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Palabras de S.M. el Rey en el homenaje a los Héroes de Cavite y Santiago de Cuba

Cartagena, 12.11.1998

H

ace un siglo, España combatió una guerra cuyas consecuencias pesaron durante muchos años en el conjunto de la vida nacional.

Cien años después, volvemos a esta hermosa ciudad de Cartagena para manifestar una vez más la vinculación de la Corona con nuestra historia común, y a recordar el ejemplo y enaltecer la memoria de quienes fueron protagonistas de aquel conflicto bélico.

Ni el tiempo transcurrido ni el paso de las generaciones que van agrandando nuestra distancia de aquel tiempo han empañado su memoria, que mantenemos con el interés y respeto que exige esta página de nuestro pasado. Nuestro pueblo nunca olvida a sus héroes. Por eso venimos hoy aquí para renovar nuestro reconocimiento a la entrega y valor de los actores de aquel acontecimiento histórico, y el agradecimiento de nuestra Patria a quienes supieron honrarla y defenderla.

Cartagena, unida siempre a nuestros Ejércitos, y en especial a la Armada, supo, como pocas ciudades de nuestra nación, honrar a quienes dieron su vida en las lejanas tierras de Cuba, Filipinas y Puerto Rico, con este monumento ante el que nos encontramos.

Fué erigido por suscripción popular e inaugurado hace setenta y cinco años por mis abuelos los Reyes Don Alfonso XIII y Doña Victoria Eugenia, en un brillante acto conmemorativo que recordaba a las escuadras que participaron en los combates navales de Santiago y Cavite y en particular a los barcos que zarparon para luchar con asombroso valor en Santiago de Cuba.

Quienes marcharon en ellos cumplieron su tarea con dignidad y heroismo que aún hoy nos emocionan, y llevaron adelante su sacrificio más allá de los apoyos materiales y morales  con que contaron, de la desfavorable situación que tuvieron que asumir y de algunos de los desaciertos que se dieron en la conducción de las operaciones.

Los que regresaron tuvieron que arrostrar, para su desgracia, y durante largo tiempo, el sabor de la derrota y, a veces, la incomprensión de sus compatriotas.

Por eso este acto es hoy para nosotros, ante todo, un homenaje al pueblo español, sujeto de nuestra Historia.

A los héroes del 98 debemos también la España que hoy disfrutamos, y éste es el mejor tributo que podemos rendirles. La sangre que derramaron, las enfermedades que padecieron y la muerte oscura de la mayoría de los que sobrevivieron no han sido inútiles.

 Al contrario, plantaron las semillas e inquietudes que dieron lugar al despegue industrial, económico, social y cultural de nuestra patria a comienzos de siglo, tal como destacó mi abuelo al inaugurar este monumento, y sentaron así las bases del largo, y muchas veces difícil, proceso de nuestra modernización, que va desde la "edad de plata" de la cultura española hasta la instauración de la democracia que hoy vivimos.

Los españoles hemos conseguido amasar con aquellas lágrimas y la levadura de la experiencia el pan de la concordia y el progreso, que todos podemos sentarnos a comer juntos. Hemos levantado entre todos un proyecto de imaginación y eficacia. Ya no  luchamos con las armas de antaño, sino que competimos noblemente con las pacíficas herramientas del trabajo, la educación, la investigación y la tecnología.

Venimos a dar gracias a quienes nos enseñaron con sus amarguras a abrir nuestras ventanas y salir al campo que nos toca labrar. Prometámosles hacerlo con el sentido del deber y el desprendimiento que les guió en su vida y en su muerte, para entregar a las generaciones futuras el limpio testigo de su enseñanza y sus méritos.

Si así lo hacemos, esta conmemoración habrá tenido un sentido no sólo ceremonial, sino vivo, y una continuidad que a todos nos incumbe y estimula.

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