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Palabras de Su Majestad el Rey en la presentación del "Diccionario de construcción y régimen de la lengua española" de Caro y Cuervo

Madrid, 03.07.1995

C

onstituye para mí un motivo de orgullo y satisfacción el presidir la presentación del «Diccionario de Construcción y Régimen de la Lengua Castellana» en la Casa de América, con la colaboración del Instituto Caro y Cuervo de Colombia, la Real Academia Española y el Instituto Cervantes.

La Casa de América, qu fue precisamente inaugurada durante la II Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno de la Comunidad Iberoamericana en Madrid, en julio de 1992, ha servido de punto de encuentro y foro de reflexión de una comunidad que tiene como columna vertebral, aparte de un tronco histórico común, una lengua de la importancia de la española.

La urdimbre de nuestro rico tejido cultural, la consolidación de los vínculos políticos y económicos en el seno de nuestra comunidad no hubieran podido desarrollarse de la misma manera, de no haber tenido el importante vínculo de comunicación del idioma castellano que, con sus matices y variaciones, ha conservado la misma estructura esencial en todos nuestros países.

Por eso reviste especial importancia el que rindamos hoy aquí un homenaje al filólogo colombiano don Rufino José Cuervo, que con indudable visión de futuro y verdadera pasión por nuestra lengua común, sentó las bases del Diccionario de Construcción y Régimen de la Lengua Castellana, cuya publicación estamos celebrando.

Al rendir homenaje a este prócer de las letras hispanoamericanas que no pudo ver su obra terminada en vida, no debemos olvidar el agradecimiento a quien fue su principal amigo y socio en esta ambiciosa tarea: don Miguel Antonio Caro.

Y si es cierto lo que en algún momento comentase el propio Rufino José Cuervo que esta obra por su magnitud no era «proporcionada a las fuerzas de un hombre solo» también es cierto que en el largo caminar desde 1872 hasta la culminación de este proyecto, los creadores de la idea no han estado solos, sino que han tenido el apoyo, la ilusión y el entusiasmo de decenas, incluso centenares de lingüistas y filólogos que colaboraron en esta obra, a lo largo de los años.

Si la culminación de una obra importante es siempre un motivo de júbilo, la publicación de los ocho volúmenes que integran el Diccionario editado por el Instituto Caro y Cuervo constituye un hito fundamental en la conservación y conocimiento del castellano, y un motivo de orgullo para los cientos de millones de personas que, en varios continentes, hablan la misma lengua en que escribió Miguel de Cervantes.

En este contexto iberoamericano también importa destacar que este proyecto colombiano ha tenido desde su inicio el apoyo de toda nuestra comunidad.

Tras la interrupción del impulso inicial de don Rufino José Cuervo, la continuación del Diccionario se suscita precisamente en la VI Conferencia Internacional Americana que se celebró en 1928 en La Habana, donde el canciller panameño Ricardo Alfaro, destacó «la deuda americana con Rufino José Cuervo», proponiendo que los diversos países suscribiesen la cantidad necesaria para completar la edición.

También la Unión Panamericana se ocupó del progreso del Diccionario con la contratación del Profesor Corominas, como asesor de los trabajos de continuación.

Y, por último, y bajo la dirección del Doctor Ignacio Chaves, que hoy nos acompaña, el término de esta importante empresa ha sido posible gracias al respaldo de las Comisiones del V Centenario de España y de Colombia, con el apoyo de una fundación privada colombiana; no podemos olvidar tampoco la colaboración en este esfuerzo de una entidad con la vocación educativa de la Organización de Estados Iberoamericanos.

La relevancia de esta obra para el uso de la lengua castellana ha sido destacada justamente por el propio Director del Instituto Caro y Cuervo y el Director de la Real Academia Española, pero pienso que a todos nos interesa reconocer la importancia de que un Diccionario editado fuera de España ilumine el tronco de nuestra lengua común, que nació aquí por las postrimerías del siglo xi, cuando los monjes del Convento de Santo Domingo de Silos empezaron a glosar las páginas en latín de los códices medievales.

Por último, una mención de especial agradecimiento al Gobierno colombiano, cuyo Presidente me habló con entusiasmo de la feliz conclusión del Diccionario y a su representante en España, la embajadora María Emma Mejía, que con tanta eficacia, devoción y afecto ha sabido estrechar aún más los vínculos entre la querida República colombiana y España.

Muchas gracias a todos.

Se levanta la sesión.

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