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Palabras de Su Majestad el Rey a los Reyes de los Belgas, Balduino y Fabiola, y al pueblo belga

Bélgica(Bruselas), 16.11.1977

M

ajestad, Señora, permitidme ante todo expresaros el agradecimiento de la Reina y el mío por la calurosa hospitalidad de que nos habéis hecho objeto y tras la cual se manifiestan sentimientos fraternales de amistad que tan bien habéis sabido reflejar en vuestras palabras.

Sentimientos que recojo y acepto con profunda emoción y a los que siempre habré de corresponder con la misma intensidad. Sentimientos recíprocos que reflejan con exactitud los que el pueblo español dirige a vuestra persona y a la de vuestra augusta esposa. Creo poder convertirme en intérprete fiel de la voluntad de mis compatriotas si os digo que esa misma emoción es dirigida y experimentada hacia todo el pueblo belga.

Majestad, Señora, vengo gozosamente a visitaros desde el sur del continente con la sensación de una antigua y nunca perdida proximidad. La relativa distancia geográfica que nos separa no podrá hacer olvidar nunca que España estuvo en Bélgica y que Bélgica estuvo en España.

Tenemos en común una importante historia, hecha de grandes y buenos momentos junto a otros de recuerdo menos placentero. En el tiempo, sin embargo, los perfiles concretos de una convivencia, sus posibles aristas, sus indudables dificultades quedan difuminados y englobados en otra y más importante consideración: no fuimos extraños, no somos extraños.

Esta misma tarde, ante los miembros de las cámaras legislativas belgas, he recordado a aquel Emperador llamado Carlos y nacido en Gante. Permitidme que amplíe ligeramente la nómina de la memoria común y en ella incluya a Isabel Clara Eugenia, la que vosotros conocéis por Infanta Isabel, y bajo cuyo gobierno se conocieron los momentos más armoniosos de nuestra peripecia común. Y al hilo del recuerdo de Isabel Clara Eugenia, no puedo por menos de referirme a la figura insigne de Pedro Pablo Rubens, el que fuera su embajador y del que ahora conmemoráis con la entusiasta participación española para una figura tan próxima a nuestros dos países el cuarto aniversario de su nacimiento.

Majestad, ni son sólo recuerdos, ni las poderosas razones que a diversos niveles nos unen pertenecen únicamente al pasado. Hoy en España se piensa con respeto y afecto en la Reina Fabiola, que un día saliera de nuestro país para convertirse en vuestra esposa.

Diversos cauces de comunicación están abiertos de manera permanente entre los dos países y quiero referirme de manera muy particular a todos aquellos de mis compatriotas a los que Bélgica dio acogida y trabajo y que tanto han hecho y siguen haciendo por el mantenimiento de la prosperidad de este país. Sé que en Bélgica han encontrado recibimiento justo y adecuada consideración y sé que el gobierno y el pueblo belga han mostrado siempre oído atento a sus necesidades y eco cuidadoso a nuestras preocupaciones.

Majestad, comparten hoy Bélgica y España una misma voluntad política europea, una concepción similar del mundo y sus valores, un proclamado deseo en favor de una estructura social democrática, plural y personalista. Por nuestra parte, por parte de esa España que siempre tuvo una visión europea de su proyección, queremos reafirmar la voluntad de participación en el proceso de integración de este viejo continente. A él pertenecemos y sin nuestra presencia en él, como tantas veces he tenido ocasión de escuchar de labios de los dirigentes políticos europeos, el mapa continental estará siempre incompleto.

Creemos que Europa debe superar las concepciones estrechas que quisieron hacer de ella un gigantesco mercado, para encontrar una nueva racionalidad económica en servicio del bienestar de todos, dentro y fuera de las fronteras del continente.

Creemos que Europa debe ampliar el campo de su mirada al norte y al sur, al Atlántico y al Mediterráneo, porque España sabe de aventuras mediterráneas y atlánticas. Queremos afirmar aquí las responsabilidades de este continente frente a aquellas naciones que al otro lado de los mares, y muy especialmente en Hispanoamérica, recibieron el influjo cultural europeo y participan en gran medida en nuestros modos de vida y en nuestras convicciones.

Creemos también que la Europa occidental democrática debe aportar un elemento de paz, libertad y justicia en el orden internacional, buscando por todos los medios el reconocimiento de aquellos valores que hacen al hombre dueño de sus destinos y de su entorno, pero también contribuyendo a la defensa de una seguridad tanto más preciosa cuanto más difícil.

Majestad, ésa es la Europa que queremos. En nuestros proyectos con respecto a ella, van envueltas nuestra afirmación nacional y la presencia internacional de ese antiguo país que se llama España. Quisiera que la Corona que yo ciño sea elemento de concordia, soporte de justicia y garantía de libertad.

En ese espíritu, permitidme que Os invite a levantar Vuestra copa por la salud y prosperidad de Sus Majestades el Rey de los Belgas y la Reina Fabiola, por la salud y prosperidad de todos los presentes y del noble pueblo de Bélgica.

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