Omitir los comandos de cinta
Saltar al contenido principal
Actividades y Agenda
  • Escuchar contenido
  • Imprimir la página
  • Enviar a un amigo
  • Suscribirse al RSS de la página
  • Compartir en Facebook
  • Compartir en Twitter
  • Compartir en Linkedin
  • Compartir en Google+

Palabras de Su Majestad el Rey a la Comisión Delegada del Congreso Nacional de Venezuela

Venezuela(Caracas), 09.09.1977

S

eñor Presidente, señores senadores y diputados, la Real Cédula de 8 de septiembre de 1777, cuyo Bicentenario se conmemora en esta sesión solemne, motiva mi presencia hoy aquí, como Rey de España y como descendiente directo de aquel Monarca que, al firmar la cédula, regía los destinos comunes de nuestros dos pueblos. Es, pues, una fecha y una decisión que a todos nos incumbe.

Firmada en San Ildefonso de La Granja por el Rey Carlos III, la cédula atribuía a la Capitanía General de Venezuela, «en lo gubernativo y en lo militar», las provincias de Cumaná, Guayana y Maracaibo, y las islas de Trinidad y Margarita. Con tal decisión, quedaba prefigurada la integración territorial de la actual República de Venezuela, según se había de plasmar en el primer tercio del siglo pasado.

La decisión, con su motivación fundamental en una racionalización administrativa de orden lógico, llevaba el sello evidente del pensamiento ilustrado del momento. En ese espléndido reinado de la dinastía, la nación hizo un esfuerzo ímprobo, a través de sus minorías rectoras, para adecuar sus estructuras a las necesidades de la época. El impulso se hizo notar en todos sus dilatados confines. Un flujo de modernidad penetró, lleno de vida, activando y tonificando los viejos resortes.

Venezuela, con las reformas que entonces se introdujeron en las prácticas comerciales y administrativas, fue destinataria privilegiada de esas medidas y de su espíritu. El clima de intelectualidad que germinó en Caracas hizo posible la floración inmediata de unas generaciones en las que, junto a Bolívar, figuraron nombres de la dimensión de Miranda, Sucre y Andrés Bello.

Los nuevos aires de la Ilustración española renovaron con acierto las concepciones de gobierno, sin por ello quebrantar las esencias de la obra en América. Aquel poder imperial, único en el mundo que sintió un grave problema de conciencia _al decir de uno de nuestros preclaros pensadores de hoy_ escenificó un gran esfuerzo de renovación profunda a los dos siglos y medio de su existencia. Todo ello en medio de la paz hispánica. Otro de vuestros más conocidos intelectuales, con la independencia de criterio que le caracteriza, en un libro de resonante y reciente éxito, llamaba la atención sobre el hecho de que, «desde la consumación de la conquista hasta las guerras de independencia, en Hispanoamérica va a existir una asombrosa paz, mantenida casi sin tropas, lo cual demuestra que las ciudades no fortificadas, sede de los poderes civiles y eclesiásticos, y rodeadas de haciendas, configuraron un orden político notablemente exitoso». No en balde, como dijo otro autor, la nación venezolana se hizo y cobró los rasgos de su fisonomía y su carácter durante los trescientos años que precedieron a la independencia.

Paz de tres siglos apenas quebrada y que las reformas ilustradas reforzaron durante un tercio de siglo, hasta que los clarines populares resonaron en favor de la libertad, a uno y a otro lado del Atlántico, manifestándose aquí en la floración independiente de dieciséis repúblicas y allí en las Cortes de Cádiz y la Constitución de 1812.

A partir de entonces, aquí y allá, las aspiraciones democráticas de los movimientos populares tropezaron frecuentemente con serios obstáculos para ver consolidadas sus aspiraciones. Simón Bolívar, con su agudo sentido político, había observado que «la libertad se halla de ordinario enferma de anarquía». Por desgracia, en nuestro medio, los ideales y las intransigencias de unos y de otros, han venido planteando situaciones que no siempre encontraron la clara inteligencia y la mano serena y firme, capaz de consolidar con eficacia la libertad concordante deseada por la ciudadanía. Una libertad que sólo puede conseguirse dentro del orden y del respeto mutuo de las personas, porque la libertad de cada uno ha de estar siempre limitada por la libertad de los demás.

