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Palabras de Su Majestad el Rey en la entrega de la VI edición del Premio de Derechos Humanos Rey de España

13.04.2015

Siempre me alegra volver, con cualquier motivo, a la universidad. Donde uno se siente siempre estimulado en el saber y entender; donde en cualquier época sentimos el pulso de la esperanza, por el avance del conocimiento que desde aquí se impulsa y por la juventud llena de curiosidad e ilusión por el futuro. Y esta Universidad de Alcalá siempre alberga acontecimientos como ahora llenos de significado e importancia para la sociedad.

Por ello, al encontrarme hoy con vosotros en este paraninfo,  me satisface y emociona poder dar continuidad al patrocinio de este premio emprendido por mi padre, el Rey Juan Carlos hace más de 10 años. Tengo así el honor de renovar el compromiso de la Corona con esta tarea, tan necesaria siempre, de reconocer y premiar el mérito entre quienes dedican sus mejores esfuerzos a asegurar la vigencia de los derechos de todos.

Premiamos aquello que implica superación, aquello que es digno de ser conocido y admirado; y, haciéndolo, ponemos ante la vista de todos los ciudadanos ejemplos para hacer de nuestras sociedades espacios más dignos y humanos. Felizmente, el nuestro es un país lleno de ejemplos de solidaridad, y este premio pone sin duda su grano de arena para que ese caudal de compromiso social siga incrementándose, dentro y fuera de nuestras fronteras.

Porque tan universal como el valor de los derechos humanos ha de ser la labor de asegurar su vigencia. Es esta tarea, exigente y difícil en demasiadas ocasiones, la que hace que muchas personas a lo largo y ancho del mundo no deban preocuparse por aquello que Cervantes consideraba ocasión de vergüenza: el que las palabras fueran mejores que los hechos.

Las entidades organizadoras del premio, el Defensor del Pueblo y la Universidad de Alcalá, así como el jurado, se han encontrado entre las candidaturas presentadas con no pocos ejemplos de buen hacer, dignos de elogio y de apoyo. Elegir de entre lo bueno lo excelente es tarea ardua, pero también gratificante e incluso aleccionadora.

Su voz en pro de los derechos de la mujer es la misma de tantas mujeres que han sido privadas de ella. Todos deseamos que esa voz no calle, que se abra paso hasta muchos oídos, que resuene en las conciencias y que llegue allí donde sea necesario para mejorar siempre la realidad de las personas más vulnerables y desfavorecidas. Tenemos en ustedes, miembros de la Congregación de las Adoratrices, un magnífico ejemplo de la fuerza de cambio que supone el compromiso. Ustedes nos enseñan, como muy bien han dicho, “a releer los signos de incertidumbre e inseguridad como oportunidad y esperanza”. Gracias por esa tarea que, de todo corazón, deseamos alentar con este premio.

Por ello, cada cierto tiempo —dos años en el caso de este premio— nos reunimos para señalar una trayectoria singularmente meritoria, —que a veces se encuentra cerca de nosotros y otras se esconde a miles de kilómetros—, ofreciendo el tributo de nuestro reconocimiento. Sabemos que para quienes viven por y para los demás los reconocimientos no son determinantes, porque estas personas se deben a intereses y valores superiores. Pero para el conjunto de la sociedad es una ocasión propicia de enaltecer los mejores méritos y de darnos a nosotros mismos ejemplos dignos de emulación.

En esta ocasión honramos los logros de la Congregación de las Adoratrices, Esclavas del Santísimo Sacramento y de la Caridad, en el campo de la atención a las mujeres víctimas de trata y de violencia de género. Una entidad, la de las Adoratrices, que se fundó en la España de mediados del XIX con un carisma volcado en la ayuda a las mujeres oprimidas.

En 159 años, aquella semilla surgida en Madrid al calor del coraje y el tesón de una mujer excepcional, Santa María Micaela, ha sido trasplantada con éxito a 23 países. Gracias a ella, mujeres en situación de riesgo a causa de la violencia o de la precariedad, o por desconocimiento de sus derechos, han encontrado a quienes estaban dispuestos a ayudarlas y acompañarlas en su camino hacia la libertad. Quiero, como español, subrayar mi orgullo por el hecho de que nuestro país haya ofrecido y continúe ofreciendo al mundo personas así, con esa capacidad de proyectar un noble ideal a través de las sucesivas generaciones.

La tarea de devolver a los oprimidos la libertad es asumida por las Adoratrices como su razón misma de existir. Estas mujeres tienen la valentía de denunciar la realidad actual de la esclavitud que, con distintos disfraces, subyace bajo las diversas formas de trata y violencia que padecen muchas jóvenes y mujeres en todo el mundo. Esta nueva esclavitud, que aparece a veces bajo formas menos visibles, puede venir asociada a realidades deplorables como el tráfico de personas o la delincuencia organizada que debemos saber diagnosticar correctamente y afrontar con firmeza y determinación.

Para reconocer esta realidad y combatirla eficazmente resulta preciso incorporar un enfoque de derechos humanos que nos permitirá poner a las víctimas, su protección y atención, en el primer orden de prioridades.

Nuestra sociedad ha dado pasos importantes en la lucha contra la violencia de género y también en la lucha contra la trata de personas, pero el éxito de nuestros esfuerzos requerirá en muchos casos de un trabajo eficaz y continuado también más allá de nuestras fronteras. La dimensión transnacional de la trata supone un desafío contra el que hay que combatir. Las Adoratrices nos dan ejemplo, una vez más, con su red de atención que abarca Europa, África, América y Asía.

Su voz en pro de los derechos de la mujer es la misma de tantas mujeres que han sido privadas de ella. Todos deseamos que esa voz no calle, que se abra paso hasta muchos oídos, que resuene en las conciencias y que llegue allí donde sea necesario para mejorar siempre la realidad de las personas más vulnerables y desfavorecidas. Tenemos en ustedes, miembros de la Congregación de las Adoratrices, un magnífico ejemplo de la fuerza de cambio que supone el compromiso. Ustedes nos enseñan, como muy bien han dicho, “a releer los signos de incertidumbre e inseguridad como oportunidad y esperanza”. Gracias por esa tarea que, de todo corazón, deseamos alentar con este premio.

Muchas gracias a todos.

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