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Palabras de Su Majestad el Rey en el almuerzo ofrecido por el Alcalde de Nueva York

EE.UU.(Nueva York), 05.06.1976

M

uchas gracias, señor Alcalde, por esta medalla de oro. "Su valor es intrínsecamente grande, pero se hace inestimable por la manera en que se me entrega y la persona de quien la recibo". Estas palabras no son mías, son de Jorge Washington en una carta que escribió al primer ministro de España, conde de Floridablanca, el 19 de diciembre de 1785.

Nueva York es la ciudad de la hospitalidad. Quien la vea, extendida al pie de esta torre soberbia, podría pensar, quizás, que por ser demasiado grande y rica, es fría y dura para el extranjero. Pero lo cierto es que en esta puerta de América, millones de hombres de todas las razas, lenguas y creencias se han ido quedando a través de los tiempos, fascinados por el ritmo de Nueva York y han hecho de la ciudad su hogar. Aquí nadie es extranjero, porque Nueva York, debajo de sus masas gigantescas de cemento, acero y cristal, esconde un espíritu caliente y hospitalario que impide al viajero o al emigrante sentirse abandonado. Quizás ocurre así porque ese espíritu ha sido creado en parte por los que habían perdido o dejado su hogar tradicional y estaban decididos a construir uno nuevo abierto a todos los que llegasen después.

La Reina y yo nos hemos sentido desde el primer instante no sólo admirados, una vez más, por la grandiosidad y la belleza de esta ciudad única, sino rodeados de esa hospitalidad que sabe siempre ofrecer Nueva York. Queremos, señor Alcalde, expresarle nuestra gratitud más sincera y profunda por el recibimiento que nos ha brindado.

No olvido en este momento que Nueva York se ha convertido en una ciudad muy importante en el mundo de los hispanoparlantes; ni que las autoridades municipales reconocen y honran las tradiciones y la historia de sus ciudadanos de lengua española. Por ello, quiero igualmente expresar mi gratitud a la ciudad y manifestar también mi orgullo porque tantos neoyorquinos ilustres que han contribuido a la grandeza y la fama de Nueva York vinieran de los países hermanos de Hispanoamérica o de mi propia patria, España.

A Nueva York le esperan aún muchos y muy largos años de prosperidad y de grandeza y, con esta esperanza firme, quiero expresar aquí mis votos más cordiales por la felicidad de todos los neoyorquinos y, en primer lugar, de su señor Alcalde. Partimos de Nueva York con un sentimiento de amistad muy profundo y con la nostalgia anticipada con que se abandona esta tierra maravillosa que un día del año 1525 fue avistada por el marino español Esteban Gómez, el primer español ligado por la historia al lugar en el que un día se iba a levantar vuestra ciudad.

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