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Palabras de Su Majestad el Rey en la entrega del Premio de Literatura en Lengua Castellana “Miguel de Cervantes” al Sr. Eduardo Mendoza

Universidad de Alcalá de Henares. Madrid, 20.04.2017

E​l Premio de Literatura en Lengua Castellana Miguel de Cervantes nos reúne de nuevo para rendir testimonio público de admiración a la figura de un escritor que, con el conjunto de su obra, haya contribuido a enriquecer el legado literario hispánico.

El pasado 30 de noviembre conocimos el nombre del galardonado en esta edición: el escritor barcelonés Eduardo Mendoza, cuya labor literaria se sitúa “en la estela de la mejor tradición cervantina”, según quedó reflejado en el acta que contiene el veredicto del jurado.

En sus primeras declaraciones a los medios de información, Eduardo Mendoza expresó que la noticia del premio fue algo inesperado, pues nunca se había considerado candidato al mismo. Aunque para él supusiese toda una sorpresa, no lo fue tanto ni para la crítica ni para sus numerosos lectores, que siempre han coincidido en valorar la obra del galardonado, una obra que ha alcanzado enorme difusión, tanto en su lengua original como en sus traducciones a más de una veintena de idiomas. Pocos escritores contemporáneos han contribuido tanto al fomento de la lectura entre jóvenes y adultos como Eduardo Mendoza, demostrando que la popularidad no tiene que estar reñida con la excelencia.

Recibimos, pues, a Eduardo Mendoza en la ciudad que vio nacer a Miguel de Cervantes, en su principal institución cultural y académica: la Universidad de Alcalá. Para mí ya es una grata costumbre venir a esta universidad, la última vez hace algo más de un mes, aunque no por ello deja siempre de impresionarme este lugar y esta ciudad cervantina.

El espacio que nos acoge, el Paraninfo, que ha sido escenario de importantes acontecimientos a lo largo de la historia, fue ideado por el venerable fundador de esta Universidad: el Cardenal Cisneros (Francisco Jiménez de Cisneros), un estadista, reformador, promotor de la educación y de la cultura, al que recordamos en este año en el que se cumple el V Centenario de su fallecimiento.

El Cardenal Cisneros supo rodearse de los mejores trabajadores -más bien artesanos- del lenguaje de su época, como Elio Antonio de Nebrija, autor de la primera gramática castellana, publicada unos años antes, en 1492, al que llamó su Universidad para colaborar en la magna empresa de la Biblia Políglota Complutense.

Eduardo Mendoza es también un trabajador del lenguaje, primero como traductor e intérprete, actividad profesional a la que dedicó varios años en la ONU, y más tarde como escritor, aunque sin dejar de lado la traducción literaria, que tanta satisfacción le produce. Autor y traductor, dos vertientes de la creación literaria que Mendoza reivindica al señalar que el escritor que traduce de otras lenguas puede ver mejor el tejido de la suya propia.

Eduardo Mendoza, a partir del talento y la excelencia que caracteriza su obra, es un verdadero artesano del lenguaje, al cual usa como una herramienta de precisión que se ajusta a los diferentes registros idiomáticos que definen a los personajes de su obra. De esta forma llega a ser un maestro en el manejo del idioma para acercarnos a diversas realidades, desde la de los diferentes grupos marginales a la de las clases altas, en diferentes épocas y en diferentes lugares; e incluso llega a recurrir a las más variopintas jergas profesionales. Mendoza ha llegado a definirse como “un relojero de las frases”. Ya lo decía Juan Ramón Jiménez: “quien escribe como se habla irá más lejos en lo porvenir que quien escribe como se escribe”.

Un escritor es primero, y ante todo, un lector. Eduardo Mendoza recuerda en numerosas ocasiones sus lecturas de infancia y adolescencia, los descubrimientos que hacía gracias a los profesores de su colegio o a sus incursiones en la biblioteca paterna y en las bibliotecas de otros miembros de su familia. Los clásicos españoles y universales, las novelas de aventuras y los tebeos conviven de forma natural en el acervo cultural de aquel muchacho que vivía en la Barcelona de los años 50 y primeros años 60 del siglo pasado. Una época en la que -según sus propias palabras- los niños no tenían mucho más que su imaginación para pasar el tiempo, por lo que mataban las horas inventando hazañas o contándose las aventuras que habían visto en las películas o que habían leído en los tebeos.

Mendoza se considera heredero de todas esas tradiciones, de todas estas lecturas y vivencias, desde las grandes novelas del siglo XIX hasta la literatura de quiosco (con títulos como el TBO, El Coyote, Pulgarcito o Tarzán); de todas ella tomará recursos y modelos que incorporará a su producción literaria.

Eduardo Mendoza, a partir del talento y la excelencia que caracteriza su obra, es un verdadero artesano del lenguaje, al cual usa como una herramienta de precisión que se ajusta a los diferentes registros idiomáticos que definen a los personajes de su obra. De esta forma llega a ser un maestro en el manejo del idioma para acercarnos a diversas realidades, desde la de los diferentes grupos marginales a la de las clases altas, en diferentes épocas y en diferentes lugares; e incluso llega a recurrir a las más variopintas jergas profesionales. Mendoza ha llegado a definirse como “un relojero de las frases”. Ya lo decía Juan Ramón Jiménez: “quien escribe como se habla irá más lejos en lo porvenir que quien escribe como se escribe”

Además de Cervantes y su Don Quijote de La Mancha, que le ha acompañado durante toda su vida, otros escritores españoles y extranjeros han influido en la obra de Eduardo Mendoza: Valle-Inclán y sus esperpentos o los grandes autores de la literatura universal, con una especial conexión con los novelistas británicos, franceses y rusos. A uno de esos autores, por el que profesa una especial admiración, dedicó un estudio: Pío Baroja, en el que reconoce la misma mirada compasiva hacia sus personajes que se inicia con Miguel de Cervantes, mirada compasiva que se aprecia tan claramente en la obra del mismo Mendoza.

