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Palabras de Su Majestad a Su Santidad el Papa Pablo VI

Ciudad del Vaticano, 10.02.1977

S

antísimo Padre, deseo presentar a Vuestra Santidad el homenaje de respeto y afecto que brota sincero de mi corazón de católico.

En unión de la Reina, y en nombre de cuantos nos acompañan, quiero expresar a Vuestra Santidad la alegría que sentimos por esta nuestra visita al Papa, la figura venerable del Vicario de Cristo, que rige en Su Nombre la Iglesia extendida por toda la tierra.

Vengo a Roma como Rey de España en momentos de indudable importancia para la historia de mi país, que el pueblo español está viviendo con esperanza, con serenidad ante las dificultades y, sobre todo, con la firme decisión de ser el creador y dueño de su propio destino.

El pueblo español desea vivir en paz, rechaza la violencia y pide la necesaria tranquilidad para desarrollar sus capacidades espirituales y materiales.

El pueblo español quiere un orden social justo, inspirado en la dignidad de la persona humana, en el que el bien común sea la razón última de la actividad del Estado y de todos los cuerpos sociales.

El español ama apasionadamente la libertad, se siente profundamente arraigado en la familia, se enorgullece de las tradiciones históricas y culturales del lugar donde nació, de su región y de la gran patria española.

El pueblo español ha expresado claramente su deseo de vivir bajo la Monarquía, gobernado por instituciones democráticas basadas en la supremacía de la ley, en un orden jurídico y político en el que los derechos fundamentales de la persona son inviolables y vinculan a todos los órganos del Estado.

El pueblo español desea vivir en paz también con los demás pueblos, a los que sólo pide respeto para nuestra forma de ser y entender la vida y ofrece en cambio una colaboración sincera, convencido de que en la cooperación internacional, en la puesta en común de recursos y de esfuerzos, tiene la humanidad una vía segura de desarrollo y perfeccionamiento.

Santísimo Padre, la actitud española ante la vida está enraizada en nuestra tradición católica, en las profundas convicciones religiosas de la mayoría de nuestro pueblo y también en el legado cultural europeo del que somos cofundadores y copartícipes. Cuando el español se enfrenta con algún acontecimiento trascendental de su existencia, su mirada se dirige naturalmente hacia Dios.

Hoy me encuentro ante el Vicario de Cristo en la tierra, representando a toda la nación española, como Jefe de un Estado que se ha honrado a través de los siglos en llamarse católico.

En la actualidad, y singularmente después del Concilio Vaticano Segundo, las relaciones entre el Estado y la Iglesia en las cuestiones que interesan a ambos han de regirse por criterios que consagren la independencia y la autonomía de uno y otra en el ejercicio de la misión propia.

Por ello, con la asistencia del gobierno español y de los competentes altos órganos del Estado, la Corona española ha renunciado a los derechos y privilegios relacionados con el nombramiento de obispos que le correspondieron secularmente y que se recogían en el vigente Concordato, que ha quedado debidamente modificado. Ha dado con ello España una prueba eficaz de su espíritu cristiano y de su propósito de poner al día los cauces jurídicos por los que han de transcurrir las relaciones entre la Iglesia y el Estado.

Estas relaciones, Santo Padre, el Rey de España las desea armoniosas, positivas, fructíferas para el bien espiritual y temporal de los españoles. Es muy cierto que los obispos, sacerdotes y religiosos pueden ejercer una benéfica influencia sobre la vida pública y privada de los ciudadanos. Es muy cierto que las autoridades del Estado pueden prestar su concurso a la Iglesia en cuanto las actividades de ésta repercuten sobre el bien de la sociedad entera. Bajo la mirada amorosa de Dios, deseamos llevar a cabo esta colaboración sin exclusivismos, sin imposiciones, sin nostalgias del pasado, sino con respeto, con altura de miras y con generosidad.

Santísimo Padre, en el año 1923, mis abuelos el Rey Alfonso XIII y la Reina Victoria Eugenia vinieron a Roma oficialmente y fueron recibidos por vuestro predecesor en la Sede Apostólica con paternal bondad. En Roma murió don Alfonso, en Roma contrajeron matrimonio mis padres y en Roma vi la luz de la vida y recibí con el bautismo la luz de la fe.

Hoy, junto con la Reina y con todas las personas que nos acompañan, pedimos Vuestra bendición apostólica. Que ella alcance a nuestros hijos, a nuestras familias y a todos los españoles en los que pienso con emoción al representarlos ante Vuestra Santidad.

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