Hoy podemos afirmar con satisfacción que Venezuela y España se encuentran firmemente embarcadas en este camino de una plena y eficaz representatividad. El proceso ha sido lento y trabajoso. Vuestro ejemplo fue, en su día, una prueba clara de cómo el pueblo puede lograr un amanecer de libertad y la consolidación de unas instituciones de democracia viva, a través del esfuerzo, la moderación y la participación activa de los ciudadanos. Una floración de dirigentes de diversas tendencias, sazonados en la lucha política, tomaron sobre sí la ingente tarea de articular unas estructuras y una legalidad que han ido instalándose con firmeza en la conciencia y en los usos políticos de la nación. La realidad de la Venezuela de hoy, los procesos de selección de los candidatos a la Presidencia de la República dentro del seno de los grandes partidos mayoritarios, y la activa vida institucional a todos los niveles, delatan una profundización creciente de vuestro quehacer democrático, del que justamente pueden sentirse orgullosas las generaciones venezolanas que lo han hecho posible.

Por nuestra parte, quiero transmitiros la íntima satisfacción que me embarga al dirigiros la palabra, como Rey de una nación moderna.El proceso que en los últimos tiempos está viviendo España ha estado fundamentalmente dirigido a crear el marco en el que todas las fuerzas representativas del país pudieran aportar su esfuerzo conjunto a la vida de la sociedad española, bajo la institución monárquica, cuya representación me corresponde encarnar.

Por encima de contingencias circunstanciales, más allá de los problemas presentes, superando el pasado, pero recogiendo de él la valiosa experiencia y la inolvidable herencia de nuestra historia, queremos encaminarnos hacia un futuro de paz y de progreso, con sentido de permanencia e ideas de comunidad.

Porque la nación española no está formada solamente por quienes en un momento dado vivimos en su territorio, sino que asimismo la integra el espíritu de cuantos a través de los siglos han contribuido con su trabajo, con sus acciones y con su entusiasmo a transmitirnos el legado de sus obras y el recuerdo de sus esfuerzos.

Contribuirán además a perpetuarla y engrandecerla los que han de sucedernos en el futuro.

Como hace años dijo un ilustre estadista, «de la misma manera que un río no es tan sólo el caudal de agua que en un determinado momento discurre por su cauce, sino que lo forman las que a través de los años han reflejado los más variados acontecimientos y las que seguirán bañando sus orillas en el porvenir», España es también la suma de los que nos precedieron y de los que han de seguirnos, de los que viven dentro de nuestras fronteras y de los que desde tierras lejanas mantienen viva la añoranza del pueblo que les vio nacer.

La monarquía hace posible esa continuidad que tan necesaria es para que puedan conseguirse los supremos y permanentes fines que constituyen la esencia de la patria.

Como Rey de España y como español, me doy perfecta cuenta de la responsabilidad que me incumbe y de la importancia de una misión, que está por encima de circunstancias mudables. Pero precisamente esa importancia y esa responsabilidad me dan fuerza para entregarme sin reservas a ese servicio de mi pueblo y a la consecución de una auténtica concordia nacional.

En pos de esos objetivos, los españoles han podido participar libremente en el marco de un amplio espectro de opciones y de posibilidades partidistas, en la determinación y elección de sus legítimos representantes. El gobierno, por otra parte, ha dado pruebas abundantes de su voluntad de integrar las peculiaridades culturales y regionales que componen la nación española en un conjunto armónico de derechos, de reconocimiento y de responsabilidades. En los momentos actuales el gobierno y las Cortes tienen en avanzado proceso de estudio y puesta en práctica las medidas oportunas para que esas peculiaridades sean adecuadamente garantizadas bajo normas legales que aseguren, tanto la consecución de un proceso administrativo y político de descentralización, como la salvaguardia de la unidad y de la integridad territorial de la España que nuestros mayores nos legaron. Será este un proceso en donde las Cortes de la nación habrán de pronunciarse en fecha próxima en el marco de las adecuadas normas constitucionales y legales.

