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Palabras de Su Majestad el Rey con motivo de la Pascua Militar

Palacio Real de Madrid, 06.01.1990

Q

ueridos compañeros, un año más nos reunimos en esta conmemoración de la Pascua Militar, para sentir la alegría de un nuevo encuentro; escuchar con todo interés el relato que el Ministro de Defensa acaba de hacernos, tanto de las realizaciones de su departamento como de los planes que se proyectan para el futuro, y expresaros, como Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas, la tradicional felicitación que en este día quiero hacer llegar a todos vosotros y a vuestras familias.          

Una felicitación que desearía no apareciera contenida tan sólo en unas frases más o menos formularias, cuya reiteración podría hacer pensar que se concede más importancia a la forma de lo que se dice que al fondo de lo que se siente. Porque yo quisiera, desde lo más profundo de mis sentimientos, que de verdad predominaran los motivos que tuvierais para ser felices.

Es cierto que no en todas las ocasiones hemos de buscar la felicidad fuera de cada uno, cuando tantas veces debemos esforzarnos en encontrarla precisamente dentro de nosotros mismos.

Por eso, es necesario que estéis orgullosos de lo que sois y de los deberes que os corresponden; que sintáis la satisfacción de realizarlos con total entrega; que recibáis el reconocimiento de los demás hacia esa misión que os compete; que comprendamos todos cómo la felicidad no está en hacer siempre lo que se quiere, sino en querer siempre lo que se hace, en cumplimiento de una honrosa obligación, abrazada con vocación y entusiasmo.

Vuestra felicidad, como la mía, debe nacer de la satisfacción del deber cumplido. No hay felicidad completa si no se sabe extender esta idea a los demás: los mandos hacia sus subordinados, éstos hacia quienes les mandan; los compañeros entre sí; las autoridades políticas al esforzarse en la búsqueda de soluciones acertadas para la utilidad de la comunidad entera que permitan proyectar esta idea del militar hacia la sociedad.

En el año transcurrido se han continuado las innovaciones en las Fuerzas Armadas, se han publicado disposiciones muy importantes y sin duda se ha avanzado en los propósitos de modernización y de adaptación a las circunstancias que los tiempos hacen indispensable.

Podemos felicitarnos por ello, aunque también hayamos de reconocer los sacrificios y las renuncias que a algunos les corresponda experimentar, como una más de las pruebas que una profesión como la vuestra suele llevar consigo.

A todos agradezco su conducta ejemplar y su comprensión para los problemas militares y nacionales.

Hemos seguido avanzando, aunque el camino no se termina nunca y exige nuevas, continuas y sucesivas experiencias.

Se ha conseguido una estabilidad democrática que se revela como el mejor instrumento de solución para que los españoles resuelvan dificultades transitorias, problemas inevitables o controversias, que son signo de madurez y fruto del propio ejercicio de la libertad.

Pero hemos de considerar la democracia como algo que se ha convertido en normal, como un sistema en el que debemos sentirnos naturalmente incluidos con sencillez, sin aspectos de excepcionalidad, sin recelos ni temores.

Y me gustaría observar que, ya establecida firmemente, exige que sepamos adaptarnos a ella, interpretarla, conformar nuestros hábitos y nuestras conductas a sus principios, rompiendo en nosotros los viejos moldes que ya no sean actuales, pero conservando los que tengan un carácter permanente e invariable, porque constituyen las señas de identidad de la profesión militar.

No se trata de abandonar antiguos conceptos para sustituirlos automáticamente por otros nuevos, sino de dilucidar con profundidad el valor de unos y de otros y efectuar la selección adecuada para que la combinación resulte perfecta.

La vida en democracia requiere que cada profesión, cada actividad, cada grupo o cada individuo, tengan cometidos específicos, obligaciones peculiares y a veces limitaciones ineludibles que todos debemos respetar, porque en caso contrario caeríamos en la confusión y en el desorden.

No es prudente olvidar todos los esquemas característicos de las colectividades o de las personas y prescindir de ellos alegando unos principios de libertad o de independencia que aun siendo inherentes a la democracia, han de dirigirse, acomodarse o graduarse en cada caso para conseguir el bien común.

Es imprescindible que, en esta gran familia que está compuesta por los españoles de todas las clases y ocupaciones y, dentro de ella, en la familia militar donde la unión es requisito básico de su permanencia, sepamos asimilar los grandes conceptos de la democracia, sus valores y sus derechos, para adaptarlos a nuestros deberes y aplicar unos y otros equilibradamente.

Es sin duda útil y aconsejable conocer los propios defectos y tratar de contribuir a corregirlos por los procedimientos adecuados utilizando los canales previstos en toda organización que quiera ser respetada.

Pero no olvidemos que siempre es posible apreciar en todas las actividades humanas sus aspectos buenos y sus aspectos malos, sus rasgos positivos y sus rasgos negativos. Esforzarse en poner de manifiesto tan sólo los segundos no es lo más aconsejable. Y ninguna desilusión debe influir en nosotros hasta el punto de que generalicemos la propia frustración y arrastremos la crítica hacia la organización a que pertenecemos o sobre la misión que nos corresponde realizar. Una misión que consiste -tengámoslo muy presente- en garantizar la soberanía e independencia de España, la defensa de su integridad territorial y el ordenamiento constitucional.

