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Palabras de Su Majestad el Rey al Presidente de Colombia con motivo del Día de la Hispanidad

Colombia(Cartagena de Indias), 12.10.1976

S

eñor Presidente, muchas gracias por vuestras generosas palabras.

Ya que vuestra amabilidad y vuestro afecto nos han hecho posible celebrar en tierra americana el primer 12 de octubre desde mi proclamación como Rey de España, quisiera compartir con vosotros algunas reflexiones, íntimas y como de familia, sobre la naturaleza misma de nuestra relación hispanoamericana y sobre aquello que el futuro puede y debe depararnos. Permitidme que, para hacerlo, me inspire en las figuras de dos españoles colombianos, dos auténticos ejemplares de nuestra raza.

Desde las costas que hoy pisamos partió en el siglo xvi a la conquista de Nueva Granada el licenciado Jiménez de Quesada, escritor, hombre de leyes, convertido súbitamente en hombre de armas. En su viaje, épico como el de los argonautas, Jiménez de Quesada fue penetrando en la interioridad de vuestra patria, cada vez más adentro, subiendo por el río como por una gran vena hasta el corazón de vuestra tierra, la sabana que es el solar de Bogotá. Como todos los grandes conquistadores de América, no se quedó en las costas, en la exterioridad y superficie de este continente, sino que fue hasta la misma médula americana, y, para sellar su entrega a esta tierra, aquí murió. Penetración es la palabra en que puede resumirse esta conducta: penetración no sólo en las tierras, en los ámbitos físicos, sino también en las gentes, en las sangres, en las almas, hasta crear nuevos pueblos, nuevas comunidades, frutos de esa entrada arriesgada y generosa.

Vosotros, amigos colombianos, sois los herederos de aquel acto de profunda creación, pues sois los descendientes de los que vinieron a unirse definitivamente con la América primigenia, y esta hondura, esta profundidad de penetración, es una de las características de vuestra nación.

También en esta bahía de Cartagena de Indias, ya en el siglo XVIII, un viejo Almirante de la Armada Real, mutilado en su cuerpo, pero entero en su corazón, el vascongado Blas de Lezo, acompañado por menos de cinco mil neogranadinos, derrotó al extranjero que amenazaba Cartagena y salvó a Colombia para los colombianos. Su victoria ocurrió ante los baluartes, las baterías, los lienzos de las murallas que hoy nos rodean, símbolos máximos de fortaleza. Y fortaleza también es un signo de vuestro país: la que poseéis para defender vuestro espíritu nacional y vuestro legado cultural.

Creo que bajo estos dos lemas que nos brinda la historia, aún viva en torno nuestro, podemos contemplar el futuro: profundidad y fortaleza. Ambas virtudes nos serán muy necesarias en el decisivo giro de la historia universal que estamos hoy viviendo, porque la primera es la garantía de nuestra identidad y la segunda, el fundamento de nuestro vigor en las acciones futuras.

Formamos, en efecto, una comunidad creada con hondura y firmeza, aunque otra cosa puedan en algún momento sugerirnos ciertas tentaciones de dispersión; una comunidad inteligente, aunque a veces sufra errores en el entendimiento de su destino; una comunidad curada ya de las heridas separadoras del pleito familiar de la emancipación y que está asumiendo saludablemente, como propia, toda su historia, e integrando en la misma con respeto y orgullo a todos sus grandes personajes, lo mismo aquellos que empezaron hace siglos a construir nuestros países que los que abandonaron, cuando les llegó la edad de la madurez, la tutela bajo la cual vivían.Nuestra comunidad, poseedora de rasgos biológicos unitarios; solidaria en unas creencias básicas sobre el hombre, su dignidad y su destino; heredera de un patrimonio cultural que tiene no sólo la gloria del pasado, sino también la vitalidad del presente, es una comunidad llamada a cumplir una función universal de la que no puede dimitir.

Si nuestros pueblos nacieron de un encuentro humano profundo, de una fusión racial constante llevada a cabo sin el menor escrúpulo, de un esfuerzo de siglos en el cual el hombre individualizado fue siempre, en último término, la medida de todo, tenemos hoy el deber de aportar al mundo actual -a veces excesivamente despersonalizado y materializado- nuestro sentido humano de la vida, nuestro convencimiento de su trascendencia sobrenatural y nuestra fe en Dios.

Pero no ha de tener nuestra misión solamente un carácter espiritual. El viejo bastión histórico de nuestra comunidad resistió el embate de los siglos y los ataques de otras fuerzas porque estaba construido sobre fundamentos materiales sólidos, tan resistentes como los muros de sus castillos costeros. Los territorios americanos eran inmensos, pero durante trescientos años largos fueron poblados por una rica corriente de casi diez millones de españoles que se instalaron para siempre en este continente, conformando la más importante emigración natural que el mundo moderno ha conocido. Junto a los aborígenes, y muchas veces fundidos con ellos en la misma sangre, todos fueron abriendo y roturando la tierra, llenándola de caminos, ciudades, acueductos, puertos, fortalezas, iglesias, escuelas, universidades; haciendo, en fin, un cuerpo robusto para la comunidad. La palabra colonizar tuvo entonces, en los labios de nuestros comunes antepasados, su sentido antiguo y romano, de creación de nuevos pueblos, no su deformación moderna de explotación egoísta. A este trasvase humano y a este esfuerzo colonizador se han añadido en los tiempos más recientes las aportaciones de otras minorías étnicas y el desarrollo que permite la técnica actual. Todo ello ha tenido lugar, sigue teniéndolo, en una de las áreas más ricas en potencialidades económicas del planeta. Por eso, la aportación material que la comunidad iberoamericana puede hacer al mundo de hoy es muy grande y deberá constituir un factor decisivo en la marcha general de la comunidad internacional.

