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Palabras de Su Majestad el Rey a la Reina Isabel II del Reino Unido y al pueblo británico

Reino Unido(Windsor), 22.04.1986

M

ajestad, en nombre de la Reina y en el mío propio, quiero expresaros mi agradecimiento por la hospitalidad que nos ofrecéis en vuestro hermoso país, así como por las afectuosas palabras de bienvenida que nos habéis dedicado.

Vuestra acogida es el símbolo de las nuevas vías que se abren ante nosotros para el entendimiento entre nuestras naciones, que han marchado muchas veces al mismo paso por el sendero de los siglos.

Nuestras dos naciones fueron llamadas por el destino a cumplir unos designios históricos cuyos resultados cristalizan hoy en grandes familias de pueblos caracterizadas por valores propios y aspiraciones de libertad y justicia y que al ir desarrollando sus relaciones con la antigua metrópoli han sabido mantener los lazos que las unen a ella y entre sí.

Nuestras dos naciones son pueblos marineros que han surcado los océanos en viajes de leyenda. Aliados unas veces, enfrentados en otras, nuestros pueblos están llamados al entendimiento.

Especialmente me complace encontrarme hoy en suelo británico, con el que me unen los lazos familiares de mi augusta abuela, la Reina Victoria Eugenia, la Princesa Ena, tan cercana a la Reina Victoria y tan querida por ella. La Reina Doña Victoria Eugenia, que fue madrina de mi bautizo en Roma y que, tras muchos años regresaría a Madrid para serlo de mi hijo, el Príncipe de Asturias, constituye un vínculo espiritual con vuestro país y a cuyo recuerdo quiero hoy rendir homenaje.

Os habéis referido, Majestad, al tiempo transcurrido desde que mi augusto abuelo, el Rey Alfonso XIII, viniera en visita de Estado a Londres invitado por el Rey, Eduardo VII. Ha transcurrido un largo período de tiempo y es mi esperanza que esta reanudación directa de los lazos entre los monarcas de los dos países sea el presagio feliz de un progreso en el que, unidos por el ideal de la Europa del futuro, sirvamos de estímulo para la solución de nuestras diferencias.

Algunas de estas diferencias, que están en la mente de todos, desgraciadamente persisten todavía y debemos hacer todo lo posible para superarlas.

Estoy seguro, Majestad, de que nuestros gobiernos encontrarán, a través del proceso negociador ya iniciado, las fórmulas apropiadas para alcanzar una solución satisfactoria para todos, de modo que, una vez solucionadas dejen de ser punto de conflicto para convertirse en elemento de concordia, entendimiento y cooperación entre nuestros dos países, en beneficio directo para las poblaciones afectadas.

Desde el primero de enero de este año, España forma parte de las Comunidades Europeas. Las negociaciones que han llevado a esta integración de España han sido largas y difíciles. Gran Bretaña ha sido siempre un interlocutor tenaz y exigente pero seguro.

La diplomacia británica ha mantenido con tesón y nobleza sus posturas para la mejor defensa de los intereses del Reino Unido, como lo ha hecho la diplomacia española en defensa de los intereses nacionales.

Pero siempre Gran Bretaña, por encima de los problemas técnicos, ha sido capaz de apoyar la idea de la integración de España y ha sido defensora de este principio en los momentos difíciles, demostrando que, por encima de los problemas técnicos de horizonte limitado, la idea de una Europa más amplia y más fuerte está siempre presente en la mente del gobierno y de los negociadores británicos.

Ahora, en este marco privilegiado de las Comunidades Europeas, la espesa red de nuestras relaciones bilaterales, especialmente económicas, habrá de incrementarse todavía más para el mayor bienestar de nuestros pueblos.

Y al pensar en el pueblo español quiero recordar aquí, con el mayor afecto a los más de cincuenta mil españoles que viven y trabajan en vuestro país, y que con su esfuerzo cotidiano constituyen el mejor símbolo de esas buenas relaciones.

Vivimos una época de crisis de muchos valores. Pero esto hace precisamente que nuestra tarea sea más apremiante. Se abre ante nosotros ya cercana la puerta del siglo XXI por la que Europa habrá de entrar unida para mantener el puesto que la historia exige de nuestro continente.

España, que nunca dejó de ser y estar en Europa, se ha integrado en la construcción de esta nueva Europa, aportando su historia y su confianza ante el futuro, su tradición y su capacidad de progreso. Estamos dispuestos a esta aventura en la que, estamos seguros, siempre contaremos con la simpatía del Reino Unido.

Quiero también, señora, reiterar hoy mis mejores votos por vuestra felicidad personal con motivo de vuestro aniversario. El amor demostrado por vuestro pueblo con este motivo, revela la importancia de la Corona como punto en que confluye la sociedad británica y es prueba patente del continuado esfuerzo que habéis desarrollado al servicio de la nación durante toda vuestra vida.

Señora, en respuesta a vuestra bienvenida, permitidme alzar mi copa, y en nombre de la Reina y mío, desearos a Vos, al Príncipe Felipe, a la Reina Madre, a la Real Familia y al pueblo británico toda suerte de venturas.

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