La vida en democracia clarifica también la función de los ejércitos en la sociedad y asigna misiones a todos, civiles y militares, en la tarea común de preservar la paz.Esta interpretación de la democracia me lleva también a resaltar la importancia de una virtud militar clásica, que no puede alterarse por los cambios de los tiempos, por la influencia de nuevas costumbres, o por la creencia de que está en oposición con la libertad cuando es en realidad su más firme apoyo. Me refiero a la disciplina.

Como he tenido ocasión de decir otras veces y ahora acabo de repetir, en todas las profesiones y en todos los grupos sociales, se dan características que no pueden modificarse o suprimirse, porque ello significaría la alteración fundamental de la propia esencia de aquellas actividades.

Y así ocurre en la milicia con la disciplina.

Es de desear que su concepto se perfeccione cada vez más, en el sentido de conseguir que la disciplina no tenga que imponerse por la fuerza, por la coacción o por el temor al castigo, sino por la educación adecuada, por el convencimiento interno y consciente de que es necesaria como base de la conducta militar. Y, sobre todo, porque la disciplina está íntimamente ligada a la lealtad, que, junto con el espíritu militar y el compañerismo, son pilares donde se asienta la voluntad de asumir solidariamente la responsabilidad de nuestra misión.

He de decir que los miembros de las Fuerzas Armadas desde los empleos más altos a los inferiores, deben mantener vivo este concepto, porque la disciplina entraña unos condicionamientos y una norma especial e imprescindible de sentir y de proceder.

Esta disciplina que habéis mantenido de manera ejemplar y que, como Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas, tanto os agradezco, es la que estoy seguro seguiréis manteniendo frente a todas las circunstancias.

Esta es también la disciplina que tanto al señor Ministro como a todos los altos cargos del departamento de Defensa, pido que inspiréis, propiciéis y amparéis entre los miembros de los ejércitos.

Debo resaltar, en el ámbito internacional, los acontecimientos que se están produciendo en los países del centro y del este de Europa, que sin duda han de tener una repercusión, aún imprevisible, en el mundo entero.

A velocidad vertiginosa y con efectos multiplicadores, se están cambiando las estructuras en los aspectos político, económico y social y se alteran los esquemas militares trazados; se modifican los sistemas de los países y las ideas de los hombres.

Si la Revolución rusa del año 1917 y la II Guerra Mundial tuvieron unas consecuencias extraordinarias que dieron lugar a regímenes que permanecieron firmemente establecidos durante muchos años, es posible que estemos asistiendo ahora a una conmoción más importante, aun cuando tengamos la esperanza de que todas las dificultades se superen para que puedan extenderse en el mundo entero la paz y la libertad que los pueblos desean.

Hemos de estar preparados para los acontecimientos nacionales e internacionales. Dentro de las Fuerzas Armadas, la acertada interpretación y asimilación de la democracia, la disciplina a la que he aludido como virtud fundamental, y la estrecha unión de cuantos la integran, con el pueblo del que proceden y cuya seguridad constituye su misión, serán circunstancias trascendentales para el porvenir que se presenta ante nosotros.Estoy seguro de que así, con la perfecta identificación entre las Fuerzas Armadas y la sociedad a la que pertenecen, que siempre proclamo y solicito, superaremos todas las dificultades para que la armonía y la concordia presidan el progreso de España.

Lamento que una vez más, en este saludo que os dirijo con motivo de la Pascua Militar, haya de hacer una dolorosa mención a los compañeros que han sido víctimas del terrorismo. A ellos y a sus familiares, mi recuerdo lleno de cariño, así como los mejores deseos para los que en estos momentos se recuperan de las heridas sufridas en atentados. Y en general, a cuantos han sufrido los ataques de la violencia, la esperanza de que desaparezca esa plaga criminal y se imponga la razón.

Agradezco al señor Ministro su felicitación y la exposición brillante y detallada de las actividades y propósitos del departamento.Le deseo el mayor acierto en su gestión.

Son aún muchas las cuestiones que habrán de estudiarse y resolverse. Sólo os encomiendo, señor Ministro, que continuéis el proceso de modernización de nuestras Fuerzas Armadas con la prudencia y meditación hasta ahora observadas.

Muchos temas y muchos criterios pueden modificarse o adaptarse a nuevas situaciones y ser objeto de debate público; pero en cualquier caso tengamos siempre en cuenta el valor de los variados factores, el peso de las distintas razones, las circunstancias de cualquier orden que aconsejan o condicionan las soluciones y estudiémoslas con rigor para llegar a la conclusión más adecuada.

Estoy seguro de que así se hará, de que la serenidad presidirá todas las decisiones y de que de esta forma el pueblo español, perfectamente enterado de la realidad de sus Fuerzas Armadas, las juzgará con el respeto y el cariño que merecen. Yo os pido que os sintáis siempre muy honrados por vuestra profesión y por el papel que os corresponde desempeñar en la sociedad.

Así conseguiréis -así conseguiremos todos- esa felicidad que una vez más os deseo, de todo corazón, en esta fiesta de la Pascua Militar.

¡Viva España!

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