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Palabras de Su Majestad el Rey en la Clausura Oficial del XIII Congreso de la Asociación de Academias de la Lengua Española

Medellín, 24.03.2007

S

eñor Presidente de la República de Colombia y Señora de Uribe,Señoras y Señores Ministros,Señoras y Señores Académicos,Señoras y Señores,

Asistimos hoy a un acto cuya importancia subraya la presencia ?junto al Señor Presidente de la República de Colombia y varios miembros de su Gobierno? de los representantes de los Ministerios de Educación y de Cultura de varios países de la Comunidad Iberoamericana, de Rectores y profesores universitarios, de creadores y representantes del mundo cultural y de la empresa, acogidos todos a la generosa hospitalidad de las autoridades regionales y de la Municipalidad de Medellín.

Con esta ceremonia de clausura ponemos fin a los trabajos del Decimotercer Congreso de la Asociación de Academias de la Lengua Española, que en estos días ha profundizado, en la bella ciudad de Medellín, en la defensa de la diversidad y de la unidad de nuestra lengua común.

Colombia se ha convertido en estos días en anfitriona y referente de la lengua española en el mundo, y este Congreso ha servido para estimular el proceso de revitalización cultural y de apertura de la ciudad de Medellín, que ha actualizado su trasfondo cultural e histórico.

La Reina y yo felicitamos a las autoridades de la Municipalidad por su iniciativa, al tiempo que les agradecemos la calurosa acogida que han brindado al Congreso de la Asociación.

Colombia se enorgullece de tener la Academia decana de Iberoamérica, y esta reunión reconoce su esfuerzo para la organización del Congreso.

Consagradas al servicio de nuestro idioma común, la Real Academia Española y las veintiuna Corporaciones, que con ella integran la Asociación de Academias de la Lengua Española, vienen desarrollando en los últimos años un trabajo ejemplar.

Un trabajo que la sociedad reconoce con la favorable acogida de sus obras y la adhesión a su autoridad normativa en cuestiones lingüísticas.

En expresión feliz, Pablo Neruda llamó ?Granero del idioma? al Diccionario, ese depósito que desde el siglo XVIII va acumulando palabras que fueron voces vivas y que han nutrido la historia individual y social de generaciones a un lado y otro del océano.

Porque los hombres y las cosas pasan, pero las palabras quedan. Y así, aunque muchas de ellas hayan dejado de utilizarse, no quedan reducidas a letras inertes, sino que son células vivas en las que late esa historia que, sin ellas, no existiría.

A recogerlas con mimo se aprestan ahora nuestras Academias, en proyectos como el Diccionario de Americanismos y el gran Diccionario Histórico, llamado a ser el verdadero libro de familia de toda la comunidad hispano parlante.

En acción paralela, están las Academias atentas a cuanto bulle en la lengua, para dar carta de naturaleza a lo que la voz del pueblo está haciendo suyo y es acorde con las señas de identidad del español.

La vitalidad de esa voz es tanta que, para darle cauce, se multiplican los repertorios: diccionarios para estudiantes, o diccionarios que espigan lo esencial y más vivo en el uso actual. En todos los casos, con la marca especial de la autoridad normativa que distingue las obras académicas.

El Presidente de la Asociación de Academias ha recordado la aparición de la primera Gramática castellana, en 1492.

El propio Nebrija, que titulaba su Gramática como castellana, publicaba también un Vocabulario latino-español.

En la hermosa exposición que estos días alberga el Museo de Antióquia, puede verse cómo el sueño de Nebrija se cumplía, y florecían aquí, en América, las artes de la paz.

Porque, al tiempo que su Gramática servía de texto para la enseñanza escolar de la lengua castellana, sus Introducciones Latinas ofrecían pauta y prestaban molde conceptual a los misioneros para componer las Gramáticas de las lenguas indígenas, a las artes de hablar, leer y escribir.

Más de mil llegó a catalogar en su Repertorio el Conde de la Viñaza.

