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Palabras de Su Alteza Real el Príncipe de Asturias en su visita al municipio de Caspe

Caspe (Zaragoza), 07.11.2012

L

a visita que la Princesa y yo estamos realizando hoy a estas queridas tierras aragonesas, coincidiendo con el Sexto Centenario de la Concordia de Alcañiz y del Compromiso de Caspe, nos permite sumarnos a la conmemoración de hechos que son parte de lo mejor de nuestro pasado, aprendiendo del inmenso legado histórico de nuestro país desde una perspectiva firmemente anclada en el presente y con una clara visión de futuro.

Esta mañana en Alcañiz hemos conocido de cerca el dinamismo y la vocación emprendedora de sus gentes al acercarnos a una de sus sociedades agrarias de transformación (SAT “Frutos Secos Alcañiz”), una entidad, un proyecto con tanta solera como sentido del pragmatismo, que contribuye al bienestar de muchos ciudadanos.

Y esta tarde, ya aquí en Caspe, hemos podido visitar la escuela taller del Convento de Santo Domingo, un centro de formación relacionado con la restauración arquitectónica, medioambiental y cultural, que fomenta la educación de nuestros jóvenes; promueve su mayor empleabilidad y sirve de este modo al bien común y al interés general de toda la sociedad. Damos nuestra sincera enhorabuena a quienes hacen posible desde Aragón estas iniciativas que son muestra de laboriosidad y de buen hacer para toda España.   
 
Señoras y Señores,

En el día de hoy es obligado recordar y enaltecer con respeto y admiración los acontecimientos desarrollados en la Corona de Aragón hace seiscientos años, durante el Interregno de 1410 a 1412, en una coyuntura histórica extraordinaria. Con mucho gusto lo hago desde este bello templo gótico de la Colegiata de Santa María la Mayor; y agradezco al Gobierno de Aragón y a los Ayuntamientos de Alcañiz y Caspe la oportunidad de visitaros y de unirnos a vuestras celebraciones de este año.

En mayo de 1410 aragoneses, catalanes, mallorquines y valencianos, que llevaban casi trescientos años compartiendo un proyecto político común, se vieron de pronto ante una insólita situación de vacío de poder legítimo y legal. El sistema creado y el orden establecido, donde las identidades de cada uno de los territorios habían crecido en el respeto a los intereses del conjunto, se vieron hondamente alterados y la unión largamente conservada en riesgo de una ruptura que nadie había previsto.

La Corona de Aragón surgida por la unión del reino de Aragón y el condado de Barcelona en el siglo XII y acrecentada en el siguiente con la incorporación de los reinos de Mallorca y Valencia, no había nacido y crecido a consecuencia del azar, sino por la voluntad secular de las sucesivas generaciones que habían sabido construir los sucesivos presentes. Entre todos habían logrado una entidad política fuerte, extendida por el Mediterráneo, bien situada entre las monarquías europeas y con un lugar de privilegio en el marco peninsular hispánico. Económica, social, política y culturalmente la Corona de Aragón era, sin duda, una de las grandes potencias de la Cristiandad y del mundo de entonces.

Los territorios que constituían la Corona eran iguales y diferentes entre sí. La convivencia y los intereses comunes habían ido configurando las propias identidades, pero manteniendo el sentimiento de ser partes de un todo compartido. El impulso de fortalecimiento individual tenía como objetivo hacer más fuerte el conjunto; las luchas internas para mejorar las situaciones propias tenían como horizonte engrandecer la Corona. Los lazos establecidos entre ellos compensaban los desequilibrios naturales existentes y las desavenencias eran afrontadas y resueltas a través de los mecanismos y las instituciones pactadas y acordadas.

En esos inicios del siglo XV y por primera vez en mucho tiempo los pueblos de la Corona de Aragón se sintieron necesitados de demostrarse la fraternidad que, forjada durante siglos, nunca se habían visto precisados de expresar. Fraternidad y orfandad son precisamente dos términos que dejaron escritos en los documentos y pronunciaron en sus parlamentos para exteriorizar sus sentimientos. Y con ellos por delante se plantearon buscar juntos la solución al futuro azaroso que tenían que recorrer y para el que no disponían de ningún reflejo en la experiencia de sus antepasados que les sirviese de ayuda.

La situación no era fácil, pero ahí se puso de manifiesto la madurez de pueblos sabios dotados de una incipiente capacidad de representación, convencidos de la necesidad de proteger, sobre todo, la gobernación, la justicia y los derechos de todos por encima de los intereses particulares.

Enorme misión la que los compromisarios, —unos pocos hombres de Aragón, Cataluña, Mallorca y Valencia—, tomaron sobre sus espaldas, contando con el apoyo de eclesiásticos, nobles y algún gran señor, burgueses de las ciudades, funcionarios reales, juristas, jurados y hombres buenos de las villas y aldeas. Una sociedad civil que hacía su entrada en la Historia agrupada en unas instituciones parlamentarias, las Cortes, que como incipientes formas de representación social, habían adquirido ya en los territorios de aquella Corona una función incuestionable y que permitían la participación de una gran parte de la sociedad.

Una sociedad que se mostró inmediatamente opuesta a que la solución se buscara por medio de la guerra y la violencia, primando la fuerza sobre la razón, para lo que impuso su criterio de optar por la vía de la justicia, y con la negociación, el pacto y el acuerdo consensuado por todos para solucionar la crisis.

Y esto es lo que hicieron en Caspe los nueve compromisarios, siguiendo las normas acordadas también por consenso en la Concordia de Alcañiz y mostrando una grandeza de espíritu y una amplitud de miras que, seiscientos años después, debe ser reconocida y ensalzada con orgullo y emoción por todos los españoles.

Más allá de los nombres de los jueces y parlamentarios que firmaron las actas y más allá de la persona elegida para ocupar el trono, lo relevante y lo que de verdad convierte a aquellas gentes, a todas, en modelo para la Historia, es que quisieron y supieron resolver la crisis aplicando los conceptos fundamentales de consenso, concordia y compromiso que debían servir de divisa para los políticos de todos los tiempos.

Muchas gracias.​

Una sociedad que se mostró inmediatamente opuesta a que la solución se buscara por medio de la guerra y la violencia, primando la fuerza sobre la razón, para lo que impuso su criterio de optar por la vía de la justicia, y con la negociación, el pacto y el acuerdo consensuado por todos para solucionar la crisis

 

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