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Palabras de Su Majestad el Rey ante la Asamblea Legislativa de la República de Uruguay

Uruguay(Montevideo), 14.11.1996

S

r. Presidente de la Asamblea General,

Agradezco vivamente sus palabras de bienvenida a este Palacio Legislativo de la República, símbolo de soberanía y expresión representativa de la voluntad política y participativa de todos los orientales.

Quiero también, a mi vez, rememorar mi anterior visita de Estado al Uruguay. Han transcurrido más de doce años desde aquella ocasión. Me cabe la satisfacción institucional y la alegría personal de comprobar que, tanto en Uruguay como en España, en ese lapso de tiempo la conciencia colectiva y la práctica diaria han consolidado sustancialmente los fundamentos democráticos de nuestra común concepción de vida política.

Hemos reforzado así, unos y otros, las bases sobre las que se asienta nuestra esperanza ante el futuro y los desafíos nada desdeñables que éste nos plantea.

Señoras y Señores Senadores y Diputados:

Políticamente, uruguayos y españoles no siempre hemos coincidido en el espíritu y la filosofía que han inspirado a las Instituciones que mutuamente hemos tenido a lo largo de nuestra historia respectiva. Justo es, pues, que celebremos nuestra coincidencia presente y nos felicitemos por ello, conscientes de las facilidades de entendimiento y de colaboración que esa sintonía nos brinda. Esa concordancia es el sustrato sobre el que nos corresponde construir, entre todos, un amplio entramado de intereses comunes, tanto de orden cultural, en todo su amplio sentido, como económico y comercial.

A ese fin, los lazos históricos y afectivos que nos unen son, a no dudarlo, vínculos que nos importa atesorar y potenciar. Vínculos que tienen su origen nada menos que en la  sangre que, por su indeleble fuerza, otros certeramente nos envidian. Obligado me parece aquí, la evocación de un ayer compartido, a manera de pórtico de cuanto nos brinda y nos ofrece el futuro.

En esta estratégica tierra oriental del Mar de Plata, españoles y portugueses nos hemos unido y enfrentado, alternativamente, como lo hemos hecho en la propia Península Ibérica. Pero unos y otros dejamos como legado la impronta de nuestro peculiar espíritu fundacional, del apego a la tierra, a la resistencia tenaz a cualquier intromisión externa y de la idea del hombre como centro de nuestra tradicional concepción del mundo; características que han pervivido en esta República, como vestigios notorios de una historia inicialmente compartida.

Desde aquella venida de las treinta y seis familias canarias, a comienzos del XVIII, hasta tiempos aún recientes, la emigración española ha fluido hacia estas llanuras orientales con el anhelo vivo de lograr prosperidad, a cambio de su reconocida voluntad de trabajo.

A finales del propio siglo XVIII, la emigración vasca alcanzó el éxito que se conoce, a una y otra orilla del Plata. Los catalanes, valencianos y baleares, llegaron algo más tarde, al impulso del comercio triangular con las Antillas hispánicas y los puertos del Levante peninsular e insular.

De todas las demás regiones de España, en forma progresiva, fueron arribando también, a lo largo del XIX, hasta que, a finales de ese siglo y a principios del nuestro, asturianos y sobre todo gallegos se hicieron presentes en gran número, aportando al Uruguay su esfuerzo, sus sueños y su capacidad creadora, y recibiendo, a su vez, la inolvidable y generosa acogida que hizo posible, en la mayoría de los casos, su realización humana y familiar.

Señoras y Señores Senadores y Diputados:

Con ser notabilísimos, no son sólo los lazos de sangre y de historia los que nos unen íntimamente. Otros hitos del pasado nos han marcado igualmente a uruguayos y españoles. Quiero destacar, en esta ocasión, a modo de ejemplo, un movimiento de renovación ética y educativa, de origen Krausista, profundamente humanista y que ya estaba en su día ecológicamente concienciado; que llego a esta tierra a través de los textos de nuestra Institución Libre de enseñanza, allá a finales del siglo pasado.

Y me complace especialmente recordar ese hito aquí, en el Palacio Legislativo, como homenaje a ese gran humanista y hombre de Estado, que fue José Batile y Ordóñez, influido en buena medida por esa constructiva y renovadora doctrina, que tanto contribuyó a la conformación de la modernidad tolerante y solidaria, aquí y allí, tras no pocos avatares.

Y en Batile saludamos al paladín imaginativo de las reformas que, en su día, dieron reconocimiento al Uruguay como modelo a imitar. Hoy, en que volvemos a encontrarnos ante el gran desafío de otro conjunto de reformas, necesarias con apremio, que claman por ser abordadas con entereza, generosidad y visión de futuro, es de justicia que volvamos históricamente los ojos a quien, como pocos, supo llevar a encomiable término tal empeño singular.

Al igual que en ese ayer no tan lejano, tenemos que abordar esa ineludible tarea con la confianza que nos confiere el ser partes contributivas esenciales de la civilización occidental, la más creativa y dinámica que la humanidad ha conocido. Una civilización que ha sabido siempre mirar al futuro como su rasgo más original y característico. Una civilización que, por lo mismo, confía en que, una vez más y siempre, sus componentes habremos de ser capaces de imaginación creativa.

Vengo, al igual que vuestro Presidente, Julio María Sanguinetti, de asistir a una nueva Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno en Santiago de Chile. Una vez más, con ese profundo entendimiento que se decanta del poso cultural y lingüístico común, el observador atento podía vislumbrar allí el futuro en germinación. Ese futuro que podemos y debemos construir en buena medida juntos: sin duplicación de esfuerzos y experiencias; compartiendo aciertos y errores; cooperando funcionalmente con la intensidad y confianza a la que nos invitan esos valores compartidos.

E incluso desde la divergencia de nuestros destinos geográficos y de integración regional, cabe una enriquecedora colaboración mutua. Las relaciones que se han propiciado entre la Unión Europea y el Mercosur son un claro exponente de lo que cabe emprender en esa línea. España ha estado y seguirá estando volcada decididamente en ese empeño. Lo anuncié así desde que iniciara mis visitas oficiales a Iberoamérica. Hoy, habrán de permitirme que me sienta ufano de la manera en que los españoles y sus Gobiernos han cumplido la palabra que en su nombre empeñé.

Finalmente, otros retos reclaman cada día con mayor frecuencia nuestra atención. La interdependencia entre los Estados, esa realidad que condiciona y potencia la actualidad de la convivencia internacional, impone de manera ineludible la solidaridad ante la aflicción ajena; la movilización ante la barbarie; la acción de paz ante los conflictos armados.

El Uruguay y España gozan de respetable ejecutoria en su colaboración humanitaria con las Naciones Unidas. Nuestras ciudadanías son sensibles a esas exigencias y respaldan con empeño la acción de sus Gobiernos. La concertación en ese terreno, como en tantos otros, suma y multiplica la aportación de unos y otros. En ese sentido, el Uruguay y España tienen un importante papel que jugar también en la distensión Norte-Sur: concertemos nuestros esfuerzos en pos de esa meta.

Señor Presidente de la Asamblea General,Señoras y Señores Senadores y Diputados,

Al agradecer de nuevo vuestra acogida en este recinto de las esencias democráticas del pueblo uruguayo, en nombre de esa trascendente realidad que entraña el compartir tanto un ayer que une, como una cultura que nos facilita el poner en común nuestros sueños para el mañana, me permito hacerme eco de los sentimientos del pueblo español de invitarles sinceramente al optimismo.

Muchas gracias.

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