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Palabras de Su Majestad el Rey a la comunidad iberoamericana el Día de la Hispanidad

Madrid, 11.10.1998

L

a celebración del 12 de octubre nos congrega, de nuevo, en esta Casa, lugar de encuentro de sensibilidades y esperanzas iberoamericanas.Quedan poco más de tres años para que conmemoremos el V Centenario del descubrimiento de América-Encuentro entre dos mundos.

Nuestro admirado Carlos Fuentes, al recibir el premio «Miguel de Cervantes», se refirió a 1492 como una fecha inquietante, y afirmó claramente que «No estamos solos y nos encaminamos hacia el mundo del siglo venidero con ustedes, los españoles, que son nuestra familia inmediata. Nos necesitamos. Pero, también, el mundo del futuro necesita a España y a la América española. Nuestra contribución es única; también es indispensable: no habrá concierto sin nosotros. A España le concierne lo que ocurre en Hispanoamérica y en Hispanoamérica nos concierne lo que ocurre en España».

Ello le llevaba a la conclusión de que «la celebración del V Centenario será, dentro de este espíritu, un acto renovado de fe en la imaginación. Nos corresponde de nuevo, de ambos lados del Atlántico, imaginar los mundos nuevos, pues no hay otra manera de descubrirlos».Y es que 1992 va a ser una fecha que nos va a pertenecer a todos, portugueses, españoles e hispanoamericanos.

Esta magna conmemoración no puede consistir únicamente en una visión retrospectiva del pasado. Debemos evitar que quede en una exaltación de lo acontecido. Tampoco sería deseable una permanente polémica ideológica sobre la intervención española en el continente.

1992 nos convoca a todos para no dejar pasar esta gran ocasión. Gran ocasión para proyectar, con imaginación, definitivamente, a nuestra comunidad iberoamericana de naciones en el complejo escenario internacional de nuestros días.

No me parece ocioso recordar que, hoy, la introspección y el aislamiento no hacen a un Estado más dueño de su propio destino. Todos vivimos en un mundo interdependiente, dominado por las comunicaciones, los avances tecnológicos y las relaciones económicas.

Ello explica la necesidad que tienen los Estados de integrarse en mecanismos más amplios. España lo ha hecho recientemente, integrándose en la Comunidad Europea. De ahí que veamos con gran satisfacción esa progresiva concertación política que se está gestando en el continente iberoamericano, prólogo inevitable de esa voz poderosa -paralela a la de sus escritores- que quisiéramos que resonara más reciamente en el concierto internacional.

Si 1992 va a suponer para todos un sostenido esfuerzo de imaginación creativa, es también necesario no dejarnos llevar por esa tentación únicamente voluntarista, siempre presente, que lleva a confundir nuestros sueños con las realidades existentes. Por lo tanto, mi propósito, hoy, es destacar más lo que, desde una parte y otra del océano, podemos ir haciendo para que 1992 sea el inicio de una nueva y próspera andadura de nuestra comunidad iberoamericana.

Desde nuestra incorporación a la Comunidad Europea, España está realizando una acción decidida para hacer comprender a sus socios comunitarios la importancia de impulsar y profundizar las relaciones con el continente iberoamericano.

No podemos olvidar que fue la mentalidad europea la que, surcando mares entonces desconocidos, llegó a lo que se vino en llamar -un tanto apresuradamente- el nuevo mundo. Fueron valores y modos de vida europeos los que se superpusieron a los entonces existentes en tierras americanas. A partir de ese momento, importantes flujos migratorios han perpetuado esa presencia europea en tierras iberoamericanas.

Todo ello nos impulsa a considerar un anacronismo el que los dos continentes no hayan podido todavía desarrollar unas relaciones intensas, pese a que comparten ese mismo respeto por el hombre y por la libertad.

Debemos ir desarrollando, paulatinamente, este nuevo sendero, entre Europa y América Latina, abierto con dificultad. Entre todos podemos dotarlo de contenidos concretos en el campo económico y en el campo de la cooperación. España seguirá trabajando sin desmayo para seguir sirviendo de acicate en esta tarea recién comenzada.

Tengo puesta mi esperanza en que el continente iberoamericano encare el reto común de 1992, tratando de superar, en su conjunto, problemas seculares, en el terreno político, y problemas más coyunturales, en el campo económico.

Paso a paso, la llamada de la libertad va prendiendo en nuestros pueblos. Un ámbito de libertad es necesario para que, de nuestros caracteres individualistas, se puedan desprender todas sus potencialidades creativas. No debemos tenerle miedo a la libertad, ni ponerle cortapisas.Al mismo tiempo, los pueblos iberoamericanos ansían, también, preservar la vida humana, el más preciado de los derechos humanos. Nunca es suficiente lo que se puede hacer en este campo. Lo crucial es olvidar esa vieja visión maniquea de nuestra estirpe, según la cual quien no piense como nosotros es, sencillamente, nuestro enemigo.

Quiero hoy, también, dejar patente mi preocupación por el fenómeno de la deuda externa, que afecta a tantos países iberoamericanos, no permitiéndoles reiniciar el camino del crecimiento económico.

Esta situación es tanto más dolorosa cuanto que el continente -en su conjunto- viene realizando un ingente esfuerzo de racionalización y ajuste económico, no correspondido en los hechos por un alivio de su situación económica. Pese a que la comunidad internacional deberá buscar mecanismos que hagan frente a una situación demasiado prolongada en el tiempo, debemos ser conscientes de que nada sustituye al rigor y a la eficacia económica, necesarios para una auténtica modernización de nuestras sociedades.

Estoy convencido, en aras no sólo de la imaginación iberoamericana, sino también de la pujanza de sus mujeres y de sus hombres, de que seremos capaces, trabajando solidariamente, de lograr que estos anhelos puedan estar presentes en la gran conmemoración de 1992.

Muchas gracias.

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