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Palabras de Su Majestad el Rey a la comunidad iberoamericana en la apertura de la III Cumbre Iberoamericana

Brasil(Salvador de Bahía), 15.07.1993

S

eñor Presidente de la República Federativa del Brasil, señores Presidentes y Jefes de Gobierno de los países iberoamericanos, señores Secretarios Generales de la Organización de Naciones Unidas y de la Organización de Estados Americanos, señores invitados especiales, señoras y señores, agradezco vivamente al señor Presidente de la República de Brasil las cordiales palabras con que nos ha dado a todos la bienvenida a su país y a esta bella ciudad de Salvador, tan cargada de historia y de simbolismo.

Pocas ciudades simbolizan como Salvador de Bahía el espíritu de nuestra Comunidad Iberoamericana. De su armónica síntesis de razas y de culturas brota una marcada personalidad que se refleja en su vitalidad, en su incesante capacidad creativa y en su rica arquitectura que constituye una magnífica expresión de la fecunda convivencia aquí de componentes de muy diverso origen.

Hoy nos convocan nuestros amigos brasileños a un nuevo Encuentro Iberoamericano de Jefes de Estado y de Gobierno. Su ofrecimiento se corresponde perfectamente con el activo papel internacional y la sensibilidad hacia las grandes preocupaciones de la humanidad que caracterizan la política exterior brasileña.

Gracias a esta iniciativa vamos a celebrar ya una III reunión. Hace dos años, cuando fuimos convocados por el Presidente Salinas, teníamos la ilusión de la novedad y el sentimiento de adentrarnos en una senda irreversible de creciente cooperación. Hoy hemos hecho ya del encuentro una costumbre que nos empuja a todos a trabajar en común para defender y proteger lo que nos une.

La Conferencia Iberoamericana es ya un espacio político nuevo y un foro original, rico en su pluralidad. Forjada a lo largo de los siglos, esa larga convivencia ha fraguado en una concepción común del hombre y del mundo; en unos valores, unos principios y unos objetivos que todos nosotros compartimos.

No se trata ahora de abrir nuevos rumbos en la historia. La historia de Iberoamérica está ya trazada. Sobre ella, queremos avanzar de la mano de la democracia, del respeto de los derechos humanos y del desarrollo para los pueblos.

Así entendida, nuestra tarea es darle impulso. Por eso dijimos en Guadalajara que, conscientes de que formamos uno de los grandes espacios que configuran el mundo actual, queríamos proyectar hacia el tercer milenio la fuerza de nuestra Comunidad.Nuestras firmes convicciones en todo lo que concierne a la libertad del hombre y de los pueblos, a los derechos humanos y a los principios constitucionales de la democracia, se han plasmado en manifestaciones públicas y oportunas de nuestros gobiernos en su defensa, así como de rechazo, claro y firme, a intentos concretos de violentar el orden constitucional democrático libremente establecido por los pueblos iberoamericanos.

Hemos dado por sentado que el orden internacional y las relaciones entre los Estados sólo pueden entenderse y desarrollarse bajo la autoridad del derecho internacional, como garantía única de respeto a los principios de igualdad y soberanía.

Habíamos decidido también, en nuestros encuentros anteriores, emprender proyectos concretos de cooperación en beneficio de nuestros pueblos. De una manera prudente y realista, hemos empezado ya a trabajar en sectores estratégicos para el desarrollo social, tales como la educación, la sanidad y la problemática de las poblaciones indígenas.Así, en el ámbito de la educación, estamos ya utilizando nuevos medios tecnológicos, como el satélite Hispasat, para transmitir programas educativos.

Tenemos ante nosotros la posibilidad de incorporar a varios miles de post-graduados universitarios iberoamericanos, en el programa de becas Mutis, en el plazo de cinco años. Hemos puesto en marcha, además, y con la colaboración de la Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura, un proyecto conjunto de alfabetización que beneficia ya a algunos países de la comunidad iberoamericana.

Hemos dado también nuestro apoyo -coincidiendo además con la Declaración, por parte de Naciones Unidas, del Año Internacional de los Pueblos Indígenas del Mundo- al Convenio constitutivo del Fondo Indígena, cuyo objetivo es contribuir a la solución de los problemas de desarrollo económico y social de esas comunidades.

Los gobiernos, junto con la Organización Panamericana de la Salud, están trabajando de manera coordinada y fructífera en la definición de programas específicos en el área sanitaria.

Nuestros anfitriones brasileños nos llaman ahora, y muy oportunamente, a concentrarnos en los problemas del desarrollo y, especialmente, del desarrollo social. Ese foco de atención coincide, precisamente, con una de nuestras convicciones compartidas, es decir, la íntima interrelación entre democracia, desarrollo y derechos humanos.

El mundo de hoy, ese mundo que busca dramáticamente un camino, una coherencia y un modelo de ordenación, nos está demostrando, día a día y con frecuencia de manera trágica, que los logros de nuestra civilización se comparten de modo muy desigual.

El hambre, la enfermedad y la marginación que aún persisten en grandes espacios del planeta deberían animarnos, aún más si cabe, a redoblar esfuerzos para combatirlos. Creo sinceramente que una de las obligaciones de la Comunidad Iberoamericana de Naciones es trabajar en esta dirección, sin dejar que el dramatismo de algunas situaciones venza la esperanza de muchos en un futuro mejor.

No quiero, sin embargo, dejar de buscar razones para el optimismo. Precisamente, en tal coyuntura, las naciones iberoamericanas han emprendido, con admirable capacidad de reacción y con verdadero éxito en numerosos casos, políticas de modernización y procesos de ajuste estructural que, sin duda, necesitan de la comprensión y la colaboración internacional para paliar los sacrificios y costes sociales que comportan y para consolidar así su éxito.Con la convicción de que no puede haber otra estrategia que no sea universal, las Naciones Unidas se disponen a elaborar un programa para el desarrollo que complete equilibradamente la Agenda para la Paz.

En ese marco, dentro de dos años, todos los países del mundo participaremos, además en una cumbre mundial sobre el Desarrollo Social.

Desde la otra orilla del Atlántico, España se declara plenamente dispuesta a aportar a este esfuerzo su bagaje propio y su experiencia histórica, como país inmerso también en procesos de desarrollo y de integración regional.

Seguridad y paz, desarrollo político, crecimiento económico y desarrollo social, democracia y derechos humanos, son los elementos de una única ecuación que entre todos debemos resolver.

La Conferencia Iberoamericana debe hacer su aportación específica a esta histórica tarea.A ello, junto con nuestro anfitrión, el Presidente Itamar Franco, me permito yo también invitarles, en la seguridad de que los debates de esta Conferencia servirán para reforzar nuestra cohesión y reafirmar el peso de la Comunidad en la escena internacional; y con la confianza, desde luego, de que resultarán de utilidad tanto para nosotros como para las demás naciones.

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