Para ello es necesaria la unidad. Es verdad que cada uno de los diecinueve Estados que nacieron de la vieja construcción imperial lleva más de siglo y medio desarrollando su propia política, su economía, sus relaciones exteriores; creando su particular imagen nacional, su íntimo e intransferible patriotismo, su derecho a la independencia y a una soberanía indiscutible. Defendamos esta diversidad como un tesoro que añade múltiples perfiles al rostro de nuestra comunidad y la hace más rica y llena de posibilidades en el cuadro de las relaciones mundiales. Pero no podemos dejar que la variedad se disuelva en la dispersión, en la disgregación, en la nada.

En el mundo de hoy, en el que hacen oír su voz bloques de naciones, perfectamente independientes, pero ligadas entre sí por lazos de diversa especie, los países hispánicos como tales aún no ocupamos la posición que corresponde a nuestro pasado y a nuestras presentes y futuras necesidades.

La acción común que necesitamos con urgencia comienza indefectiblemente por el conocimiento mutuo. No podemos seguir teniendo apenas unas nociones sumarias, y a veces erróneas, de nosotros mismos. El conocimiento lo más completo posible de nuestras tierras y nuestras gentes, nuestra historia y nuestra actualidad, debe estar en la base misma de las enseñanzas que recibimos.

Ese es el impulso principal que empuja, ardientemente, mi visita, señor Presidente, estar cerca de vosotros, conocer por mí mismo vuestros pueblos y vuestro espíritu. Yo invito desde aquí a los españoles a hacer de Hispanoamérica la realidad más cara a su corazón y más atrayente a su inteligencia.

En el mundo en que vivimos -configurado por los problemas a escala universal, no cabría la desunión de una comunidad como la nuestra. Debemos estar unidos para convertir en realidad nuestras posibilidades de conjunto, lo que será la mejor forma de mantener la individualidad nacional y su virtualidad esencial.

Los espacios que hace unas décadas eran quizás suficientes para el adecuado desarrollo espiritual, cultural y económico de un pueblo, en nuestros días han estrechado su ámbito y significación, precisando de mayor amplitud para salvar y mejorar la vida personal y colectiva.

Tenemos, pues, que encontrar juntos proyectos galvanizadores de la comunidad a que pertenecemos, capaces de entusiasmar porque conduzcan a una vida mejor y más justa, que resulte en el alumbramiento de un hombre integral, a la medida de los tiempos.

No me corresponde entrar en detalles sobre la cooperación actual y futura entre nuestros países en la Península Ibérica, América y Filipinas. Quisiera, eso sí, saludar con esperanza los presentes intentos de integración económica y los esfuerzos por lograr mejores condiciones de financiación, así como el incremento de nuestros intercambios comerciales, de nuestras transferencias de tecnología y de nuestra simbiosis cultural. Quisiera también llamar la atención de todos sobre la necesidad de organizar nuestro trabajo con un sentido solidario y un espíritu de tenacidad y de realismo. Y expresar mi voto ferviente por que la comunidad de los pueblos hispánicos se organice cada día más en torno a la misión que corresponde a su propio e inconfundible ser comunitario.

Para esa tarea España siempre está dispuesta, como una más entre las naciones de la gran familia. Cuál ha de ser la misión de España en esa actuante comunidad, cuáles han de ser los servicios que hayamos de rendir a los demás, lo sabéis mejor vosotros que nosotros mismos. España no quiere definir su función, ni limitar sus contribuciones posibles, porque lo único que quiere, simplemente, es participar, convivir con vosotros, día a día.

Quisiera llevar a vuestro ánimo, señor Presidente, y al de vuestros colegas iberoamericanos, la convicción de que vuestras patrióticas preocupaciones son las mías y las de todos los españoles. Quisiera deciros que, con el más absoluto respeto y sin interferir jamás en vuestros asuntos internos, España siente como propios los problemas de sus hermanas de América.

En noviembre de 1968, hablando en la Embajada de España en Colombia, dijisteis, señor Presidente, a propósito del cuarto centenario de la creación de la Audiencia de Bogotá: «Este fue el día de nuestra partida de nacimiento. El día que nos dieron nombre, nos dieron fronteras, nos dieron la civilización cristiana, nos trajeron el alfabeto, nos crearon un espíritu jurídico, y nos lanzaron a ser un país con cuna y con sepulcros comunes.» Pues yo os digo, señor Presidente, que ese día y otros semejantes de la historia de América fueron los días en que España ganó las más altas justificaciones de su ser nacional, en que América le dio la mejor misión que nuestro pueblo podía soñar.

España no descubrió América sólo para los españoles, sino también para los demás pueblos del mundo y, sobre todo, para los pueblos de América, a los que abrió a una civilización fecunda. El verdadero nuevo mundo es el que España trajo a los hombres de este continente; al hacerlo, España se forjó para siempre a sí misma.

Señor Presidente, gracias de nuevo por haber hecho posible mi presencia en Cartagena de Indias, en este 12 de octubre, y que esta celebración sea el comienzo de una cooperación cada día más estrecha entre todos nosotros, los hermanos de uno y otro lado del mar.

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