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Palabras de Su Majestad el Rey en la entrega del Premio Órdenes Españolas en su primera edición

Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial (Madrid), 25.05.2018

N​os reunimos hoy aquí con motivo de la 1ª edición del Premio Órdenes Españolas, instituido por el Real Consejo que agrupa a las Órdenes de Santiago, Calatrava, Alcántara y Montesa; nombres todos ellos ilustres e inmemoriales de la historia de España que evocan, desde la Edad Media, profundos valores arraigados en nuestra Nación y en sus diferentes territorios.

Efectivamente, las Órdenes comienzan a surgir en el lejano siglo XII de acuerdo con las necesidades y objetivos de la Reconquista, así como con los ideales religiosos y caballerescos de la época. Llegada la Edad Moderna, estas instituciones pasaron a encarnar también los principios de la vocación de servicio a la Corona incorporando un amplio sentido de la nobleza. Así, no solo conquistadores y descubridores como Hernán Cortés o Fernando de Magallanes, sino también gobernantes como Gaspar Melchor de Jovellanos, y literatos como Francisco de Quevedo llegaron a vestir los hábitos de una u otra Orden entre los siglos XVI y XVIII. 

Nuestras Órdenes son expresión histórica de la diversidad y de la propia visión conjunta de nuestro país pues, como sus mismos nombres indican, nacieron enraizadas en diferentes territorios de los reinos de Castilla, de León y de la Corona de Aragón desde los que se expandieron por el resto de España. Es inmenso y extraordinario el patrimonio artístico y cultural ligado a ellas, como el monasterio de Santiago de Uclés, los castillos de Calatrava y de Zorita, el convento de San Benito de Alcántara o el castillo de Montesa.

Igualmente, las Órdenes se proyectaron por el mundo como el mismo nombre de Santiago pone de relieve en la toponimia y en el patrimonio de tantas Naciones de nuestra Comunidad histórica y cultural. Por último, las Órdenes españolas han sabido adaptarse paulatinamente a los tiempos conservando elementos esenciales de su identidad, entre ellos su vocación benéfica y de servicio a la sociedad.

Es en este último punto en el que debemos encuadrar y valorar la iniciativa del Premio Órdenes Españolas que nos reúne hoy aquí en su edición inaugural y en un lugar especialmente idóneo: el Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial.

Pues si las Órdenes −patrimonio histórico de España desde hace nueve siglos− actualizan día a día esa vocación de servicio, es coherente con su identidad y con sus principios que lo hagan impulsando el mejor conocimiento de nuestra historia común. Y que lo hagan con una visión abierta y universal, pues es la forma más acertada de abordar y entender plenamente las trayectorias, los fenómenos y las singularidades históricas. Todo ello desde la historiografía más solvente, una ciencia fundamental e irrenunciable que contribuye decisivamente a que podamos conocernos y comprendernos como sociedades y como países.

Pues si las Órdenes −patrimonio histórico de España desde hace nueve siglos− actualizan día a día esa vocación de servicio, es coherente con su identidad y con sus principios que lo hagan impulsando el mejor conocimiento de nuestra historia común. Y que lo hagan con una visión abierta y universal, pues es la forma más acertada de abordar y entender plenamente las trayectorias, los fenómenos y las singularidades históricas. Todo ello desde la historiografía más solvente, una ciencia fundamental e irrenunciable que contribuye decisivamente a que podamos conocernos y comprendernos como sociedades y como países.

Así pues, me alegra muy especialmente esta nueva iniciativa tan apropiada, tan positiva, que hoy se pone en marcha. Y como Rey y, por tanto, Gran Maestre de las Órdenes quiero dar la enhorabuena, al Real Consejo  y a todos los que han colaborado con vosotros para que sea posible y una prometedora realidad.

Y esta iniciativa se inaugura, con gran acierto, premiando a una figura internacionalmente reconocida de la historiografía universal como es Sir John Elliott; uno de los hispanistas británicos más relevantes y que tanto trabajo y tanta pasión ha dedicado al conocimiento de nuestras claves y de nuestro recorrido histórico.

El Presidente del Real Consejo ─a quien agradezco nuevamente su trabajo y compromiso con las Órdenes─ ha descrito y glosado perfectamente los méritos de Sir John Elliott. Poco más puedo yo añadir; pero no quiero dejar de recordar las palabras que le dediqué hace ya unos cuantos años (22), en la entrega de los −entonces− Premios Príncipe de Asturias de 1996, como galardonado en Ciencias Sociales. Efectivamente ─dije entonces─, la labor del historiador es delicada, pues este debe mantener con denuedo una ideal objetividad y no dejarse llevar por sus opiniones o creencias personales al analizar los hechos pretéritos. De ahí la importancia de la ciencia historiográfica, de su estudio, de su transmisión de generación en generación como lo más valioso de su patrimonio.

En suma, John Elliott, como tuve oportunidad de subrayar en el Parlamento de su país, en Julio del pasado año, durante la visita de Estado que realizamos la Reina y yo al R.U. de G.Bretaña e Irlanda del Norte, forma parte de ese extraordinario elenco de historiadores británicos que ha desarrollado una labor formidable contribuyendo a elevar el nivel de conocimiento y aprecio de nuestra historia en ese gran país, así como la calidad de la investigación que sobre ella se ha realizado desde fuera de España.

Por todo ello, gracias profesor Elliott, y muchas felicidades por este premio innovador que abre una nueva vía a favor del conocimiento y la difusión de la historia del mundo hispánico.

Para terminar, quiero dirigirme finalmente al Real Consejo de las Órdenes.

Caballeros,

Este es el camino. Recordad que los prestigiosos nombres de las Órdenes Españolas ─Santiago, Calatrava, Alcántara y Montesa─ son un patrimonio de España y de su historia que debéis administrar con rigor y generosidad, saber renovarlo, y actualizarlo permanentemente al servicio de nuestra sociedad y del mejor nombre de España. Esta iniciativa que nos ha convocado hoy en El Escorial es un buen ejemplo de ello. Muchas felicidades y adelante: seguid manteniendo el pulso y la vitalidad de nuestras Órdenes casi milenarias.

Muchas gracias. Se levanta la sesión. 

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