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Palabras de Su Majestad el Rey al Presidente de Argentina Raúl Alfonsín y al pueblo argentino

Madrid, 11.06.1984

S

eñor Presidente, a la alegría que sentimos la Reina y yo al recibiros en esta Casa, se suma en la presente ocasión la trascendencia histórica de esta primera visita de Estado del Presidente constitucional de la República Argentina a la España democrática.Por eso, señor Presidente, no quiero que el escudo de la sobriedad hispánica frene la emoción que hoy a todos nos desborda.

Nuestros pueblos han vivido apasionadamente tantos siglos de historia común, han mezclado tanta sangre, y han compartido tanto sufrimiento que, cuando por primera vez en muchos años pueden tenderse la mano y abrazarse en la esperanza y en la libertad, justo es que dejemos hablar al corazón.

Impotente ante el desgarrador fenómeno de la muerte y el exilio, nuestro poeta Luis Cernuda se preguntaba: ¿Qué puede hacer el hombre contra la locura de todos? El hombre aislado y herido poco puede hacer; pero la Argentina de hoy, que tan admirablemente usted, señor Presidente, representa, ha demostrado que la voluntad colectiva de un pueblo que ama la libertad, triunfa siempre.

Señor Presidente, nos conmueve la ingente tarea que, por mandato popular, ha sido confiada a su liderazgo.Las dotes de generosidad y firmeza, de lucidez y amor a la patria, que ha demostrado ya en la conducción de su país, son las necesarias no sólo para curar las heridas del cuerpo social, sino también para conducir al pueblo argentino hacia un futuro de convivencia ejemplar, prosperidad material y grandeza nacional, inspirado siempre en la idea del bien común.

Como ha escrito Ernesto Sábato, «El concepto de "bien común", defendido por los más lúcidos pensadores, es la piedra angular de cualquier sociedad que se proponga evitar tanto el egoísmo individual como el malestar del super-Estado».

En nombre del pueblo español, del gobierno de la nación, de mi familia y en el mío propio, señor Presidente, seáis bienvenido a España.

Al recibir a vuestra excelencia no sólo acojo al Presidente de todos los argentinos, sino al representante de tantos cientos de miles de españoles que, a lo largo de varios siglos, emigraron a la Argentina en busca de una vida mejor, que se han fundido en el mosaico rioplatense y de los que nuestra patria se siente hoy especialmente orgullosa.

Señor Presidente, cuando en 1978 visité Argentina, tuve ocasión de recordar que estábamos obligados a crear una sociedad abierta en la que la libertad y la justicia florecieran con el acento puesto en la dignidad del hombre.

Hoy el mundo ha saludado la recuperación de la soberanía política del pueblo argentino, el retorno a las instituciones democráticas, el triunfo de la razón y la vida que hoy encarna vuestra presidencia.

Pero no creo exagerar si afirmo que esa recuperación y ese triunfo se han vivido en España con una intensidad que tiene pocos antecedentes en las relaciones entre los pueblos.Y eso, sin duda, por los seculares lazos que nos unen, pero también porque desde nuestra democracia aún recién conquistada y desde nuestra convivencia paso a paso reconstruida, sólo podía verse el renacimiento de vuestro país como una necesidad apasionadamente sentida como propia.

Este hecho, a nuestros ojos indudable y que proporciona un sentido muy preciso al reencuentro histórico entre nuestras naciones, nos impone también obligaciones y deberes frente a las expectativas de nuestros pueblos, a los que no podemos defraudar.Señor Presidente, la amistad renovada entre Argentina y España llevará el sello de la democracia, de la libertad y del respeto y la defensa de los derechos humanos.

Esta amistad nos servirá para reforzar nuestras instituciones, al tiempo que profundizamos nuestra relación, para cuyo desarrollo debemos movilizar el inmenso capital cultural y humano de que disponemos en proyectos ambiciosos, duraderos y coordinados que den la medida de nuestra compenetración.

También ha de servirnos esta amistad renovada para proyectarnos mejor y con más fuerza en la esfera internacional, como naciones que, situadas en áreas geográficas distintas, pertenecen a un mundo cultural con entidad y personalidad diferenciadas y cuyo reforzamiento, a su vez, es componente importante de la propia identidad nacional de nuestros países.

Ambos compartimos una misma vocación de paz y, desde las posiciones propias de cada Estado, una misma preocupación por los conflictos existentes, y de forma muy especial, por aquellos que afectan a la comunidad de pueblos hispánicos.

Ambos compartimos también, y solidariamente, dolorosas secuelas coloniales que afectan a la integridad de la patria.

Ambos, en fin, sufrimos una crisis económica que ha frustrado muchas esperanzas y exige muchos sacrificios.

Señor Presidente, España siente con especial angustia las consecuencias que la crisis económica ha producido en el continente iberoamericano y que se reflejan de forma dramática en las escalofriantes cifras de la deuda financiera externa.Esas cifras no son otra cosa que la representación figurada de millones de vidas truncadas; aspiraciones sociales cuyo incumplimiento amenaza la convivencia ciudadana; hambre y miseria allí donde la naturaleza y el trabajo del hombre podían haber creado prosperidad y bienestar.

Las naciones del mundo, pero especialmente las más desarrolladas, tienen que buscar fórmulas para afrontar este vasto problema, que ha desbordado ya el campo de las finanzas para convertirse en un desafío político para el conjunto de los Estados.Fórmulas innovadoras y valientes que impidan la hipoteca del futuro y respondan, no ya a las exigencias de la justicia, sino a la necesidad de supervivencia.

Porque ningún país o grupo de países puede vivir y prosperar indefinidamente mientras el resto de la humanidad acentúa su marginación.No por ello debemos perder la esperanza.

La actual crisis, que en uno u otro grado a todos nos afecta, puede y debe ser superada con éxito si conjuntamente nos esforzamos en ello.De esa forma se abrirán cauces renovadores para que, con imaginación y valentía, nos fijemos nuevas metas, no por audaces, menos realistas.

Señor Presidente, deseo dedicar al pueblo argentino, que en todos estos años de angustia no ha dejado un solo día de estar presente en el corazón de los españoles, estas palabras de Azorín:«Por la belleza, por la paz, por el progreso, por el ideal lejano, por lo que cada uno en nuestra esfera podamos hacer en favor de todo esto, comportemos nuestras fatigas y nuestros dolores».

Señor Presidente, levanto mi copa para brindar por la prosperidad de la nación argentina y por vuestra ventura personal y la de vuestra familia.

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