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Palabras de Su Majestad el rey a la comunidad académica al entregar el Premio Cervantes a Dulce María Loynaz

Madrid(Alcalá de Henares), 23.04.1993

U

na vez más, la Reina y yo acudimos gustosos a esta celebración de la cultura común de los pueblos hispánicos que es la entrega del Premio Cervantes.Año a año, en este noble recinto de la Universidad de Alcalá de Henares, la Corona ha deseado participar en una ceremonia en la que, siempre renovado, tiene lugar este solemne homenaje a la continuidad y creatividad del patrimonio literario de todos los hispanoamericanos.

Y ello es tanto más significativo en esta ocasión, cuando todavía permanece vivo el riquísimo debate suscitado por ese emocionante reencuentro que ha constituido la Conmemoración del V Centenario. Una conmemoración que, aún sin la necesaria perspectiva que concede la historia, ha supuesto para todos nosotros, a uno y otro lado del océano, la constatación de que nuestra herencia cultural es lo que permanece por encima de cualquier diferencia.

Como ha expresado recientemente Carlos Fuentes, uno de los galardonados con este Premio, pocas culturas del mundo poseen una riqueza y continuidad semejantes a la nuestra.Nuestro encuentro de 1492 supuso, en este sentido, un momento privilegiado en el que vinieron a confluir tradiciones antiquísimas formadas, a su vez, por las aportaciones originales de pueblos y visiones del mundo diferentes y complementarias. Historiadores de todo el mundo han reflejado en una copiosa bibliografía la importancia y el asombro de este encuentro.

Celebramos hoy también la fiesta de nuestra lengua común, ese inestimable vehículo de comunicación, enriquecido constantemente por el uso de nuestros pueblos, en el que don Miguel de Cervantes constituye una referencia permanente y apasionada.En esta lengua en la que todos podemos entendernos, los escritores hispánicos han legado al mundo una parte fundamental de nuestra memoria colectiva, de nuestros anhelos, de nuestros gozos y nuestras tristezas. En sus libros nos reconocemos y nos emocionamos, con sus obras hemos aprendido a saber cómo hemos llegado a ser lo que somos, qué nos diferencia y cuánto nos une.

Este año, además, el Premio Cervantes viene a reconocer por segunda vez en su historia la aportación de las letras cubanas al torrente de la literatura de los pueblos hispanoamericanos.Y, si en la primera ocasión el galardón recayó en Alejo Carpentier, en cuya prosa barroca y riquísima se revelaba la realidad y el misterio del Caribe, es justo que hoy lo haga en quien ha sabido transmitir en versos luminosos y trémulos el contrapunto poético de un delicado universo interior.

La obra de Dulce María Loynaz, cuya profunda filiación hispánica se refleja en su apellido de raigambre vasca, constituye un ejemplo singular de esa pasión por la lengua tan frecuente en los grandes escritores de nuestro ámbito.Es, seguramente, su obsesión por la precisión de las palabras, su esfuerzo por lograr la exactitud en la expresión de los sentimientos, lo que confiere a toda su obra esa sensación de profunda transparencia en la que lo cotidiano aparece siempre como algo dotado de sentido.

Poeta, como ha expresado nuestra autora repetidamente, no es sólo quien ve más allá del mundo circundante y más adentro en el mundo interior, sino quien sabe hacer ver a los demás lo que ha visto. Y esa cualidad de los grandes creadores es otro de los méritos de Dulce María Loynaz.

Desde sus primeros libros, en los que la influencia de los grandes modernistas hispanoamericanos se fecundaba con el conocimiento de los clásicos de nuestra lengua, la poesía de Dulce María Loynaz no ha dejado de evolucionar hacia la difícil sencillez en la expresión de lo más íntimo: la suya es, sin duda, una poesía del pudor en la que se hace evidente el deslumbramiento ante la belleza del mundo y la piedad hacia los hombres y las mujeres que lo habitan. En su obra se encarna aquella característica de la poesía que nuestro sabio Don Quijote describía al caballero del verde gabán: «Es hecha de una alquimia de tal virtud, que quien la sabe tratar la volverá en oro purísimo».

Profundamente unida a los destinos de Cuba, Dulce María Loynaz ha permanecido siempre vinculada a la cultura de su país. Primero participando en el impulso renovador de la poesía cubana que, entre sus coetáneos, ha legado obras tan diversas como las de Nicolás Guillén o José Lezama Lima. Más tarde, con su labor a veces ingrata como Presidenta de la Academia Cubana de la Lengua, cuyas sesiones se han celebrado durante mucho tiempo en su vieja residencia familiar de El Vedado.Pero, además de esas raíces tan cubanas, Dulce María Loynaz se ha sentido siempre unida a todo lo hispánico.

Para nosotros, españoles, constituye un auténtico privilegio acoger de nuevo, y en ocasión tan especial, a quien por tantos motivos debemos un particular agradecimiento. Y no sólo porque fue en España donde publicó por vez primera alguno de sus más bellos libros, sino también porque nuestro país ha sido siempre una referencia evidente en su obra, en sus afectos, y en sus recuerdos.

Desde muy joven, cuando en su casa habanera ejercía de anfitriona de Juan Ramón Jiménez o Federico García Lorca, Dulce María ha mostrado un especial cariño por todo lo que le hablaba de España. Esta gran dama de América ha sido siempre la más generosa de las amigas.Mucho han cambiado las cosas en todo el ámbito hispanoamericano desde su última estancia entre nosotros a finales de los años cincuenta. Pero, más allá de cambios y transformaciones a veces dramáticos, nuestros pueblos también han aprendido a identificar y a distinguir lo permanente de lo accesorio.

En esa búsqueda tenaz de lo que nos une, por encima de las contingencias de la historia, constituye un estímulo y también un consuelo, la obra poética y la actitud humana de quien, con su elegante silencio, ha sabido siempre permanecer fiel a sí misma y a su mundo interior sin esperar recompensa alguna.

Como ya he dicho en otras ocasiones, los premios institucionales que se conceden a los escritores constituyen tan sólo un medio por el que toda la sociedad agradece a sus creadores la enorme deuda que con ellos tiene contraída.El premio nunca puede saldar la deuda, pero sirve como recordatorio de que el mejor homenaje que se le puede rendir a un escritor es conocer su obra, familiarizarse con sus libros, establecer con ellos el diálogo enriquecedor y eterno en el que se basa buena parte de la riqueza de los pueblos cultos.

En el caso del premio que hoy nos convoca, su importancia afecta de lleno a todo el mundo hispánico.

Nos sentimos orgullosos de que hoy este galardón recaiga en quien nos ha sabido transmitir con sus versos la vieja seducción que se esconde en la lengua y la cultura de todos los hispanoamericanos. Por todo ello, y en nombre de todos nosotros, muchas gracias a Dulce María Loynaz.

Queda clausurado el acto de entrega del Premio de Literatura en Lengua Castellana Miguel de Cervantes 1992.

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