Junto a los esquemas puramente políticos, necesarios para la construcción de la democracia, el gobierno de la monarquía ha tenido también muy en cuenta especialmente las necesidades encarnadas en los aspectos económicos de dicha democracia. Un país como España, decididamente embarcado en estructuras modernas de producción y de tecnología, encuadrado por capacidad y nivel de desarrollo en el contexto de las naciones industriales de nuestro tiempo, requería necesarias y urgentes medidas económicas pensadas en función del equilibrio de la economía española. La lucha contra la inflación, la lucha contra el paro, la mejora de las estructuras productivas han sido consideradas en esa acción gubernamental que, a su vez, ha sentado las bases para una nueva fiscalidad que canalice los recursos disponibles en beneficio de la comunidad nacional globalmente considerada. Y todo ello concebido en el marco de una economía de libre mercado.

Esa descripción de los perfiles y de la voluntad subyacente en el proceso político español no sería comprensible sin una especial referencia a los derechos humanos y a su respeto. Constituyen ellos la clave del arco indispensable para comprender los propósitos que hoy animan a nuestro pueblo. La evolución, que a grandes rasgos he descrito, tiene como último cimiento una profunda creencia en la dignidad de la persona humana y en sus necesidades y derechos de libertad, justicia y paz.

En todo ese proceso, y en el que nos depare los años venideros, la Corona ha simbolizado y quiere simbolizar la unidad de nuestra nación, resultado libre de la voluntad decidida de incontables generaciones de españoles. Hace todavía pocas semanas, el 22 de julio de 1977, al dirigirme a las Cortes en la apertura de la legislatura, y al convocar a los representantes populares a una colaboración plena y decidida para conseguir una España «armónica en lo político, justa en lo social, dinámica en lo cultural y progresiva en todos los aspectos», me refería a la función integradora de la Corona y a su poder arbitral. La Corona quiere ser punto de referencia, lazo de unión, cauce de diversidad, consagración del pluralismo, garantía última de la convivencia democrática sobre la base del respeto a la ley, manifestación de la soberanía del pueblo.

Con todo ello, señores senadores y diputados, puedo afirmar hoy, con legítimo orgullo y gran satisfacción, que España cuenta con una organización comunitaria democrática en lo político, progresivamente afirmada en los valores de justicia en lo social, abierta y libre en lo cultural. España está cobrando conciencia de sus posibilidades y de sus virtualidades, y la satisfactoria evolución que está registrando su política doméstica permite a mi pueblo encarar con realismo el papel indudablemente importante que le corresponde, por su potencialidad y por su historia, en la esfera internacional.

No podemos ni queremos volver a definir las bases permanentes de nuestra política exterior. Con independencia de las alternativas políticas que mi país haya podido conocer a lo largo de los años, nuestra política exterior, como la de cualquier otro país, ha sido tributaria, de una historia, de una geografía, de unos datos económicos de un determinado contexto internacional. Pero el conjunto de estos datos es hoy susceptible de una nueva mirada, de una más positiva influencia, precisamente en virtud de las posibilidades encerradas en una comunidad nacional organizada en la justicia, libremente asociada y consecuente de sus responsabilidades.

Queremos _y creemos posible_ una política exterior activa, firmemente anclada en unos principios, pero, al mismo tiempo, capaz de una consideración realista y flexible de nuestros intereses nacionales.

España es Europa, y en virtud de esta constatación inmediata que tantos datos abonan en la historia, en la geografía y en la cultura, mi gobierno ha presentado recientemente su solicitud de adhesión a la Comunidad Europea. España es y se siente profundamente occidental, y está dispuesta a asumir los derechos y las obligaciones que le corresponde como miembro de una comunidad de valores y de aspiraciones.Pero España, además de europea, siente y vive su vinculación americana, de una manera radical y plena. Nos ligan tres siglos de historia, vividos en común. Nos une el mismo idioma, una tradición religiosa e institucional surgida de las mismas fuentes y una concepción del mundo y de la existencia de idéntico origen. En cada familia española pervive el recuerdo de cuantos se fueron a América y muchas son las que, hoy mismo, se encuentran repartidas a ambos lados del océano. España, histórica, social y culturalmente, es ininteligible sin su vertiente americana.

En consecuencia, hoy como ayer, la política exterior española se orientará, con atención preferencial hacia las repúblicas hermanas de este continente. Se trata de una «constante» inscrita en el cuadro de sus prioridades. El gobierno ha definido claramente su posición al respecto.A su entender, las relaciones de España con Iberoamérica, más que con cualquier otra área del mundo, exigen una armonía de todos sus elementos, basada en un «principio de interdependencia», por lo cual, los diversos aspectos _el político, el económico, el cultural o el de cooperación_ se entrelazarán y coordinarán de tal forma que el refuerzo de uno irá acompañado automáticamente de una similar y simultánea potenciación de los demás.

