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Palabras de Su Alteza Real el Príncipe de Asturias en la Sesión Plenaria de la Real Academia Española

Madrid, 06.05.1999

P

ermitidme dirigiros, antes de terminar esta Sesión, unas palabras que comienzo expresando la honda satisfacción que me produce el visitar esta Academia, tan vinculada desde su nacimiento a la Corona y confiada a su patronato en nuestra Constitución.

En la Real Cédula de Aprobación y Protección Real en favor de la Academia hacía constar el Rey Felipe V que el proyecto impulsado por el Marqués de Villena al servicio de la Lengua española venía a responder a -uno de los principales propósitos- del programa de su Monarquía y a "un ardiente deseo" suyo. Con un criterio de clara filiación humanista, añadía el Rey que en la base de todas las Ciencias y Artes ha de estar el cultivo de la lengua, y pensaba por ello que el objetivo fundacional propuesto se ligaba al servicio del honor de la Nación. En este sentido, el calificativo de "española" que la Academia iba a recibir y que vuestra Corporación ostenta con orgullo, no respondía al mero hecho de ser la primera en el tiempo entre las Academias: significaba y significa también que sus trabajos han de estar en la base de la construcción del edificio social, cultural y científico de la comunidad hispanohablante.

A ello pusieron mano en seguida, como ha recordado el Director, los primeros académicos. Casi tres siglos de historia avalan con la fuerza de los hechos el acierto. La Real Academia Española, que alcanzó y consolidó muy pronto el reconocimiento de su autoridad en materias lingüísticas con el prestigio de su gran Diccionario, con la fijación de la Ortografía y con la Gramática - los tres códigos básicos de una lengua - , no perdió nunca de vista el fin supremo de defensa y promoción de la unidad del español.

Con ejemplar altura de miras, no dudó, por ejemplo, la Academia, a mediados del siglo XIX, en asumir la Ortología de Andrés Bello como doctrina propia, sin importarle las diferencias políticas que el prestigioso lingüista mantenía con la metrópoli. Cuando, avanzado el siglo, bien atenta a los signos de los tiempos y clarividente en política lingüística, estudie la creación de Academias en cada una de las naciones americanas, declarará oficialmente su criterio: "La Academia -dice el informe de 1870, redactado por un académico nacido en México- tuvo para ello altísimas consideraciones de orden superior a todo interés político, que, por lo mismo, conviene que sean conocidas y apreciadas por los individuos de todas estas diversas naciones, que, a pesar de serlo, tienen, como se ha dicho, por patria común una misma lengua, y por universal patrimonio nuestra hermosa y rica literatura, interesando a todos igualmente su conservación y acrecentamiento". Don Miguel de Unamuno acuñaría más tarde el mismo principio en versos de todos conocidos: "La sangre de mi espíritu es mi lengua, / y mi patria es allí donde resuene / soberano su verbo". Patria común han hecho del español en nuestro siglo, escribiendo allá o aquí, Rubén Darío y Juan Ramón Jiménez, Alfonso Reyes y Dámaso Alonso, Federico García Lorca y Pablo Neruda. Y patria común hacen, hacemos del español los ciudadanos de veinte naciones que cada día nos sentimos hermanados por esa sangre espiritual de la palabra.

Por eso mi satisfacción aumenta al venir a esta Casa, que efectivamente siento como mía, especialmente invitado a presidir esta sesión en la que acabáis de aprobar el texto de una nueva edición de la Ortografía, tejido línea a línea en colaboración con todas las Academias hispanoamericanas y con la Filipina y la Norteamericana de la Lengua Española. El hecho, cuyo logro merece nuestro reconocimiento y felicitación, convierte a la Ortografía del español en una Ortografía hispánica, instrumento y expresión a la vez de la unidad de nuestro idioma.

La trabazón de todas las Academias de la Lengua Española es la mejor garantía de equilibrio a la hora de tomar decisiones que, respetando las legítimas variantes regionales, garanticen en todo caso la unidad sustancial del idioma. Todo cuanto hagáis por reforzar y activar esa trabazón merecerá el respaldo de la comunidad hispanohablante.

La revolución tecnológica plantea ahora en el campo de la comunicación a nuestra lengua, y por tanto a la Academia y a sus Academias hermanas, un reto de enorme importancia. Porque todo se hace más fluido, y una acción eficaz exige la presencia y la respuesta inmediata en el mismo medio en que se produce. Consciente de ello, esta vieja y noble Casa ha hecho en los últimos años un esfuerzo extraordinario en ese campo, como evidencian la construcción del gran banco de datos del español, las investigaciones pioneras en lingüística computacional o los servicios abiertos en Internet.

Permitidme que os anime a avanzar de manera decidida en esa línea. Porque la fijación de una norma - léxica, gramatical u ortográfica - , función inalienable de la Academia, requiere desde luego sosiego, y más aún, si cabe, en épocas en que suenan muchas voces no siempre acompasadas. Pero la eficacia de esa misma función exige a la vez llegar a tiempo aprovechando para ello los medios de comunicación y las redes internacionales que presionan con fuerza en los hábitos lingüísticos de los hispanohablantes.

Estad seguros de que no os faltará en ese apasionante trabajo nuestro apoyo entusiasta y el de toda la sociedad que hoy siente más cercana a la Real Academia Española y ve en ella la Institución que nuestros antepasados del siglo XVIII soñaron: un órgano eficaz, en la riqueza plurilingüe de España, al servicio del principal elemento vertebrador de la comunidad hispánica, el español.

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