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Palabras de Su Majestad el Rey en la cena de gala ofrecida por el Presidente de los Estados Unidos Mexicanos, Sr. Carlos Salinas de Gortari

México D.F. -México-, 10.01.1990

S

eñor Presidente, hace poco más de una década, al tomar la palabra en análogas circunstancias a las presentes para agradecer al entonces Presidente de los Estados Unidos Mexicanos la invitación que permitió la primera visita de un Rey de España a este bravío y luminoso país, evocaba el necesario espíritu de revitalización de nuestras relaciones, factor que, en aquel momento, constituía la desafiante pero sugerente piedra de toque de nuestro futuro común.

Hoy, en el gozne ya del tercer milenio, México y España pueden ostentar, con el orgullo más legítimo, un entramado de relaciones que no limita su alcance a los vínculos bilaterales, sino que, superando el estadio que le es propio, puede -en un marco más amplio y abierto servir de modelo, de ejemplo de una voluntad venturosamente irrefrenable que echa a andar con el coraje, decisión y empuje que caracterizan a nuestros pueblos.

Nada puede complacerme más, señor Presidente, desde la más sólida objetividad, que resaltar con honda satisfacción que las relaciones entre México y España pasan por un excelente momento.

Por ello hemos querido la Reina y yo responder a vuestra gentil invitación para reencontrarnos en esa magnífica tierra mexicana, a los pocos meses de vuestra presencia en España, para acentuar ante propios y extraños nuestra intención de no permitir que el tiempo melle el alcance de nuestros altos objetivos, manteniendo así en la cresta de la ola, nuestra decisión de trabajar juntos, con ahínco, sin acordarnos tregua ni cuartel.

Siempre con este espíritu, largo ha sido el camino recorrido de la normalización de nuestras relaciones, en 1977, tras un paréntesis histórico, excesivamente dilatado, en el que México supo desarrollar un ejemplar ejercicio de ética política en el tan a menudo confuso y proceloso océano de las relaciones internacionales. Una vez más, traduciendo el sentimiento de mis conciudadanos, quiero dar fe pública del reconocimiento histórico que desde la legitimidad democrática el pueblo español de ahora guarda para con el pueblo mexicano de siempre.

Y tampoco quisiera dejar de evocar a aquellos españoles que, precisamente por su fe en los principios democráticos, arribaron a México, y que, agradecidos, supieron cooperar, sumándose a los empeños de cuantos otros, por diversos motivos, les habían precedido, en la construcción del México moderno que hoy admiramos.

La culminación de nuestros esfuerzos está, sin duda, en el Tratado General de Cooperación y Amistad, que nuestros Ministros de Asuntos Exteriores firmarán mañana. Sus cinco vertientes política, económica, científico-técnica, educativa-cultural, jurídica y consular- constituirán otros tantos cimientos sobre los que seguir edificando el sólido conglomerado de nuestras relaciones, en la que hermandad y afinidad deben mezclarse con eficacia y pragmatismo.

Señor Presidente, en la confianza que me brinda la entrañable amistad que me ofrecéis no quisiera, junto a los logros, dejar de haceros partícipe de algunas preocupaciones.

España y México han desplegado serios esfuerzos de pacificación en torno a una región tan conflictiva de nuestro planeta como es América central; una porción de este entrañable continente hundida -de unos años a esta parte- en una inquietante, cuando no pavorosa, espiral de violencia.

Se trata de conflictos entre hermanos a los que, a su vez, sentimos como hermanos nuestros. Los recientes acontecimientos de la zona, que nos han sumido en la congoja, nos reiteran en la convicción de que cuanto podamos hacer para facilitar su pacificación será siempre poco. Por ello, una vez más de la mano, mexicanos y españoles debemos multiplicar esfuerzos con el convencimiento de que no sólo nos lo demanda una historia, una lengua y una sangre común, sino nuestra propia razón de ser, nuestro más íntimo compromiso con lo que es nuestra esencia más recóndita.

Otro factor gravita pesadamente sobre nuestros sentimientos hacia Iberoamérica. Me refiero a su especialmente delicada situación económica.

Mucho nos hemos referido ya a los acuciantes problemas que genera la pavorosa deuda exterior que embarga -en el sentido más propio de la palabra- a tantos países queridos. Para afrontarlos se han articulado las fórmulas más diversas, algunas de las cuales han sido ya puestas en marcha con distinta fortuna.

México está dando, en este sentido, ejemplo y pauta, tanto a través de sus ponderadas iniciativas de reforma económica como de su actitud inequívocamente negociadora que, de forma inteligente y diestra, evita confrontaciones tan nocivas como inútiles.

Pero una vez más tengo que reiterar que sin llevar el concepto de solidaridad a una plenitud más genuina, difícil nos será a todos -porque el problema es de todos- salir de ese atolladero histórico. No se trata de jugar con las palabras, sino de recuperar su verdadero sentido. No se trata de entornar los ojos con conmiseración, sino de abrirlos para captar con toda su intensidad la fuerza de las realidades. No se trata de ensalzar líricamente la solidaridad como panacea inevitable del mal que nos afecta, sino de ejercerla a conciencia, a las claras y sin doblez.

