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Palabras de Su Majestad el Rey a la WI Promoción de la Academia General del Aire en sus bodas de plata

Murcia(SanJavier), 15.06.1984

Q

ueridos compañeros, no puedo evitar que la emoción empañe mis palabras al dirigirme a vosotros en esta ocasión tan entrañable.

El primer recuerdo que deseo expresaros, en esta fecha en que revivimos instantes inolvidables de compañerismo, fe en la patria y amistad irrenunciable, es para aquellos que en este cuarto de siglo se han ido para siempre.       La vida humana es un cúmulo de experiencias amargas y gozosas en la que luchamos porque las segundas sean mayores y más hondas que las primeras. Quienes ya han muerto y compartieron en las aulas, en los patios de armas, en el ejercicio de su vocación de soldado su vida con nosotros, tienen un sitio de honor. A mis labios afloran nombres, anécdotas, instantes fundamentales de esos compañeros desaparecidos. De todos y cada uno de ellos nos queda un rasgo, un gesto, una actitud de ejemplaridad y por encima de cada una de estas cosas, la fundamental de que dedicaron lo mejor de su existencia a España. Hoy, están aquí con nosotros.

¡Sí, cuántas anécdotas, cuántos momentos de alegría, de esperanza compartida, de amistad leal, de esfuerzo, nos unen!

El paso por nuestra querida Academia y la posterior graduación y salida de nuestra promoción a los puestos de servicio, representan en mi vida un capítulo esencial.

Quisiera decir, que es también, un capítulo abierto. Porque si a partir de nuestra incorporación al mando hemos estado separados por circunstancias geográficas y de trabajo, algo nos ha mantenido identificados a lo largo de estos veinticinco años: el amor a España a través del ejercicio de la vocación militar.

Muchas veces, he de confesaros, en relación con mi persona, que me ha llegado esta referencia y deferencia: «¡El Rey es muy militar! ¡Con qué íntima y acaso vanidosa delectación acojo esas alusiones que me vinculan profundamente a vosotros! Pues sí, muy militar. Amo a España desde esa esencial dedicación que compartimos, por encima de todas las cosas y dedico los instantes de mi existencia, como prometí en el primer mensaje de la Corona, a la patria.

Me congratulo profundamente de que, en ese sentido, nuestras vidas hayan marchado, como lo harán siempre, unidas por esta fe profunda. Cobran, por eso, a la luz de la concordia de este aniversario, un especial relieve las horas de estudio, de riesgo y de experiencias castrenses y humanas que hemos compartido con la alegría y la ilusión de jóvenes.

Recuerdo nuestras canciones, las horas de asueto, los ajetreados momentos de cada prueba y aquél, culminante, en que desde el cielo contemplamos, en ejercicio de adiestramiento militar, el paisaje de España. Todo ello unido viene a mi memoria al veros a cada uno de vosotros y me compromete en un sentimiento común de solidaridad y lucha.

Quisiera recordar en estos momentos otras palabras mías en relación con nuestra Arma, pronunciadas con ocasión de la entrega de diplomas.Dije entonces que la presencia en el aire es vital para la paz y para la proyección de una nación en el mundo. Dominar la estrategia y disponer los medios para ese eventual combate en defensa de la paz, nos corresponde. Y en ese objetivo, quiero singularmente recordarlo una vez más, debemos sacrificarnos con honor y sin descanso.

Brindo, queridos compañeros, por esta larga biografía, por nuestra promoción, joven e ilusionada como el primer día; por vuestras aspiraciones profesionales, por la alegría, en suma, de vivir recuerdos que nos unen hacia y en el futuro.

Me siento orgulloso de daros un abrazo y de alentaros a continuar cada día la misión que tenéis encomendada.

No nos hemos equivocado, queridos compañeros, al elegir nuestro camino, pues él nos ha proporcionado la responsabilidad y la inigualable emoción de ver y servir a España desde el cielo.

Por eso os invito a cantar nuestro himno en el que tan bien se dicen estas cosas.

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