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Palabras de Su Majestad el Rey al World Affairs Council of Southern California

EE.UU(Los Angeles), 01.10.1987

S

eñor presidente, señoras y señores, gracias por sus amables palabras de bienvenida y por la cordial acogida de que hemos sido objeto por las numerosas personalidades asistentes a este acto, organizado por una institución tan prestigiosa como el «World Affairs Council of Southern California».

Nos encontramos en la hermosa ciudad de Los Angeles, al inicio de nuestra tercera etapa por el sur de los Estados Unidos. Nuestro paso por Texas y Nuevo México, y nuestras primeras impresiones en este gran estado, nos han permitido comprobar la pervivencia de las raíces españolas, las reiteradas muestras de aprecio y amistad hacia la Reina y hacia mí y el tono caluroso de la acogida que nos han deparado las autoridades y la población de los tres estados mencionados.

Es la primera vez que un Rey de España visita California, aunque fue bajo otro monarca español, Carlos III, cuando se inicia la vinculación de España con estas tierras. Un monarca prudente y justo, partidario del progreso y de las luces, bajo cuyo reinado España trasplantó a los valles y las costas de California, con los cultivos mediterráneos y las técnicas de la época, sus creencias, su lengua y sus tradiciones.

Con el paso del tiempo, por los refuerzos y el dinamismo de su población, California se ha convertido en un gran Estado de la Unión y Los Angeles en una gran urbe y en un emporio de riqueza, de la ciencia y de las nuevas tecnologías, avanzada que prefigura con justeza lo que habrá de ser la próxima centuria.

Por eso, nuestro viaje no ha de ser pura evocación histórica de unos vínculos de los que ambas partes nos sentimos orgullosos. La historia ha ido tejiendo lazos estrechos y duraderos entre España y California y entre España y los Estados Unidos, pero la pura evocación histórica se perdería en la nada, si el presente y el futuro no se proyectaran sobre nuestra historia común.

Ante una audiencia tan ilustre como la que hoy se congrega aquí a escuchar las palabras del Rey de España, yo quisiera dejar constancia del mensaje de la España de nuestros días, que ha experimentado cambios profundos en su tejido social, en sus instituciones y en sus costumbres políticas, lo mismo que en sus estructuras económicas. En el último decenio, España ha vuelto a caminar por el sendero que es común a los países de occidente, el de la libertad y la soberanía popular recobrada tras un largo período de régimen autoritario.

El cambio institucional que supuso la Constitución de 1978, aprobada por la inmensa mayoría del pueblo español, ha hecho de España una monarquía parlamentaria donde las libertades públicas, los derechos humanos y el ejercicio democrático del poder están plenamente reconocidos y garantizados. Al mismo tiempo, la personalidad de las distintas regiones ha tenido reflejo constitucional y sobre ellas se ha construido un Estado moderno y descentralizado, más acorde con la realidad presente de España y con nuestra propia evolución histórica.

No quisiera dejar de señalar, a este respecto, todo lo que el régimen constitucional español, como los de tantos otros países, deben al ejemplo inicial de la Constitución de los Estados Unidos, cuyo II Centenario se celebra en estos días.

En estos últimos años, España ha pasado del aislamiento a la plena inserción en la comunidad internacional; de la inercia aislacionista y del repliegue dentro de nuestras fronteras a una presencia activa en el mundo, en el que España deja oír su voz con acentos propios y en el que los empresarios y los productos españoles compiten en los mercados internacionales. Para ello, España ha acometido con decisión la tarea de modernizar sus estructuras productivas, reconvirtiendo su aparato industrial y propiciando la transformación tecnológica.

En el plano exterior, el ingreso de España en las Comunidades Europeas y la incorporación a la Alianza Atlántica son los dos acontecimientos que han contribuido de manera más decisiva a configurar nuestro presente y a proyectarlo hacia un futuro común con los países occidentales, con los que España comparte un mismo destino en el ámbito político, económico y defensivo. España asume esta condición con la disposición de un socio y aliado responsable, solidario y cooperador.

