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Palabras de Su Alteza Real el Príncipe de Asturias en la entrega de los Premios al Voluntariado de la Fundación Telefónica

Madrid, 13.12.2001

S

olo unas palabras, que quiero sean breves y, sobre todo, sentidas y sinceras.

Quienes tenemos con el movimiento voluntario una relación de interés y afecto, y una especial responsabilidad en este Año Internacional de Voluntariado, que en mi caso es doble, la de Eminent Person, encargado por Naciones Unidas de impulsarlo, que podríamos traducirlo como Embajador de buena voluntad y la de Presidente de Honor del Comité Español para coordinar sus actividades, hemos desmenuzado su significado en todos sus aspectos. Desde su importancia como fenómeno representativo de una nueva sociedad hasta su relación con los sistemas de comunicación y las nuevas tecnologías. Sin olvidar sus exigencias más concretas: fijación de prioridades, gestión de programas, coordinación con las instituciones políticas y los sectores empresariales y sociales, mantenimiento de sólidas redes nacionales e internacionales.

Pero quizá nos faltaba destacar lo esencial: el voluntario como persona. Éste es el objetivo de estos Premios, por el que sus promotores y organizadores merecen público reconocimiento, que por mi parte les expreso muy cordialmente.

Es difícil distinguir entre los candidatos y los galardonados de esta tercera edición de los Premios al Voluntariado de la Fundación Telefónica, y creo que ellos no lo querrían, pues en su mundo rige la solidaridad auténtica, que no reclama preferencias, ni protagonismos mal entendidos, aunque creo que si merecen algún protagonismo y por eso estamos aquí.

Todos vienen sin más aval que su historia individual. Les ofenderíamos calificándolas de conmovedoras. Son mucho más: humanas, palpitantes, auténticas.

La del antiguo militante sindical que ha muerto negociando empleos para refugiados e inmigrantes. La del general jubilado que gestiona tutorías para que niños desarraigados superen el fracaso escolar. La del chico de quince años que ha descubierto a su hermano discapacitado, y con él el sentido de la vida. La de quienes tienen como ayudantes a discapacitados mayores de dieciocho años en un programa de integración a través de diversiones y fiestas compartidas.

Ellos, y otros tantos cuyas vocaciones específicas siento no tener tiempo para recordar aquí, dan respuestas concretas a necesidades urgentes de nuestra sociedad, de las que muchas veces nos lamentamos esperando que otros nos las resuelvan. Ellos no. Han dado un paso al frente y se han puesto a trabajar para arreglarlas.

Cada uno es un titular de actualidad. De una actualidad con la que querríamos encontrarnos más a menudo, en los medios de comunicación y en la calle, porque nos despierta y nos redime, porque además es una noticia positiva.

Muchas gracias a todos. Por enseñarnos a comprender, y ojalá que a participar en su tarea, rompiendo de una vez con el conformismo y la pereza.

Enhorabuena, a todos.

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