Un viejo documento colombiano refiere que en las grandes extensiones americanas ?de tres a tres leguas, y cuatro a cuatro, se dividían las lenguas?.

En los diálogos de lenguas salió la nuestra enriquecida. Muy pronto alumbró el español en estas tierras obras admirables, iniciando una tradición literaria esplendorosa.

Resulta comprensible que, a mediados del siglo XIX, Andrés Bello pudiera sentar cátedra universal de Gramática castellana. De él había dicho José Martí: ?Al elegir entre los grandes de América, los fundadores, le elijo a él?.

Y es que para los avanzados del siglo de las luces ?hacerse culto no bastaba si no se hacía cultos a los demás. Dicho de otro modo, el progreso social, y no sólo el cultivo personal, era su fin?.

Era el mismo ideal que había alumbrado la modernidad. En los albores del Renacimiento la municipalidad de Luca afirmaba que ?la ciencia gramatical es el origen y fundamento de todas las ciencias y de todos los valores?.

Es seguro que Andrés Bello, Rufino José Cuervo, Miguel Antonio Caro y Marco Fidel Suárez estarían hoy gozosos y orgullosos de que en América, en Colombia, en Medellín, se haya aprobado el texto básico de una Nueva Gramática del Español, redactada por hijos de la América hispana, de los Estados Unidos de Norteamérica, de Filipinas, y de España.

Una Gramática que, según se nos ha explicado, refleja como en un espejo, el uso uno y vario del español; que está asentada sobre criterios científicos modernos, que dan solidez a su construcción, y que, al mismo tiempo, pensada no sólo para los estudiosos sino para el pueblo, toma del pueblo mismo lo que, debidamente articulado, le devuelve convertido en norma plural de corrección lingüística.

Sin duda, la Gramática Oficial de la Lengua Española, que se ha presentado en el Congreso de las Academias de Medellín, fortalecerá la vitalidad de nuestro idioma, porque es la más detallada, completa y seria descripción del español con la que hoy contamos.

Su texto se ha confeccionado entre todos y para todos; es un esfuerzo intelectual y académico conjunto, próximo a la década, que está llamado a ser la piedra angular con la que redoblar la presencia y pujanza de nuestra lengua en la era de la comunicación y de la información.

Permitirá que disfrutemos de la aventura del conocimiento, de la organización normativa y de la diversidad cultural; hecho que debemos celebrar por cuanto constituye un patrimonio común de la Humanidad, que se actualiza y preserva en provecho de toda la comunidad hispanohablante.

La palabra es nuestra morada, como dijo Octavio Paz, pues ?acorta las distancias que nos separan y atenúa las diferencias que nos oponen. Nos junta, pero no nos aísla, sus muros son transparentes y, a través de esas paredes diáfanas, vemos al mundo y conocemos a los hombres que hablan en otras lenguas?.

La labor académica cobra especial relevancia en nuestro tiempo, marcado por profundas transformaciones y oportunidades derivadas de los procesos de globalización.

En ellos, el español es un instrumento para la paz y la solidaridad, la cooperación y el intercambio.

Nuestra condición de espacio cultural entretejido por tradiciones, hechos culturales, iniciativas conjuntas, diálogo y concertación, revalorizan y potencian nuestra visibilidad y cohesión en la esfera internacional.

Sólo nos queda en este momento felicitar junto a la Real Academia Española, con cuyo patronazgo me honro, a todas las Academias de la Asociación a las que la Reina y yo nos hemos sentido siempre tan cercanos.

Y agradecerles el trabajo bien hecho al servicio de nuestra lengua, que es decir al servicio de cuantos hablamos español.

Concluyo mis palabras felicitando, en nombre de la Reina y en el mío propio, a los organizadores de este decisivo Congreso, a la vez que transmitimos el aliento para que se llegue aún más lejos en la senda de la colaboración entre Academias, que tan buenos éxitos ha cosechado.

Muchas gracias.

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