Asimismo, España se ha abierto al mundo, ha universalizado sus relaciones y ha redoblado su atención hacia los problemas de la deuda y la crisis económica, delineando una política de cooperación para el desarrollo.

Lejos de sentirse limitada por su doble anclaje europeo y atlántico, España proseguirá y acentuará el papel singular que le corresponde con las naciones y pueblos hermanos de América. Su obra civilizadora, de asentamiento y cristianización, la identidad lingüística y cultural y la creencia en un mismo sistema de valores, de libertad y de justicia, hacen que España sienta su condición europea desde una experiencia histórica singular que le es propia y que la distingue de otras naciones del continente.

Estoy seguro que en pocos lugares serán mis palabras mejor atendidas que en este foro californiano. En un estado precisamente en el que la existencia de una creciente y pujante minoría de origen hispánico, como en los otros Estados que acabo de visitar, hace que la sensibilidad para estas cuestiones sea mayor y más fácil su comprensión ante la realidad social y humana de esa comunidad. Una comunidad que, manteniendo las señas de identidad que le son propias, ha contribuido desde el modesto trabajo cotidiano hasta el heroísmo, a la grandeza de los Estados Unidos.

En los próximos años, concretamente en 1992, vamos a conmemorar un acontecimiento histórico de un enorme alcance para el destino de la humanidad: el descubrimiento de América por Cristóbal Colón, en la empresa propiciada y auspiciada por la Corona Española y en la que España puso sus mejores hombres y sus mejores energías. De ahí arranca la feliz vinculación centenaria de España con América, de una gesta que con el paso del tiempo, al margen de críticas apasionadas o de alabanzas del mismo signo, se presenta modernamente como lo que realmente fue: un encuentro histórico de pueblos y culturas. Esta es, precisamente, la dimensión que España quiere presentar al mundo de cara al 92: conmemoración hecha de diálogo, reencuentro y participación, sin orgullo nacional desmedido ni propósito acaparador de todos los que contribuyeron a construir, paso a paso, la realidad de la América hispana.

No sorprende, pues, que el historiador norteamericano Charles F. Lummis pudiera describir así la obra de España en América, en «The Spanish Pioneers»:

They built the first cities, opened the first churches, schools, and universities; brought the first printing-presser, made the first books; wrote the first dictionaries, histories, and geographies, and brought the first missionaries... One of the wonderful things about this Spanish pioneering -almost as remarkable as the pioneering itself- was the humane and progressive spirit which marked it from first to last.

(Versión castellana).

Ellos construyeron las primeras ciudades, abrieron las primeras iglesias, escuelas y universidades; trajeron las primeras imprentas, hicieron los primeros libros, escribieron los primeros diccionarios, historias y geografías y trajeron a los primeros misioneros... Una de las maravillas del carácter pionero español -casi tanto como el carácter pionero mismo- fue el espíritu progresivo y humano que lo marcó desde el principio hasta el final.)

Sin embargo, esa conmemoración se agotaría en sí misma si no fuese acompañada de un proceso de reflexión sobre el desafío que el futuro impone a esa gran comunidad nacida de nuestro encuentro en 1492.

Con ese espíritu, hago desde aquí un llamamiento a la participación de todos en la celebración del V Centenario del descubrimiento de América y en la Exposición Sevilla 92, que vendrá a dar una dimensión universal a la conmemoración de aquella gesta, en la seguridad de que ese llamamiento será especialmente acogido en un país por tantas razones cercano como los Estados Unidos y en una ciudad como Los Angeles, de tan honda raigambre española.

Pero el 92 no se agotará con la magna celebración de la gesta de Cristóbal Colón. En ese mismo año tendrán lugar en Barcelona los Juegos Olímpicos, gran acontecimiento que nuestra hermosa ciudad mediterránea se dispone a organizar y acoger con la misma voluntad de éxito que lo hiciera Los Angeles en 1984.

Séame permitido expresar mis mejores deseos hacia esta prestigiosa organización que es el «World Affairs Council», así como para la ciudad de Los Angeles y por la amistad entre nuestros dos países.

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