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Palabras de Su Majestad el Rey a la Comunidad Iberoamericano en la Conmemoración del V Centenario de la firma del tratado de Tordesillas

Valladolid(Tordesillas), 07.06.1994

S

eñor Presidente de la República portuguesa, señor Presidente de la Junta de Castilla y León, señoras y señores, hace apenas dos años, el 12 de octubre de 1992, conmemorábamos, con legítimo orgullo, el nacimiento de la Edad Moderna.

El nacimiento de una nueva era histórica que, tras unos siglos en que luces y sombras se habían batido con oscilante suerte, iba a aportar a la existencia humana una nueva grandeza.Un esplendor equiparable al del mundo clásico, cuyos vestigios -arqueológicos, literarios y de pensamiento- fueron los patrones sobre los que se pensó edificar un mundo nuevo, embebido de la idea de renacer para mejor vivir, para mejor pensar, para mejor devenir.

El tránsito entre lo que los historiadores han convenido en llamar Edad Media y Edad Moderna, es algo más que una simple pausa. Es, en la historia, como una profunda falla geológica que la civilización cruza sobre un esperanzador arco iris, a modo de puente hacia el futuro.

Las sensaciones de los más clarividentes -que los hubo y no pocos en aquellos momentos- debieron de estar llenas de sugerencias, de provocaciones y de desafíos; porque sólo así se explica el desarrollo de las ideas y de la creatividad en todos los campos del saber y del hacer humanos.

Como consecuencia de aquel impulso de creatividad, a partir de 1492 la edificación del mundo moderno fue más allá del modelo ideal clásico, haciendo del progreso el acicate del presente y el motor del futuro.

En 1492 coincide el encuentro del nuevo mundo con la esperanzadora encarnación de un mundo nuevo. Pero 1492 es sólo un principio.

La nación portuguesa ha tenido el acierto de engarzar un atractivo rosario de conmemoraciones, As Descobertas -los Descubrimientos- que se desarrollarán a lo largo de una década, haciendo así patente cuál fue su importantísimo papel en el diseño, la concepción y la percepción del mundo nuevo que, poco a poco, se fue forjando.

España tiene el honor histórico y la honrosa oportunidad de compartir alguna de estas conmemoraciones con Portugal. Entre ellas, la que hoy, precisamente, celebramos en esta noble tierra castellana.

Una tierra de paz y de concordia, en la que -a momentos- se puede tener la sensación de que la historia queda suspendida, como en aquella música callada de la que hablaba San Juan de la Cruz, en cada uno de sus caminos, de sus rincones, de sus pueblos, de sus casas solariegas.

Pero la historia es también algo vivo. Y gracias al decurso constructivo de esta historia, hoy, medio milenio más tarde, España y Portugal, Portugal y España, se dan de nuevo la mano como lo hicieron en 1494, aquí, en Tordesillas.

Y si en 1992 lo que conmemoramos fue un Encuentro geográfico, en 1994, la conmemoración es de hondo calado político. Porque en 1494, España y Portugal, dos Estados europeos que, simultáneamente, estaban ayudando a introducir con su actividad ultramarina la modernidad en la historia, se ponían de acuerdo para, desde la concordia y el entendimiento, liderar una organización del nuevo mundo que se iba haciendo conocido.

Quinientos años después, también de la mano, España y Portugal contemplan otro horizonte histórico, de doble vertiente, que requiere una vez más de su espíritu creativo.

Por una parte, el de la otra atractiva aventura, no menos compleja ni de caminos más trillados, a la que nuestros países se incorporaron también juntos, la Unión Europea. Una realidad a la que España y Portugal aportan su común acervo meridional.

Una unión que, con su ampliación, requerirá de nosotros, portugueses y españoles, que seamos capaces de ejercer con tenacidad aquellos valores que tan precisamente nos distinguen, espíritu constructivo, imaginación y solidaridad.

Valores que si ya se hicieron patentes hace quinientos años, aquí en Tordesillas, para articular urbi et orbe nuestro pasado histórico, no deberían quedar fuera de juego al instrumentar nuestro futuro en la Unión Europea.

Por otra parte, dentro de una semana tendremos la feliz oportunidad, junto con el Presidente de la República portuguesa, de reencontrarnos en tierras americanas, en el esplendoroso marco de Cartagena de Indias, para celebrar con nuestros hermanos de América, la IV Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y Gobierno.

He aquí otro elemento integrador de aquel nuevo mundo ultramarino, que en Tordesillas se vislumbraba, y del que el Tratado fue, en cierta forma, elemento organizador en sus más puros orígenes.

Que el espíritu de Tordesillas también nos ilumine en esta singladura en la que tantos empeños comunes hemos puesto; no sólo para sentirnos comunidad entre nosotros mismos, sino para que como comunidad nos perciban desde fuera, con el mismo respeto, con la misma consideración, con la misma admiración con que desde fuera también fue percibido el Tratado.Un acuerdo cuya firma llevó a que un poderoso monarca europeo, lo comparara, en su grandeza, con «una claúsula del testamento de Adán».

Haciéndome eco del que no dudo es el sentir de todos los españoles, pediría solamente que al celebrar esta efemérides nos comprometamos a mantener y a fomentar el legado de Tordesillas.Debemos lograr que la generosidad que inspiró sus premisas, propicie el desarrollo de nuestras relaciones bilaterales y lo inyecte en nuestros horizontes comunes inmediatos -Unión Europea y Comunidad Iberoamericana-. Y que, al propio tiempo, seamos capaces de proyectar este espíritu a la sociedad internacional.

Estos serían los mejores frutos que podríamos sacar de la ejemplaridad histórica del Tratado de Tordesillas.

Y éstos serían, también, los mejores términos para el homenaje que el Tratado de Tordesillas merece, y que hoy, con tanta satisfacción le rendimos.

Quiero agradecer, por último, al señor Presidente Soares, su presencia hoy entre nosotros, en esta conmemoración, demostrándonos una vez más su afecto y el del noble pueblo de Portugal, al que os ruego hagáis llegar nuestros mejores deseos de hermandad y paz para el futuro.

Se levanta la sesión.

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