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Palabras de Su Majestad el Rey en la inauguración de los actos conmemorativos del centenario de Salvador Dalí

Girona(Figueres), 06.10.2003

E

stamos hoy aquí, en este espacio mágico y prodigioso de la Fundación Gala-Salvador Dalí, de escenografía concebida por él mismo, para inaugurar oficialmente el Centenario del genial artista, que se celebrará el año que viene.

Un año que estará cargado de acontecimientos, tanto dentro de España, como fuera de nuestras fronteras.

Figueras, donde Dalí nació hará pronto cien años, y el vecino Cadaqués, fueron los dos primeros ámbitos en que se desarrolló el talento del artista adolescente.

A comienzos de los años veinte se incorporó a la escena madrileña, ingresando en San Fernando, donde aprendió los rudimentos del oficio. En el ambiente de la Residencia de Estudiantes, donde se alojaba, conectó con las vanguardias, al igual que muchos residentes, entre ellos, sus tres grandes amigos, Federico García Lorca, Luis Buñuel y José Bello.

Tras celebrar en la Barcelona de 1925 su primera exposición individual, Dalí se instaló en París, donde se integró en el grupo surrealista. Allí cuajó su estilo de madurez, un estilo delirante, detallista y minucioso, apoyado en un profundo conocimiento de la tradición, que con el tiempo encontraría imitadores por doquier.

Como surrealista, lúcido explorador del territorio de los sueños, o como figura solitaria, genial, extravagante, controvertida, imitada pero a la postre inimitable, pocos artistas del siglo XX han dejado una huella tan visible como la que Dalí dejó en todos los ámbitos de la cultura y de la vida.

Una huella presente tanto en el cine -en el que irrumpió de la mano de Luis Buñuel- o en la publicidad, en la arquitectura o en la fotografía, en la moda o en la joyería, a la que esta Fundación ya dedica un espacio monográfico.

Como otros artistas del siglo XX, Dalí, además de un gran pintor, fue un gran escritor, algo que, a la hora del Centenario, se va a traducir en la aparición, en varios volúmenes, de sus obras completas.

Pocos artistas han poseído la versatilidad, la curiosidad y la sabiduría de Dalí. Auténtico hombre del Renacimiento, fue pintor, dibujante, grabador, escenógrafo, escultor y creador de objetos.

También conocedor de los secretos de la geometría y del psicoanálisis, de la alquimia y de la física, de la mística y de la óptica, de las matemáticas y de la mitología.

Y, finalmente, lector de Ramón Llull y del tratado sobre la Divina Proporción de Luca Paccioli y de la vida de Benvenuto Cellini, admirador de Vermeer y de Wagner, de Miguel Angel o de Goëthe.

Hoy, a la hora de recordar a Dalí, no podemos dejar de mencionar a Gala, tan presente en su obra, y cuyo nombre está asociado al suyo en el de la Fundación que nos acoge.

La singularidad daliniana resulta indiscutible.

La fidelidad a sus raíces, la perseverancia en el trabajo, el sentido trascendente de la realidad y el interés por la innovación, son virtudes específicas que vertebran la obra de Dalí y explican su irrepetible e inconfundible personalidad.

Pocos artistas del siglo XX se identifican tanto como Dalí, por lo demás, con su Cataluña y su España natal.

Dalí se inspira en San Juan de la Cruz para su Cristo del Museo de Glasgow. Pinta el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, realiza los decorados de un célebre Don Juan, e ilustra el Quijote de Cervantes, y "La vida es sueño" de Calderón.

Rinde además culto a Velázquez, a Goya y a Fortuny, reflexiona sobre la arquitectura modernista, y visionaria de Gaudí, dialoga de tú a tú con Picasso, con el escritor y filósofo Eugenio D'Ors o con ese otro gran ampurdanés que fue Josep Pla.

Dalí, que ya en su juventud había pintado el caserío blanco y cúbico de Cadaqués, al que calificó de "más hermoso lugar del mundo", ubicó sus sueños durante su periodo surrealista en el inconfundible paisaje clásico del Ampurdán, marcado por sus amados cipreses, y en el de la Costa Brava, con sus rocas no menos características.

Gracias a él, estos paisajes maravillosos son hoy conocidos universalmente. Algo que se traduce, no hay que olvidarlo, en el flujo de turistas que quieren conocer los lugares dalinianos y, más concretamente, el triángulo formado por esta Fundación de Figueras, su mansión de Port Lligat, y su Castillo de Púbol.

De su amor a España habla el hecho revelador de que, con una generosidad sin parangón, declarara su único heredero al Estado que decidió repartir su rico legado, entre esta Fundación Gala-Salvador Dalí y el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía.

Recordando aquel gesto generoso del artista, y como no podía ser de otro modo, ambas instituciones contribuirán de forma decisiva al Centenario daliniano que será la suma de muchas voluntades.

Se desarrollará en Figueras, en Cadaqués y otras localidades de su amada tierra natal. También en Barcelona, que vio sus primeros triunfos, y en Madrid, donde estudió.

Además estará presente en Perpiñán, a cuya estación de ferrocarril él concedía tanta importancia simbólica; en Venecia, la ciudad por antonomasia de la pintura; en Rotterdam, en Filadelfia, y en San Petersburgo, Florida, donde existe un importante museo consagrado a su obra.

La simple lista, no exhaustiva, de estos lugares, resulta indicadora de la universalidad del mensaje daliniano, del mensaje inmortal de ese gran ampurdanés, de ese gran catalán, de ese gran español que fue Salvador Dalí.

No puedo terminar mis palabras sin felicitar a la Comisión Nacional y a la Comisión Ejecutiva del Centenario por su dedicación, ilusión y acierto al diseñar el programa de esta conmemoración.

Las actividades previstas a nivel local, nacional e internacional, son dignas del mayor elogio: exposiciones, edición de libros y obras completas, congresos, espectáculos y documentales.

Estoy seguro de que todo ello contribuirá a poner de relieve la importancia y profundidad de su impresionante legado, cuya vitalidad, complejidad e inspiración nos invita a analizarlo y disfrutarlo con renovada admiración.

Pueden contar con mi pleno apoyo en el importante empeño de este Centenario por subrayar el significado del homenaje que todos debemos a Dalí.

La Corona, en el cumplimiento de su tarea de servicio a todos los españoles, otorga una especial prioridad a promover, amparar y animar las expresiones de nuestra cultura, mucho más cuando tienen la dimensión universal de la que hoy nos congrega.

Con estos sentimientos y mis mejores deseos de éxito, declaro inaugurados los actos de conmemoración del centenario del nacimiento de Salvador Dalí.

Muchas gracias.

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