informa la política exterior española cara a nuestra presencia en América Latina.

Continuidad de esa presencia, expresión del respeto entre los Estados y del principio de no injerencia en los asuntos internos de otros países.

La idea quedaría, no obstante, inoperante, si no pudiéramos desarrollar junto a esa política de Estado, de forma paralela, una «política de los pueblos».

La solidaridad con los pueblos que luchan por la libertad y la democracia, la defensa de los derechos humanos, la promoción de la justicia, el progreso y la paz son valores universales que defenderemos activamente y que España planteará en cuantos foros internacionales pueda hacer oír su voz.

Libertad, derechos humanos, justicia, paz... todo ello está en juego en muchos lugares de América Latina.

Señor Presidente del Congreso, señores congresistas, al dirigirles la palabra, no puedo sino señalar lo digna de encomio que resulta la vía brasileña de desarrollo político que de forma tan esperanzadora quedó abierta en su día.

El pluralismo político, como base de la consolidación de la democracia; el equilibrio entre un sistema de libertades y el mantenimiento del orden público; el respeto fiel y constante a los derechos humanos y la presencia en el esquema democrático de todas las minorías, son condiciones que convergen en el supremo ideal democrático.

La democratización, además, supone hoy -en éste como en otros continentes- la palanca básica para la consolidación del desarrollo social y económico.

Yo me permito, pues, públicamente, felicitar aquí a los nuevos senadores y congresistas elegidos por el pueblo brasileño el 15 de noviembre, en unas elecciones libres y ejemplares. En vuestras manos están depositadas ahora las expectativas de una transición democrática a la que comienza a mirar el mundo, no ya con interés, sino con auténtica admiración y respeto.

Tal es el valor de vuestra difícil andadura.

Aquellas conquistas están en la línea de la más honda tradición humanista de nuestros pueblos y del reconocimiento de los valores liberales que distinguen a nuestra mutua tradición occidental, que arrancan del siglo XIX.

En los momentos actuales, en que se aspira al establecimiento de un nuevo orden internacional; en las tensiones de los grandes problemas de esta segunda mitad del siglo xx, es precisamente cuando las dificultades hacen más necesario el cambio. Cambio de actitudes, cambio de perspectivas, cambio de instrumentos en los planteamientos de nuestra filosofía y de nuestros modos de acción.

Señor Presidente, señores congresistas, en el orden internacional se hace preciso el reconocimiento del margen de autonomía necesaria para defender los intereses nacionales, dentro del respeto de los equilibrios regionales o globales.

Creo que en este sentido Brasil ha dado pruebas más que suficientes, durante los últimos años, de esa autonomía de criterios y de acción al mantener posiciones propias en sus relaciones internacionales que no vienen sino a enriquecer la unidad de las acciones regionales o hemisféricas.

La larga tradición de diálogo y flexibilidad de vuestro pueblo, la inagotable capacidad de asimilación y absorción de que Brasil ha dado muestras sobradas desde el momento histórico del grito de Ypiranga, son valores espirituales permanentes que ayudarán sin duda a cimentar el definitivo peso específico de América en el mundo del siglo XXI.

Pero aún antes, en la difícil crisis global que vivimos en nuestros días, esas virtudes reconocidas de vuestro pueblo, abierto siempre al diálogo constructivo y a la crítica creativa, ayudarán sobremanera a buscar una salida a las penurias financieras del momento actual y a solidificar los procesos de integración regional y subregional actualmente en marcha.

La riqueza del pluralismo político, de la que sois representantes, presta un gran servicio a la comunidad de intereses de todos los pueblos americanos, que miran hoy con fe y esperanza el futuro inmediato de este gran país.

El generoso espíritu de la libertad, que constantemente ha nutrido el ideario de vuestros más destacados portavoces y de vuestras leyes, sirviendo con ejemplar fidelidad a vuestro pueblo, encierra la clave interpretativa de un futuro de creciente concordia y de grandes realizaciones.

No quisiera acabar estas meditadas palabras, sin hacer una referencia a la inalterabilidad y permanencia de los vínculos reales, con base en la cultura y en la historia, que unen a España con este hemisferio, con sus pueblos hermanos de América.

Rindo, pues, homenaje ante estas Cámaras, reunidas en sesión conjunta, a las naciones soberanas e independientes de Iberoamérica que, como es el caso de Brasil, siguen constituyendo para España el norte y la guía de nuestra política exterior.

No en vano, señores senadores y diputados, España tiene sus sentimientos fuertemente anclados en esta parte del Atlántico.

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