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Palabras de Su Majestad el Rey en la entrega de las Medallas de Oro al Mérito en las Bellas Artes

Madrid(Palacio de El Pardo), 03.04.1990

C

omo cada año, este acto de entrega de las Medallas de Oro al Mérito en las Bellas Artes se convierte en ocasión propicia para que, en esta cita, tributemos un merecido homenaje de agradecimiento a los artistas e intelectuales entregados, con su trabajo, a ampliar y dar a conocer la cultura de España.

Dar forma al sentir oculto, hallar la expresión de la belleza y del concepto con dimensión universal, es algo propio de la creación y del estudio de cuantos hoy son galardonados. Nos alegra, por tanto, y nos produce una honda admiración unirnos a toda la sociedad española en esta muestra de reconocimiento por su aportación a nuestra riqueza de espíritu colectiva.

Esa riqueza, como escribió Ramón Gaya hablando de Velázquez, es nuestra «alma que está dentro, agazapada». Y no es gratuito citar aquí a Velázquez, cima y sombra de todos los artistas españoles, pues, parafraseando de nuevo al pintor Ramón Gaya, «parece formado con esa rara sustancia de sencillez y totalidad, que sólo encontramos en los seres más altos».

No es, sin embargo, el arte una superioridad, sino una superación, y la altura de los artistas, orgullo de todos nosotros, recuerda a esos pájaros solitarios, según metáfora de San Juan de la Cruz, que vuelan muy arriba para que su canto sea oído por muchos.

Porque este acto en que se galadorna a actores, escritores, pintores, cineastas, eruditos e hispanistas, ha de ser, muy especialmente, una acción de gracias a quienes, desde su superación constante, combinan en nosotros la emoción, la lucidez y la cordura. La sociedad, a la que con estas palabras la Corona gratamente quiere representar, necesita de las cualidades del arte y del pensamiento como si de un motor escondido se trataran. Un motor cimentado sobre la distinción y el respeto al individuo, cánones primeros de la libertad. Por ello a los artistas se les debe tanto, aunque sea misterioso y palpitante su hacer, como una maravilla.

Pues maravillosos son el actor o la actriz que viven la vida inventada por el escritor, y el director cinematográfico que juega con el tiempo y la fantasía, y el pintor que ve de manera diferente el mundo, y el estudioso que desentraña, con su agudeza, los símbolos de la inteligencia.

Ineludible es también recordar siempre la obligación del Estado por hacer llegar a todos su derecho al diálogo y disfrute con los artistas. Por ese cauce, difundiendo la actividad creadora, la sociedad se enaltece, y recobra a su vez vitalidad con el trabajo de las personas, hoy presentes mediante los galardonados, cuyo esfuerzo, a la larga, es evitar que la mente y los sentidos duerman el sueño de la ignorancia.

Alegrémonos, por todo esto, de que existan los artistas, en cuya obra todos crecemos. Y mucho me satisface acompañaros en un día como hoy, en el que lo celebrado es, a través de vosotros, la cultura española, inmensa, renovadora y viva más allá incluso de nuestras fronteras. Que vaya unida a estas Medallas la gratitud de todos los españoles a vuestra labor bien hecha.

Se levanta la sesión.

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