Asimismo, los proyectos que en el futuro se anuncien habrán sido sometidos previamente a un detenido proceso de verificación de su factibilidad en relación con el cuadro que, en cada momento, ofrezcan nuestras posibilidades. Nuestra política en este continente dejará de ser declarativa y lírica, y se atendrá a un principio de credibilidad exigente. Complementariamente, todo empeño, una vez iniciado, se proseguirá con perseverancia hasta agotar sus propias potencialidades, cumpliendo con un ineludible «principio de continuidad».

Constituye igualmente un eje en los propósitos del gobierno, dentro de la más fiel tradición de los usos internacionales interamericanos, el aplicar un «principio de indiscriminación», dando a la doctrina Estrada la interpretación más extensiva posible, sin faltar por ello a las exigencias lógicas y éticas vinculadas al respeto de los derechos humanos, firmemente asentados en la tradición del pensamiento legal y humanista que hemos compartido desde el siglo xvi.

Finalmente, dentro de los principios rectores de aplicación en nuestra política americana, mi gobierno se atendrá en sus acciones a un auténtico «principio de comunidad», descartando toda decisión o línea de acción que no pueda ser enmarcada en un cuadro general de concurrencia de los intereses compartidos por todas las repúblicas iberoamericanas.

Al proyectar su política sobre esas coordenadas, mi gobierno ha entendido que, para su articulación eficaz y ágil, era ineludible la previa reestructuración de su acción administrativa de cara a Iberoamérica. Un Centro Iberoamericano de Cooperación, adecuadamente dotado de los amplios medios que hoy se requieren para los fines propuestos, orientará su acción hacia la investigación detallada de la compleja realidad actual y futura de la comunidad, formará para ello los especialistas que se requieren, estudiará las necesarias y las posibles maneras de hacer frente a ellas y ofrecerá sus resultados, tanto a los gobiernos, como a las entidades públicas y privadas. El Centro estará desde el primer momento abierto a la colaboración de todos y buscará la cooperación de quienes, por vocación y por especialidad, comparten la fe y la urgencia con que desde allí deseamos la vigencia real y la prosperidad de esta América que nos es tan entrañable.

Señor Presidente, señores senadores y diputados, agradezco vuestra amable invitación a esta sesión solemne. La monarquía, que ayer encabezaba el afán reformista de la España ilustrada _uno de cuyos actos nos congrega en esta celebración_, se honra hoy en el esfuerzo decisivo y ejemplar que vive el pueblo español.

La Corona, gracias a él, se proyecta hacia América como símbolo de una España moderna y a la altura de los tiempos, impulsada por su gran potencial humano, en el que la juventud de su demografía media, se conjuga con la energía con que ésta depura su preparación técnica y la vitalidad responsable y serena con que aborda sus problemas y aspiraciones.

Una España que tiene el decidido propósito de constituirse en un factor constructivo y de cohesión en el mundo de hoy; en una fuerza de paz y de armonía, respetuosa de sus principios éticos tradicionales y del derecho de gentes vigentes; atenta a la necesidad de articular un orden económico mundial más equitativo y más justo.

Una España que dará preferencia a sus afinidades históricas, culturales y familiares; consciente de que el núcleo de naciones hermanas a la que pertenece, dista aún de lograr el peso y la preponderancia que por su importancia le corresponde; y comprometida a encauzar sus esfuerzos y sus recursos, dentro de sus posibilidades, para coadyuvar a impulsar un creciente protagonismo iberoamericano en el escenario internacional.Una España, en fin, que desea que sus relaciones con Venezuela se consoliden como modelo de lo que deben ser los intercambios integrales en el seno de la comunidad iberoamericana de naciones.

Señor Presidente, señores senadores y diputados, en una ocasión solemne como la de hoy, termino haciendo votos por la creciente prosperidad y bienestar de la nación venezolana y por el progresivo y permanente florecimiento de sus instituciones.

Muchas gracias.

Volver a Discursos
  • Escuchar contenido
  • Imprimir la página
  • Enviar a un amigo
  • Suscribirse al RSS de la página
  • Compartir en Facebook
  • Compartir en Twitter
  • Compartir en Linkedin
  • Compartir en Google+