Sepa México que España no cejará en ese esfuerzo, entendido como un desafío capital en la parte de su historia, tan rica, tan vital, que comparte con Iberoamérica.

Esa parte de su historia constituye un legado esencial sin el que difícilmente puede comprenderse a España. Así se lo hemos dado a entender a nuestros socios europeos con quienes, en el seno de las Comunidades Europeas, España comparte destino e inquietudes.

Quisiera, en este punto, mencionar un hecho concreto que nos preocupa. Me refiero, señor Presidente, al velado reproche que, de un tiempo a esta parte, se le hace a España, desde este continente, al decir que con su integración -entusiasta e irreversible- en Europa, mi país ha vuelto la espalda a América.

Nada más lejos.

Es cierto que España ha reencontrado en Europa una dimensión que nunca debió faltarle y que le fue negada por las mismas razones que justificaban la actitud ética de México que antes he ensalzado. España, con su integración en Europa, ha dado el gran salto hacia la modernidad, que hoy ejerce con pleno derecho y con el aval unánime de todos los sectores de su sociedad.

Pero no es menos cierto que España, ya en Europa, ha batallado con todo coraje para que las Comunidades Europeas fueran conscientes de la compleja realidad americana y para hacer patente que Iberoamérica es, por razones obvias, el continente que mayores señas de identidad tiene en común con Europa. Eso es algo que, desde la Europa comunitaria, no debemos nunca olvidar, por complejos que sean los retos que nos depara la atractiva aventura de la construcción europea, a la que, día a día, se abren nuevos y no precisamente despejados horizontes. Porque esa identidad compartida genera un sólido tejido de objetivos que enriquece y potencia nuestra capacidad de relación.

Está en el interés de España, como lo está en el de Europa, formular y desarrollar en todos los terrenos una política abierta y coherente con Iberoamérica, en el ejercicio de una ineludible responsabilidad que clama desde las más profundas esencias de ambos continentes.

Los hitos de la ofensiva que España ha desplegado en esta línea van desde la «Declaración Común de Intenciones» relativa al desarrollo y a la intensidad de las relaciones con los países de América Latina, que se integró en el propio cuerpo del Acta de Adhesión de España a la Comunidad Europea, a las «Nuevas Orientaciones de la Comunidad Europea para las relaciones con América Latina», adoptadas en junio de 1987, y a las fructíferas reuniones ministeriales que bajo la presidencia española de las Comunidades tuvieron lugar una en San Pedro Sula, en el marco de la Conferencia San José V entre el Grupo de Contadora, los países centroamericanos y los doce Estados comunitarios, y otra en Granada entre los ocho y los doce.

No se ha limitado España a proclamar apoyos políticos -necesarios pero insuficientes- pues también ha sabido estar en la vanguardia económica a la hora de materializar solemnes Declaraciones. Así debe considerarse la iniciativa presentada en el Consejo Europeo de Madrid para la creación de un Fondo Europeo de Garantía.

Señor Presidente, los espectaculares eventos históricos que de unos meses a esta parte están aconteciendo en el continente europeo nos sitúan en unas nuevas dimensiones, en unas originales coordenadas sociopolíticas que trascienden los esquemas clásicos.

Hay quien, frente a esta nueva fenomenología, ha podido hablar no ya del fin de las ideologías, sino del fin de la historia, en su concepción más escolástica de proceso dialéctico que se va autoalimentando.

Pero en lo que felizmente se coincide, con unanimidad, es en la pervivencia de unos principios sobradamente solidificados por el tiempo y la acción, cuales son los cimientos del sistema democrático. En cierta manera puede decirse -en esta línea- que a la historia ha seguido la democracia.

A todos sin excepción nos congratula constatar hoy la dilatada extensión geográfica y la espectacular consolidación de los regímenes democráticos en Iberoamérica.

Esa nueva perspectiva facilita nuestra capacidad de avanzar, con seguridad y firmeza, por la senda de la modernidad y el progreso.México lo está haciendo de vuestra mano, ya que habéis sido capaz, desde el mismo inicio de vuestro mandato, de inyectar a la realidad nacional mexicana dinamismo y movilidad, junto a una probada capacidad reformista, que no podrá acarrear más que beneficios para este país, que tanto los merece.

Quiero felicitaros por ello, y hacer votos porque vuestro trabajo al frente del gobierno de los Estados Unidos de México se vea coronado por el éxito.

Y para cuanto todavía nos queda por hacer, a España con México, a México con España, dejadme rememorar las palabras de aquel insigne mexicano, Alfonso Reyes, que tanto amó a mi país: «Seamos capaces del destino. Aquí está la masa, aquí están las manos. Que no falte la voluntad.»

Permitidme, pues, señor Presidente, brindar por la paz, la prosperidad de México, por vuestra salud y ventura personal y la de vuestra distinguida esposa, y por la de todo el noble pueblo de México, para el que seguiremos guardando, la Reina y yo, el mayor de nuestros afectos.

Muchas gracias.

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