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Palabras de Su Majestad el Rey al Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados al recibir la Medalla Nansen

Suiza(Ginebra), 21.10.1987

S

eñor Director General, señor Alto Comisionado, distinguidos miembros del Comité Nansen, señoras y señores, permítanme que, al agradecer la concesión de la Medalla Nansen en favor de los refugiados, exprese, asimismo, el agradecimiento del pueblo español, que es quien también recibe el alto honor de esta distinción, como reconocimiento de su compromiso con la solidaridad internacional en el campo humanitario y de los derechos humanos.

Deseo, ante todo, evocar la figura excepcional de Fridtjof Nansen, que dedicó toda su vida a una infatigable entrega a los demás. Animado por su espíritu, rindo homenaje a la extraordinaria labor que las Naciones Unidas llevan a cabo en el campo humanitario y, muy en especial, en el de los refugiados, por intermedio del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados.

Me gustaría también destacar la excelente tarea que en este ámbito desarrollan el Comité Internacional de la Cruz Roja y la Liga de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja.

Acabamos todos de perder al Presidente de la Liga, Enrique de la Mata, al que quisiera también recordar ahora para que la herencia de entusiasmo que nos ha legado nos sirva de aliento y de estímulo.

Desde su creación en 1951, el Alto Comisionado ha contribuido a resolver los casos de más de veinticinco millones de refugiados. En el momento presente, son más de doce millones el número de refugiados a los que atiende, proporcionando asistencia material y protección y tratando de encontrar una solución definitiva a través de la repatriación voluntaria, la integración local o el reasentamiento. Una labor de esta envergadura reafirma la utilidad de los cauces multilaterales de cooperación y merece, sin duda todo el apoyo de la comunidad internacional.

En el acto de inauguración de la placa conmemorativa del padre Francisco de Vitoria, celebrado en esta misma sala hace un año, se recordó que en Vitoria no sólo reconocemos a uno de los fundadores del derecho internacional, sino también a un precursor del desarrollo que éste ha tenido recientemente en el área del derecho humanitario internacional.

La tradición de la escuela española del derecho internacional que Sert simbolizó en el mural del techo de esta sala, La lección de Salamanca, se encuentra, sin duda, basada en la idea de solidaridad entre todos los hombres. Unicamente desde esta solidaridad se pueden vencer las lacras que afligen a la humanidad, representadas por el pintor bajo la forma de plagas, guerras, catástrofes, enfermedades y esclavitud, en los otros murales que nos rodean.

El espíritu de Vitoria, de Sert y de otros españoles como Salvador de Madariaga y Pablo de Azcárate, que contribuyeron a dar vida a esos ideales en este mismo Palacio en el que hoy nos encontramos, es el mismo que preside la España democrática que tengo hoy el honor de representar en este solemne acto.

La restauración democrática que en nuestro país hemos llevado a cabo y que encarna la Constitución de 1978, se fundamenta en la reconciliación nacional, la tolerancia y la integración plena de todos los españoles, cualesquiera que sean sus convicciones, en la vida de la nación.

Este compromiso esencial con un modelo de convivencia capaz de integrar a todos los españoles, fue el que permitió el regreso y la reinserción de muchos compatriotas que se habían visto forzados a abandonar su hogar.

En la actualidad, España ha pasado a ser un país de acogida de refugiados. Los instrumentos de protección del refugiado se han reforzado por medio de la adhesión de España a la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados y a su Protocolo. Con posterioridad, se ha aprobado la Ley reguladora del derecho de asilo y de la condición de refugiado, que está mereciendo la atención de legisladores de otros países.

Además de los programas de asistencia material y social que se canalizan a través de la Cruz Roja Española y la Comisión Española de Ayuda al Refugiado, España ha colaborado activamente en los esfuerzos internacionales de asistencia y protección. Ello ha sido así, tanto en un nivel regional europeo e iberoamericano, como en el plano universal por medio de una estrecha colaboración con el ACNUR. Puedo asegurar que esta cooperación será mantenida, como expresión privilegiada de este espíritu de asistencia y solidaridad.

Ahora bien, los esfuerzos de los Estados por separado son insuficientes si no existe una cooperación de la comunidad internacional sobre el problema de los refugiados. En este ámbito, se impone más que nunca un rasgo de la realidad internacional de nuestros días: la interdependencia de los Estados. Esta interdependencia exige que, si aspiramos a alcanzar algún progreso y a poner fin a la dramática situación de millones de refugiados, los Estados deberán, necesariamente, concertar sus voluntades para cooperar en la solución de los grandes conflictos internacionales de nuestra época.

En Oriente Medio, no podrá resolverse nunca de una manera duradera la situación de más de dos millones de refugiados palestinos, sin que todos los Estados presten su voluntad resuelta a una solución equitativa del conflicto, como la que contempla el proyecto de una Conferencia Internacional de Paz.

Un dilema similar hace depender la suerte de los refugiados afganos y del sudeste asiático de la voluntad de los Estados de cooperar plenamente en los esfuerzos negociadores en torno a Afganistán y a Kampuchea.

Unicamente con la abolición del apartheid se puede acabar con el problema de los refugiados en Africa austral.

En Centroamérica, en donde hemos asistido a un recrudecimiento de las corrientes de refugiados, el problema puede superarse de modo definitivo si todos los Estados colaboran firmemente en un esfuerzo genuino de pacificación y tolerancia, como el que se ha creado a partir de la reunión de Guatemala del pasado mes de agosto.

La condición de los refugiados iberoamericanos despierta en España emociones profundas. No puede ello extrañar, teniendo en cuenta los vínculos fraternales que nos unen a aquellos pueblos y que en la actualidad España se ha convertido en país de acogida de refugiados de este origen, al igual que, en tiempos anteriores, los países iberoamericanos recibieron el éxodo de muchos españoles.

Solidaridad y universalidad de la acción internacional: éste es el llamamiento que hoy quiero hacer desde esta tribuna privilegiada.

Con este espíritu, y al agradecer de nuevo al Alto Comisionado el galardón que hoy recibo, quiero anunciar mi decisión de donar el premio en metálico que acompaña a la Medalla Nansen, a los programas del ACNUR para los refugiados en Iberoamérica.

Muchas gracias.

 

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