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Palabras de Su Alteza Real la Infanta Doña Elena en el acto conmemorativo del Año Jacobeo 1999

Navarra(Roncesvalles), 17.02.1999

L

os históricos muros de esta Real Colegiata de Santa María de Roncesvalles nos reciben hoy con el mismo calor y afecto con que han acogido, a lo largo de los siglos, a los miles y miles de peregrinos de toda Europa que recorrieron el camino hacia Compostela.

La historia de una comunidad humana está forjada por los acontecimientos que sus propios miembros han querido subrayar como especialmente relevantes. Uno de los que definen mejor el perfil de nuestra civilización es la ruta trazada en los albores de la Edad Media, desde distantes puntos del continente europeo, hacia el sepulcro del Apóstol Santiago, en el Finisterre.

De ella recibimos el legado de un espíritu de apertura e intercambio que hizo nacer y crecer nuevas ideas y técnicas, conceptos espirituales e innovaciones culturales, políticas y sociales.

Y, sobre todo, ayudó a forjar la identidad de los distintos pueblos que atravesaba, uniéndolos en un afán común que todos pudieron compartir y realizar.

Hoy, casi mil años después, asistimos a una creciente revitalización de la Ruta Jacobea. Cada vez son más los que se sienten atraídos por la magia del Camino, y se deciden a recorrerlo, a pie o por cualquier otro medio, visitando sus impresionantes monumentos, disfrutando de sus bellos parajes naturales, aprendiendo su historia milenaria y conviviendo con quienes lo habitan.

Queremos que el ánimo que ha impulsado a los Presidentes de las distintas Comunidades Autónomas que jalonan el Camino de Santiago a venir hoy hasta este célebre rincón del Pirineo, para celebrar una jornada de amistad y de convivencia en el inicio de este Año Jacobeo, mueva también a los hombres y mujeres de nuestro tiempo a comprender en profundidad el significado y los valores que definen esta ruta: amor a las artes, respeto a la naturaleza, hospitalidad, superación personal y espiritualidad.

Pues el Camino no debe unir sólo las tierras que atraviesa sino ser también punto de encuentro de los espíritus y los corazones de las personas que viven en él y lo recorren.

Quienes sentimos como propia su tradición milenaria debemos mantenerla con orgullo y devoción y procurar acrecentarla, para que a través de ella España y Europa se hagan cada día más abiertas, más solidarias y por tanto más auténticamente humanas.

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