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Palabras de Su Majestad el Rey en el acto de Entrega de Despachos a los alumnos de la LI Promoción de la Carrera Judicial

Barcelona, 15.03.2001

M

ucho nos satisface presidir el acto de entrega de sus despachos a los alumnos de una nueva promoción de la Carrera Judicial.

Quiero en primer lugar expresar mi felicitación a cuantos la integran, y exhortarles a iniciar su vida profesional con la ilusión y responsabilidad que estoy seguro les animan en este momento.

La continua renovación de esta Carrera mediante el acceso de nuevas generaciones al ejercicio de la potestad de juzgar y hacer ejecutar lo juzgado es, en sí misma, importante. Y más en nuestros días, en que el juez ha de discernir la aplicación del derecho en una realidad definida por una serie de cambios sociales decisivos, que no pueden menos de afectar también al ámbito propiamente jurídico.

Esta circunstancia acrecienta la trascendencia de la tarea que vais a desempeñar al servicio del Estado de Derecho que configura la Constitución, a la vez que señala las dificultades que tendréis que afrontar y estoy seguro sabréis vencer.

Por eso es tan importante el proceso de selección y formación que realiza esta Escuela Judicial, un centro moderno, no sólo en sus instalaciones, sino, sobre todo, por sus métodos de trabajo y el espíritu que le anima.

El juez que prepara este Centro es el que quiere la Constitución: independiente, inamovible, responsable, sometido únicamente al imperio de la ley. Firmemente comprometido con la tutela efectiva de los derechos e intereses de las personas, y en especial de sus derechos fundamentales y libertades públicas. Un juez imbuido de los valores que presiden nuestro ordenamiento jurídico y atento a contribuir a su garantía.

La Escuela judicial es consciente de que la misión principal de un juez de nuestro tiempo es la de hacer efectivos estos principios en la vida real, cada vez más compleja y exigente.

Por eso ha tenido el acierto de buscar la colaboración de las Universidades y de numerosas e importantes entidades públicas y privadas. Gracias a su concurso, los futuros jueces, no sólo ponen al día y completan sus conocimientos, sino que, además, conocen la realidad de muchas instituciones, con las que después se van a encontrar al ejercer la jurisdicción. Así adquieren una preparación integral, no sólo teórica sino también práctica.

Además, desde sus comienzos en 1997, el plan de formación de los jueces se ha abierto, a través del Aula Iberoamericana, a magistrados pertenecientes a nuestra comunidad histórica de naciones, y mantiene una línea de cooperación con las instituciones dedicadas a la formación judicial de diversos países europeos.

Son ya varias las promociones que han salido de esta Escuela a lo largo de sus cuatro años de andadura. En ese tiempo su modelo formativo se ha ido depurando y perfeccionando. La frecuencia con que se reclama su colaboración por los centros de capacitación judicial iberoamericanos o europeos, o por instituciones supranacionales, y la contribución que presta a la política española de cooperación, son, entre otras, muestras significativas de que avanza por el camino adecuado.

Abandonáis estas aulas con una preparación y unos puntos de referencia que van a guiaros en el ejercicio de vuestra elevada misión, y estimularos a servirla con la dedicación y esfuerzo que exige su dignidad, y con los que obtendréis el respeto de vuestros conciudadanos.

Desde hoy sois parte integrante del poder judicial, uno de los tres en que se asienta nuestro Estado de Derecho. Sé que estaréis a la altura de las obligaciones que conlleva este estatuto, y de las potestades que os entregamos para desarrollar vuestra tarea con ambición y generosidad.

Lo que de vosotros esperamos es nada menos que el mantenimiento y la defensa del imperio de la ley, no tanto como expresión meramente formal de un orden conceptual, sino como instrumento dinámico que garantiza el progreso continuo de la libertad y la igualdad, y promueve y desarrolla la convivencia y la concordia.

Como Rey, en cuyo nombre se administra la justicia, os expreso mi confianza y os prometo mi apoyo en este camino, en el que sin duda encontraréis la legítima satisfacción que nace del deber cumplido y el trabajo bien hecho, y el orgullo de prestar un servicio de valor incalculable a España y a todos los españoles.

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