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Palabras de Su Majestad el Rey en el almuerzo ofrecido al Cuerpo Diplomático Iberoamericano y a los miembros del Patronato de Instituto Cervantes

Madrid(Aranjuez), 13.10.1999

C

omo es costumbre en estas fechas, acabamos de celebrar la reunión del Patronato del Instituto Cervantes. El Instituto se ocupa de difundir la lengua y la cultura españolas y en español, o dicho con otras palabras, de incrementar y enriquecer el conocimiento de nuestro patrimonio común.

A esta magna labor estamos llamados todos sus titulares, de ahí que la continuación natural de la reunión del Patronato sea este ya tradicional encuentro con los representantes de nuestra comunidad, hacia la que España orienta una parte importante de su actividad internacional.

Cuando en 1978 se redactó la Constitución española, se tuvo muy presente cuáles eran los ámbitos preferentes de nuestra acción exterior. La Constitución atribuye al Rey la más alta representación del Estado en las relaciones internacionales y añade -con especial referencia a las naciones que forman parte de nuestra comunidad histórica-. Y estas preferencias son la consecuencia de una auténtica vocación iberoamericana que de manera colectiva siente el pueblo español.

En este último año, esta vocación se ha manifestado de manera particularmente emocionante a raíz de la tragedia provocada por el huracán Mitch. El pueblo español consideró que no era ajeno a lo que estaba sucediendo en Centroamérica y reaccionó con un movimiento de solidaridad del que no había precedentes en nuestro país. La visita del Príncipe de Asturias quiso representar esa mano que en aquel momento extendía la sociedad española.

El conjunto de las aportaciones públicas y privadas han hecho que España se haya puesto a la cabeza del esfuerzo de reconstrucción y transformación de los países afectados. Perseveraremos en este empeño. Hago votos porque los países centroamericanos se recuperen cuanto antes de las devastadoras consecuencias del Mitch.

Otro acontecimiento de este año ha puesto de relieve el creciente interés que la Unión Europea siente por Iberoamérica. Me refiero a la Primera Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno de la Unión Europea, América Latina y el Caribe, que se celebró en Río de Janeiro a finales del pasado mes de junio.

Esta cita es la consecuencia, por una parte, de las importantes transformaciones políticas, económicas y sociales que se han producido en los países de Iberoamérica durante la década de los noventa; por otra, de una labor continua en el seno de las instituciones comunitarias para convertir el continente americano en uno de los objetivos de atención preferente de las relaciones exteriores de la Unión Europea. Para el éxito de esta labor a largo plazo ha sido y será decisiva la presencia de Portugal y España en la Unión Europea.

En la Declaración de Río de Janeiro se proclama la decisión de promover y desarrollar las relaciones entre Europa y América Latina hacia una asociación estratégica birregional que reúne a dos actores relevantes en el escenario internacional actual. América Latina -se dice en la Declaración- está llamada a ser una de las regiones más florecientes del siglo XXI.

Porque estamos convencidos de que va a ser así, España albergará la II Cumbre en el primer semestre del año 2002, coincidiendo con la presidencia española del Consejo de Ministros de la Unión Europea. España se compromete de esta manera, una vez más, a mantener el impulso de aproximación, es decir, a seguir trabajando para que los vínculos entre los países de América y la Unión Europea sean cada vez más estrechos.

No quisiera acabar estas palabras sin mencionar las Cumbres Iberoamericanas. Estamos en vísperas de la Novena, que tratará sobre "Iberoamérica y la situación financiera internacional en una economía globalizada". Se trata de un tema oportuno, en un momento en el que las consecuencias de la mundialización suscitan el interés general.

La Cumbre pondrá definitivamente en marcha, además, la Secretaría de Cooperación Iberoamericana, creada en Oporto el año pasado. Se conseguirá así realzar y dar mayor eficacia al importante esfuerzo de cooperación desarrollado al amparo de las Cumbres, que beneficia a millares de nuestros ciudadanos y consolida la proximidad y la amistad entre nuestras naciones.

Estamos seguros de que, más allá de eventuales discrepancias que puedan surgir entre nosotros, fruto de las intensas relaciones que mantenemos, y de la alta carga de emotividad que nos caracteriza, la Cumbre de La Habana contribuirá a reforzar nuestras señas de identidad en un  mundo cada vez más global.

En 1991, en Guadalajara, constatamos que nunca hasta entonces nos habíamos reunido todos los mandatarios de lengua española y portuguesa de América y Europa. Decidimos entonces constituir la Conferencia Iberoamericana porque suponía un aporte singular y útil al mundo cambiante de nuestros días. Creo que estas razones siguen siendo válidas y que hoy, más que nunca, el mundo necesita oír nuestra voz.

Para concluir, Señores Embajadores, quisiera transmitir, a través vuestro, a los Jefes de Estado, a los Gobiernos y a los pueblos que representáis mis mayores deseos de prosperidad.

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