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Palabras de Su Majestad el Rey a la comunidad israelita

Sinagoga de Madrid, 31.03.1992

L

a Reina y yo queremos agradecer la invitación que nos ha sido hecha por la comunidad judía española, a través de su Comisión Nacional Sefarad 92, para que acudiéramos en día tan significativo, como el de hoy, a la Sinagoga de Madrid.

La satisfacción que nos causa el hecho de encontrarnos en este recinto se ve incrementada por la cariñosa acogida que hemos recibido por parte de todas las ilustres personalidades presentes, representantes de las comunidades judías de España, del Comité Internacional Sefarad 92 y de las más importantes organizaciones judías del mundo. Muy especialmente nos es grata la presencia y compañía del Presidente del Estado de Israel y señora de Herzog que honran este acto como invitados expresos y testigos excepcionales del mismo.

Es más, hemos deseado expresamente vuestra presencia, así como la de los distinguidos representantes que nos acompañan para que compartierais la emoción y la alegría de este encuentro del Rey con los judíos españoles.

Hoy se celebra una ceremonia especialmente entrañable para la Corona: la del encuentro de los judíos españoles, o residentes, con sus Reyes en el recinto de esta Sinagoga.

Hace ya casi un lustro, con motivo de la visita que la Reina y yo hicimos a la Sinagoga Sefardita de Los Angeles anuncié a los allí congregados que en la preparación del V Centenario del descubrimiento de América, la Comisión Nacional Española había creado un grupo de trabajo, Sefarad 92, para propiciar el encuentro y establecer un diálogo fraternal como corresponde a nuestros siglos de historia compartida.

Nuestra presencia hoy aquí es cabal cumplimiento de tal empeño.

Puede antojarse como paradójico que hayamos escogido la conmemoración de un desencuentro para propiciar un encuentro de tan hondo calado. Pero la historia de los pueblos y, desde luego, la historia de España está llena de luces y sombras.

Hemos conocido momentos de esplendor y de decadencia. Hemos vivido épocas de respeto profundo de las libertades y también de intolerancia y persecución por razones políticas, ideológicas o religiosas. Lo que importa no es la contabilidad de nuestros errores o aciertos, sino la voluntad de proyectar y analizar el pasado en función de nuestro futuro, la voluntad de trabajar en común en pos de un noble afán.

Evocar hoy esos siglos de historia compartida es un homenaje que quiero rendir a la fortaleza de espíritu y a la capacidad de conservar su raíz cultural de los hispano-judíos que, fieles a su fe y a sus tradiciones, tuvieron que salir de España como consecuencia de una razón de Estado que veía el fundamento de su unidad, en la uniformidad religiosa.

Quinientos años después, vivimos bajo normas constitucionales que han consagrado la unidad en la diversidad, el pluralismo y la libertad religiosa y de conciencia.

El retorno a Sefarad que comenzó a iniciarse tímidamente ya en el siglo pasado comienza a colmar el vacío que produjo vuestra ausencia. Se reanuda así la convivencia en una España que ha consolidado su sistema democrático. Sefarad no es ya una nostalgia sino un hogar en el que no debe decirse que los judíos se sienten como en su propia casa, porque los hispano-judíos están en su propia casa, en la casa de todos los españoles con independencia de cual sea su credo o religión.

En la Sefarad de hoy es posible continuar la creación filosófica, literaria, científica y cultural que ha hecho dignos de recuerdo a tantos judíos españoles de la Edad Media.

A lo largo de este año se ha venido examinando en numerosos encuentros académicos el legado cultural hispano-judío y sefardí en todo su esplendor y ello ha permitido que un área de nuestra historia y nuestra cultura que sólo era conocida por especialistas, haya trascendido al conjunto de la sociedad.

Hoy los españoles sabemos más de ese aspecto fundamental de nuestra historia y nuestra identidad cultural.

Debemos reconocer que fue admirable, a pesar de las circunstancias de su salida, la fidelidad que las comunidades sefardíes guardaron, con lógicos sentimientos encontrados, a su patria de tantos siglos. Fidelidad a la lengua, el ladino, a sus obras y tesoros literarios y fidelidad al romancero musical.

Y aquí debemos valorar y agradecer la hospitalidad de los países que acogieron a aquellos españoles expulsados de su patria que permitieron que durante siglos florecieran focos de cultura hispánica en su seno.

Tenemos ahora la responsabilidad de hacer de esta cita y de este país un verdadero lugar de encuentro para las generaciones venideras. Que nunca más el odio o la intolerancia provoquen la desolación o el exilio. Al contrario, que seamos capaces de construir una España próspera y en paz consigo misma sobre la base de la concordia y del mutuo respeto. Una España de ciudadanos libres, colaborando con todos los países amantes de la paz. Ese es ahora mi más ferviente deseo, paz para todos. Shalom.

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