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Palabras de Su Majestad el Rey al Gobierno y al pueblo navarro al recibir la Medalla de Oro de la Comunidad Foral

Pamplona, 08.02.1988

S

eñor Presidente del Gobierno de Navarra, dignísimas autoridades, quisiera subrayar, con mis primeras palabras, nuestra emoción y nuestra alegría por encontrarnos en Navarra, entre el pueblo de esta milenaria comunidad floral cuya reciedumbre, corazón leal y voluntad de progreso han venido a ser, a través del tiempo un permanente ejemplo para España y los españoles.

En reconocimiento de esa tradición, hemos querido expresamente la Reina y yo, que el primer acto de nuestra visita oficial fuese el homenaje que acabamos de rendir a los monarcas de este antiguo Reino, en un lugar tan significativo como el panteón del Monasterio de Leyre.

Dentro de ese marco, en el que el pasado se muestra vivo y exigente, pudimos percibir cómo el ayer y el hoy se funden en un estrecho abrazo del que surge una fuerte voluntad de futuro.

Y es que la continuidad en la historia, la afirmación y proyección permanente e inequívoca de su identidad, conforman el carácter de los navarros y os convierte en un pueblo que define y refleja el ser español.

Por eso Navarra puede decir con orgullo -un orgullo que todos los españoles compartimos como propio- que su trayectoria a través de los tiempos ha servido de apoyo fundamental a la construcción de la España moderna.

La historia os ha enseñado a los navarros a vivir y a convivir en la variedad. Variedad de paisajes y de climas; variedad de lenguas y de culturas que, con inteligencia y ánimo tolerante, habéis querido conservar.

Vuestro espíritu luchador, vocacional, íntegro e integrador, se ha convertido a lo largo de los siglos en un factor esencial del alma de nuestra patria.

Todo cuanto aquí suceda, bueno o malo, satisfactorio o desgraciado, afecta a cada uno de los españoles, a sus ilusiones y esperanzas, y miramos a Navarra como a una hermana mayor que sabe siempre lo que dice y responde en cualquier ocasión ante lo que hace.

El diálogo entre el pasado y el presente ha sido posible por el vigor y la permanencia de unas instituciones genuinas, encarnadas en el pueblo y que han madurado con él y que por él han sido defendidas, como transmisoras de su voluntad de cada etapa.

El ejercicio de los derechos recogidos en los fueros y la responsabilidad en el uso de las libertades legítimas han permitido a Navarra desarrollar su extraordinaria personalidad que nos da la clave de lo que deben ser nuestras autonomías.

La identificación lúcida y armónica de lo propio y particular con lo general y nacional.

Por eso hoy, como ayer, como será mañana y siempre, ser navarro es ser español en la más alta expresión de la palabra.

Esta visita, tan esperada por la Reina y por mí desde hace años, quiere significar y expresaros la vinculación de la Corona española con los afanes de la Comunidad Navarra, con sus pueblos y con las instituciones que los sirven. Permitidme que aquí, en esta Navarra que es crisol de sagradas costumbres y lección de trabajo, os brinde el abrazo de la Corona para cuantos luchan cada día por ser leales al mensaje de sus mayores y a la esperanza de sus hijos.

Y todo ello, con la máxima lealtad que nos convoca siempre, en la distancia o en la proximidad: el amor a España.

Con ese amor y en el profundo entendimiento de vuestros anhelos, la Reina y yo nos sentimos en estos momentos en el propio hogar.

El desarrollo de las autonomías, que ha tenido en Navarra una puntual dinámica constitucional, es un hecho importante en nuestra democracia.

Ellas constituyen la necesaria y moderna vertebración para que el Estado, con toda su actual complejidad, pueda sentir de cerca, a través de los legítimos representantes, las aspiraciones del pueblo en todos los órdenes: social, político y económico.

Es una concepción que permite acceder a la más avanzada civilización occidental, estimulando el trabajo, la creatividad, el esfuerzo y las naturales ambiciones de prosperidad de todos y cada uno de los pueblos de España.

Este proyecto sólo alcanzará su plenitud en la unidad y la solidaridad de todas las regiones españolas. Unas y otras hermanadas por la soberanía indiscutible del pueblo español.

La asunción de esta responsabilidad, para caminar hacia un futuro en libertad, armonizando la variedad de caracteres de los españoles, estoy seguro de que es plena en este pueblo de Navarra, por tradición compartida y por voluntad democráticamente definida en el presente.

En vuestras ciudades y villas, en estas tierras feraces e industriosas donde se cruzan como sagradas cicatrices las rutas medievales, Navarra y los navarros habéis sabido vivir con la fórmula cervantina de la gloria y el triunfo, que consiste en saber quiénes somos, qué queremos y adónde vamos:

«Queremos lo mejor para España, en Europa y en el mundo. Somos los depositarios de la exigencia de libertad y justicia que viene del pasado y nos acucia en el presente. Y vamos a no perder ni un minuto en dar cumplimiento a nuestras ambiciones.»

Por eso el acoso violento a nuestra democracia, a nuestro sistema de autonomías y a nuestra libertad, no va a atemorizarnos o a desunirnos. La fuerza no podrá prevalecer nunca contra el deseo de paz de los españoles.

Muy al contrario, los españoles afirmamos y confirmamos la pluralidad y la variedad de las regiones en la inequívoca unidad de nuestra patria.Yo os invito a seguir construyendo, con esa fidelidad a vuestras esencias, el gran país navarro del futuro, como fruto del esfuerzo de vuestros antepasados y de las actuales generaciones.

Trabajo, espíritu de sacrificio, alegría de vivir, son los signos de vuestra fuerte personalidad.

Y este solar navarro es fortaleza de España y de los españoles.

Por eso la Reina y yo recibimos esta Medalla de Oro de Navarra como símbolo de vuestra lealtad y expresión de vuestras ilusiones. Como prueba de confianza en la Corona y en su continuidad. Como una promesa de conducta en la perseverancia de la entrega a esta tierra y del amor a España.

¡Viva Navarra!

¡Viva España!

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