En 1975 (precisamente el año en que se crea este Premio Miguel de Cervantes) Eduardo Mendoza publica su primera novela, La verdad sobre el caso Savolta, lo que supuso un acontecimiento que transformó completamente el panorama literario en nuestro país. Desde ese primer momento, cada nuevo título de Mendoza ha sido recibido con una expectación inusual tanto por parte del público lector como por parte de la crítica y los estudiosos de la literatura.

En estos algo más de 40 años Mendoza nos ha deleitado con una quincena de novelas, a las que hay que sumar sus incursiones en el relato corto, el ensayo e incluso en el género dramático. Es, pues, fundamentalmente un novelista. Pero un novelista que no se adhiere a una tipología cerrada de novelas: en sus obras conviven y se entremezclan la novela histórica, la novela negra, la parodia, la picaresca y la crónica periodística. Y siempre, o casi siempre, con un hilo conductor: el humor. El mestizaje literario, como se ha puesto de manifiesto, es un rasgo fundamental en la obra de Eduardo Mendoza.

Nuestro autor sumerge a sus personajes -sus criaturas- en los contextos más diversos, que en no pocas ocasiones se tornan casi inverosímiles, en los que estos personajes se muestran con total naturalidad. La maestría de Mendoza como escritor consigue que tanto esas situaciones como esos personajes resulten naturales y creíbles al lector, y lo consigue en buena medida gracias a su manejo de muy diferentes recursos del lenguaje. Maestría en el uso de la lengua española, que hace que escritores como él, y los que le han precedido en este Premio Cervantes, contribuyan con su obra a aumentar ese tesoro intangible, vivo, en constante evolución, que es la lengua castellana, compartida por más de 500 millones de hablantes.

En la obra de Mendoza conviven el castellano y el catalán, lengua esta última en la que ha escrito -hasta el momento- dos obras teatrales. Esta convivencia es algo natural en su ciudad, Barcelona, que tan bien nos describe en sus novelas, por lo que el autor está considerado como un verdadero “biógrafo” de la capital catalana, desde la época de la Exposición Universal de 1888 hasta la actualidad, pasando por los convulsos inicios del siglo XX, la posguerra o por los momentos anteriores a los Juegos Olímpicos de 1992. Este papel destacado de una ciudad no debe interpretarse en el sentido de un mero localismo: en las situaciones y vivencias de sus personajes hay rasgos universales, que responden a lo que escribía Miguel de Unamuno en 1900: es labor del creador hallar lo universal en las entrañas de lo local.

Barcelona es más que un sujeto pasivo en la literatura de Mendoza y de otros tantos autores: es indudablemente una de las grandes capitales mundiales del libro. Desde hace décadas ha propiciado un extraordinario ecosistema cultural que ha apoyado y difundido a un buen número de creadores. Barcelona ha sido la ciudad que vio nacer a otros grandes escritores merecedores del Premio Cervantes, como Juan Marsé o Ana María Matute, así como al anterior Premio Cervantes español, Juan Goytisolo, galardonado en 2014.

La ciudad también fue crucial para el nacimiento y la difusión de diversos fenómenos y movimientos literarios, como en el caso del auge de la novela hispanoamericana en los años 60. Este ecosistema cultural barcelonés ha sido posible gracias a la labor de muchos profesionales, desde los agentes literarios (y aquí quiero recordar especialmente a Carmen Balcells, a quien Mendoza siempre cita con gratitud y cariño) hasta los que componen el innovador tejido industrial y empresarial del sector del libro barcelonés (artes gráficas, editores, libreros y distribuidores).

Barcelona es también un lugar fundamental en las andanzas de Don Quijote de La Mancha relatadas en la segunda parte de la obra cervantina. En Barcelona Don Quijote verá el mar por vez primera, “espaciosísimo y largo”, conocerá cómo funciona la imprenta y, sobre todo, vivirá en sus playas la aventura que “más pesadumbre le dio”: ser derrotado en torneo por el Caballero de la Blanca Luna, que no era otro que el bachiller Sansón Carrasco.

A lo largo de muchas generaciones, Don Quijote y Sancho Panza han provocado la risa de sus lectores, aunque también compasión. Eduardo Mendoza fue desde muy joven uno de esos lectores seducidos por las aventuras de Don Quijote, y la influencia de la primera novela moderna puede apreciarse claramente en la narrativa de Mendoza, cuyos personajes concitan asimismo sentimientos de hilaridad y compasión.

El azar -o los designios de los hados literarios- ha querido que Eduardo Mendoza obtuviese el Premio Cervantes el mismo año en que se cumplían 400 años de la muerte del genial escritor alcalaíno. El año 2016 ya finalizó, pero -como dije en el acto de clausura del año cervantino- seguimos celebrando la vida de Miguel de Cervantes, pues sigue viva su obra y siguen vivos su influencia y sus valores. Eduardo Mendoza es, sin lugar a dudas, una excelente muestra de esta pervivencia.

Querido y admirado Eduardo: te damos la enhorabuena por este premio, que es solo un punto y seguido en tu carrera literaria, que a buen seguro nos seguirá ofreciendo nuevos títulos con los que volveremos a disfrutar, pensar, sonreír y reír.

Muchas gracias.

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