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Palabras de Su Majestad el Rey en la cena ofrecida por el Presidente de la República de Uruguay

Uruguay(Montevideo), 14.11.1996

S

eñor Presidente,Señora de Sanguinetti,

La Reina y yo queremos agradecer vuestra amable invitación a visitar este país tan querido, así como las afectuosas palabras con las que nos habéis recibido.

Deseamos igualmente hacer extensible nuestro agradecimiento al pueblo uruguayo y, en particular, a los habitantes de Montevideo quienes, desde nuestra llegada, nos han brindado una acogida especialmente cariñosa que tantos recuerdos nos trae de nuestra anterior visita.

Han pasado ya trece años desde aquel primer viaje y, desde entonces, nuestros dos países han experimentado muchos y muy profundos cambios, transitando sin embargo por caminos paralelos.

En aquellos años, España se esforzaba en afianzar su recientemente recuperada democracia mientras que el pueblo uruguayo iniciaba el tránsito hacia el régimen de libertades públicas y respeto a los derechos humanos, base de su identidad histórica y que hizo de Uruguay una de las democracias más antiguas y arraigadas de Iberoamérica.

En 1983 manifesté, aquí en Montevideo, que "la reforma y el cambio político son siempre posibles por medios pacíficos cuando los hombres utilizan, con generosidad de miras, el diálogo como instrumento".

Al volver de nuevo a la República Oriental del Uruguay, es para mi motivo de gran satisfacción comprobar que el pueblo uruguayo, gracias a su talante integrador y dialogante, ha superado esta etapa de transición de forma pacífica y ejemplar.

Quisiera recordar aquí el relevante papel que, en aquellos momentos trascendentales en la historia del Uruguay, tuvieron los dirigentes de los partidos políticos que, con imaginación, desprendimiento y generosidad, supieron evitar enfrentamientos y abrir cauces de diálogo.

En sus relaciones exteriores también nuestros dos países han seguido caminos similares. Ambos han entrado en estos años a formar parte de ambiciosos y prometedores procesos de integración.

Tanto el Mercosur como la Unión Europea, aunque se enmarcan en un ámbito territorial específico, defienden unos mismos ideales y valores basados en un acervo común histórico y cultural que coinciden en sus últimos objetivos: el desarrollo de sociedades y pueblos más libres y solidarios, con igualdad de oportunidades para todos.

Buen ejemplo de ello fue el Acuerdo Marco Interregional de Cooperación entre la Unión Europea y Mercosur, firmado en Madrid el pasado año, en el que se sentaban las bases para una colaboración estrecha y profunda y que, sin duda, será enriquecedora para ambas partes.

Vuestra Excelencia, Señor Presidente, supo materializar de forma concisa y expresiva esta idea al hablar en Madrid, en nombre de los países del Mercosur, de dos riberas del Atlántico cada día más próximas.

Como parte de este afán integrador, del que Uruguay es legítimo representante, no puedo dejar de aludir en estas palabras a los importantes proyectos de infraestructura que se realizarán en los próximos años. Concretamente, me refiero al puente sobre el río de la Plata que unirá Buenos Aires con la ciudad de Colonia y al proyecto de hidrovía en los ríos Paraguay-Paraná.

Estas admirables obras alterarán sensiblemente la fisonomía de toda la región, mejorando extraordinariamente las comunicaciones y los intercambios de todo tipo entre los países, materializando así de forma concreta y ambiciosa, las ilusiones y esperanzas que los grandes próceres de la independencia iberoamericana contemplaban ya en el siglo XIX.

Con la  realización de estas obras, la República Oriental de Uruguay y su capital, la ciudad de Montevideo, pasaran a convertirse en un centro neurálgico de este gran proyecto integrador que Mercosur representa y promueve.

Señor Presidente,

Tanto España, como Uruguay, aman la libertad, se identifican con el derecho como instrumento para alcanzar la justicia y propugnan, en el seno de la sociedad internacional, la defensa de la paz como meta última de la comunidad de naciones. Prueba de ello, es la presencia de contingentes militares uruguayos y españoles en aquellos lugares del mundo donde la paz y la convivencia civilizada se hallan peligrosamente amenazadas. Me valgo de esta ocasión pues, para recordar a nuestros soldados de la paz que, a miles de kilómetros de su patria, persiguen la búsqueda de estos ideales que Uruguay y España comparten.

Señor Presidente,

Volvemos de Santiago de Chile, donde ha tenido lugar a VI Cumbre Iberoamericana, punto de encuentro entre nuestros países.

Hace seis años, cuando nos reunimos por primera vez en Méjico, la idea de una comunidad iberoamericana de naciones con voz propia, parecía una utopía. Hoy, esta empresa que entonces se iniciaba, ha obtenido ya resultados concretos en muchos campos.

Pero, sin duda, el mayor éxito de estos encuentros anuales ha sido la consolidación de la idea de que, más allá de una exaltación muchas veces romántica de recuerdos y vivencias compartidos, existe una comunidad de valores e ideales arraigados en todos nuestros países y que se traducen en una singular concepción del mundo que defendemos y queremos compartir. Se trata, en definitiva, de una empresa que a todos nos atañe y que a todos beneficia.

Uruguay fue siempre pionera en a defensa de la singularidad hispanoamericana y su prestigio internacional, basado en su tradicional política de respeto al derecho, la sitúa en posición privilegiada para hacer valer este ideal en foros internacionales donde su voz es oída y tenida en cuenta.

España, como nación iberoamericana al mismo tiempo, se encuentra también en la situación de transmitir los ideales de nuestra comunidad en la otra ribera del Atlántico.

Señor Presidente,

Con estas ideas y sentimientos, expresándole de nuevo nuestro agradecimiento por su generosa acogida, brindo por su bienestar personal y de su distinguida esposa, por el de todo el pueblo oriental y por un porvenir común lleno de prosperidad, progreso, paz y estabilidad.

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