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Palabras de Su Majestad el Rey al Mundo de la Cultura al entregar el Premio Internacional Cataluña a Edgar Morin

Barcelona, 19.05.1994

M

e complace encontrarme de nuevo en Cataluña, y más aún con motivo de un acontecimiento cultural de la relevancia del que estamos celebrando. Cataluña ha constituido siempre uno de los más firmes baluartes españoles de la cultura. Ahora, por medio del Institut Català d'Estudis Mediterranis, es también plataforma de esta atención creciente hacia el Mediterráneo, a través del estudio sistemático y profundo de lo que constituye parte esencial de nuestra realidad presente y de nuestro futuro, tan estrechamente ligados al mare nostrum.

El Institut Català d'Estudis Mediterranis, en seis años de existencia, se ha convertido en una de las entidades señeras de investigación y reflexión del viejo mar. Su importancia ha sido ahora refrendada por la Unesco, que lo elige como eje de una red de centros de estudio a través de los cuales ese organismo internacional proyecta canalizar el grueso de su actividad mediterránea.

El Institut también otorga el Premi Internasiunal Catalunya, que distingue a grandes creadores, que tienen además una indeclinable dimensión moral.

Karl Popper ha sido el gran ariete filosófico de la sociedad abierta. Abdus Salam se ha entregado a la lucha por la ciencia en el Tercer Mundo. El comandante Cousteau es quien más ha contribuido a formar una conciencia ecológica colectiva. Mstislav Rostropovich ha encarnado la ética de la libertad frente al totalitarismo. Cavalli-Sforza nos muestra sin asomo de duda cómo el racismo es genéticamente una falacia.

Y este año el garlardón ha recaído en Edgar Morin, uno de los pensadores más exigentes y singulares de hoy, veterano abanderado de la democracia y la unidad europeas. El Premi Internasiunal Catalunya se ha convertido en uno de los más nobles escaparates de España en el exterior.

A partir de Jaime I, los monarcas de la Corona de Aragón desarrollaron una vasta acción mediterránea que configuró un imperio político y comercial. Cuando hoy hacemos hincapié en esta dimensión mediterránea nuestra, establecemos una fructífera línea de continuidad con la historia.

El mundo de hoy, sobre todo occidente, se halla inmerso en una conciencia y una trama de alcance planetario, pero cada pueblo lo hace desde el espacio geográfico y cultural en que se encuentra situado.

És evident que Espanya, que té a Catalunya una de les regions mediterrànies més dinàmiques i avançades, ha de participar amb tota la seva capacitat a la formulació d'allò que ha de ser l'Europa mediterrània, el Mediterrani en general, amb els seus problemes i el seu enorme potencial.

Es evidente que España, que tiene en Cataluña una de las regiones mediterráneas más dinámicas y avanzadas, ha de participar con toda su capacidad en la formulación de lo que ha de ser la Europa mediterránea, el Mediterráneo en general, con sus problemas y su enorme potencial.

Y más cuando la Unión Europea, tan ligada en su nacimiento a las inquietudes de la Europa central, tan obligada a dedicar su atención a los extraordinarios acontecimientos motivados por la caída del muro de Berlín, acaso no ha prestado todo el interés debido a su misión y su necesidad mediterráneas.

La Europa del sur, la Europa latina, bloque en el que compaginan perfecta e históricamente homogeneidad y diversidad, constituye sin duda el área que por lógica geográfica, por implicación cultural, debe convertirse en el puente común europeo hacia el Magreb y hacia el Mediterráneo oriental.

Sólo en la medida en que contribuyamos al desarrollo económico y democrático del Magreb, podremos hablar de un futuro de la Unión Europea próspero en todos los órdenes. Esto incluye también la necesidad de una urgente y amplia regeneración medioambiental, sin la cual el espacio mediterráneo puede sufrir daños irreparables.Pero de los problemas existentes o posibles no debemos deducir que el Mediterráneo sea sólo un foco de conflictividad.

Como dice el historiador Fernand Braudel, el Mediterráneo es un espacio en movimiento, un espacio relativamente reducido que, desde luego, ha conocido a lo largo de su historia innumerables tensiones, pero que también ha alcanzado muchas de las más memorables creaciones del hombre sobre la tierra.

Fruto de lo cual es esta formidable concentración de arte en todos sus paisajes, quizá la más rica y variada del planeta, y son estas formas múltiples, dialogantes y abiertas de materializar la existencia, las que han convertido el Mediterráneo y, en concreto, nuestra ribera latina, en un lugar privilegiado para la vida.

No es aventurado afirmar que la esencia de las sociedades desarrolladas, y de aquéllas que quieren serlo, nace en el Mediterráneo.

Grecia acuñó el concepto de la democracia y, a través de sus pensadores, sus artistas y sus escritores, convirtió al hombre en centro de todas las cosas, lo que el Renacimiento, también mediterráneo, retomó y magnificó.

Y si de Fenicia heredamos el gran aliento comercial que enriquece a los pueblos, fue Roma la que articuló la vida colectiva en torno a conceptos que a lo largo de la historia se han revelado fundamentales.

Baltasar Porsel ha relatat com Josep Plà, en una tarda radiant de sol de la costa mallorquina, li va dir emocionat: «El Mediterrani és una mar per viure-hi». No oblidem mai aquest principi. He parlat del Mediterrani per parlar de l'home: en la bella veu del mare nostrum escoltarem la veu del futur.

Baltasar Porcel ha relatado cómo Josep Pla, en una tarde radiante de sol de la costa mallorquina, le dice emocionado: «El Mediterráneo es un mar para vivir». No olvidemos nunca este principio. He hablado del Mediterráneo para hablar del hombre: en la bella voz del mare nostrum escucharemos la voz del futuro.

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