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Mensaje de Navidad de Su Majestad el Rey

Madrid(Palacio de La Zarzuela), 24.12.1989

P

ienso que es una buena costumbre que el Jefe del Estado transmita esta noche sus deseos de felicidad a todos los españoles. Las navidades convocan más que otras fechas a las integraciones familiares y a los buenos deseos de concordia, de avenencia y de solidaridad. Son días para una reflexión mejor sobre los deberes y los afectos de unos con otros.

Parece que estas conmemoraciones están señaladas para que nos sintamos más justos, más unidos, más próximos, y se prestan para celebrar nuestras raíces al tiempo que pensamos en las cosas que han pasado durante el año y en las que deseamos se produzcan en el que viene.

Os deseo de verdad que el ambiente de esta noche os resulte cálido y amable y que cuanto programéis en la imaginación con vistas al futuro que se nos presenta en el horizonte tenga mucho que ver con la realización de vuestros deseos más sinceros, más ilusionantes y más justos.

Es posible que, en realidad, me apeteciera tan sólo felicitaros cordialmente y desearos todo lo mejor, en la intimidad de vuestras familias, en la alegría de estos momentos y en los sentimientos de hermandad y buena voluntad que quisiera nos inspiren a todos cuando un año va a terminar y otro nuevo está a punto de abrirse ante nosotros. Y éste es en verdad el principal objeto de las palabras que me permitís hacer llegar a vuestros hogares siguiendo una tradición ya arraigada en la nochebuena.

Pero también la costumbre me induce, sin hacer un balance detallado que resultaría inoportuno, a pasar una rápida revista a los principales acontecimientos que en un mundo tan dinámico como éste en el que estamos viviendo, han tenido lugar desde que en 1988, también en ocasión como ésta, me dirigía a vosotros.

Dentro de nuestra patria, las recientes elecciones generales han demostrado que la democracia, instalada con todas sus consecuencias al aprobarse nuestra Constitución, ya es patrimonio conquistado por todos los españoles que quieren y desarrollan este régimen de libertades en la convicción de que con él hemos superado las dificultades que eran hábitos en nuestra conducta.

Hemos superado problemas que parecían obstáculos insalvables en nuestro devenir colectivo y las generaciones de los mayores y las jóvenes podemos mirarnos cara a cara, con afecto y sin divisiones radicales. De la España noble y milenaria, de sus valores más profundos, nace esta otra vital e impetuosa de nuestros días, que yo deseo sea encarnada, como símbolo en la institución de la Corona, por mi hijo el Príncipe Felipe.

Esta unión de la madurez y la juventud de nuestro pueblo exige la capacidad de un Estado moderno y un marco social amplio que posibilite la voluntad de hacer las cosas bien, a la luz del día, sin miedos y sin recelos.

Que la libertad con que cada uno pueda expresarse, se complemente con la obligación del constante respeto a la verdad; que se aclaren cuantas dudas surjan; que cada cual se enfrente con su responsabilidad y le pueda ser exigida con justicia. Una justicia que se haga respetar y todos respetemos y amemos en sí misma y no únicamente por el temor de sufrir la injusticia.

A la fuerza política que ha merecido con su proyecto electoral el apoyo mayoritario de las urnas, le deseamos aciertos, creatividad y entrega al servicio de los españoles. Y comprensión para las opiniones que, aunque vengan del oponente político, pueden ser justas y adecuadas. Aceptar la decisión de la mayoría es esencial para la buena marcha de la sociedad; pero es necesario también perder el miedo a las discrepancias y a las críticas cuando éstas se producen con respeto y altura de miras, presididas por la educación y las buenas maneras.

En la democracia que compartimos démonos la mano unos a otros con voluntad seria de convivencia, persuadidos de que del bien de cada individuo y de cada familia ha de resultar el bienestar nacional y que éste, a su vez, no será tal si no lo disfrutamos en justicia y en libertad.

Los españoles hemos aprendido duramente la lección de la historia y debemos proyectarla todos los días en cada trabajo, en cada esfuerzo, en cada pena o en cada alegría.

Se han vencido temores y dificultades y nos encontramos en un camino claro y bien trazado por el que debemos avanzar seguros, pero con la atención puesta en no desviarnos, en no perdernos, en no tropezar con los obstáculos que naturalmente puedan presentarse, y sobre todo, en no crearlos sin necesidad nosotros mismos.

Un tiempo de libertades tiene que orientarse a que nuestra cultura en el pensamiento, en la investigación, en las bellas artes, contribuya a crear niveles de vida más altos. Y nuestro esfuerzo debe dirigirse a conseguir que las posibilidades obtenidas en todos los aspectos se repartan cada vez mejor.

En el ámbito internacional, nuestros compromisos con otros pueblos y la plena integración en Europa, hace más intensa la asunción de nuestras responsabilidades.

Y no podemos olvidar la mención a los acontecimientos que como una cascada incontenible se están produciendo en los países del centro y del este de Europa, que sin duda han de tener una repercusión aún difícil de predecir, pero que se simbolizan en el espectacular derrumbamiento del muro de Berlín.

Alguien dijo que no hay más que una historia, la historia del hombre. Porque la historia de las naciones, la historia del mundo, no son más que la acumulación de las historias individuales de sus habitantes de ayer, de hoy y de mañana.

No sé si esa afirmación será totalmente exacta.

Pero en esta noche de paz y concordia yo quisiera desear que también cada uno de nosotros, en lo más íntimo de nuestro ser, derrumbemos con decisión nuestros muros internos, nuestros rencores, nuestras reservas, nuestros recuerdos ingratos o nuestras frustraciones. Y que nos unamos en los propósitos de progreso y de diálogo, poniendo por encima de todo nuestro pensamiento en España y en su indisoluble unidad, que la Constitución proclama.

Tal vez podamos construir un ejemplo para esos países y esos pueblos que pasan _como nosotros hemos pasado con éxito_ por la difícil prueba de una profunda transformación política, económica y social.

Que la paz sea vuestra aspiración, porque en un sistema de libertades bien asimiladas, todos los problemas pueden resolverse sin violencia. Una violencia a la que ni siquiera quiero referirme en esta ocasión, porque vendría a oscurecer con la amargura y la indignación la hermandad, la convivencia y la serenidad de la fiesta que celebramos.

Os deseo a todos felicidad en el hogar dentro de nuestra patria o fuera de ella, en los países de Europa, de América o de cualquier parte del mundo donde os encontréis por imperativo de vuestro trabajo o de las circunstancias que en cada uno concurran y desde los que estaréis recordando a España con nostalgia en esta nochebuena.

Aprovecho también esta ocasión para enviar a las naciones hermanas de América el mensaje avanzado y vinculante que quiere sostener España en defensa de los intereses del nuevo mundo. La próxima celebración del V Centenario es una oportunidad para apoyar en nuestro tiempo el crecimiento y las aspiraciones del plural continente americano, para el que deseamos también la paz y la estabilidad.

Vivimos en los umbrales del nuevo siglo y muy pronto las campanadas del fin de año anunciarán ya la última década de una centuria que ha superado con avances prodigiosos las anteriores etapas de la civilización. Hagamos una reflexión de esperanza para transitar hacia esa frontera con fe en Dios, con confianza en la inteligencia humana, con seguridad en la buena voluntad de los hombres.

Si estamos unidos, si sabemos escuchar el latido de España, habremos conseguido para nosotros y nuestros hijos ese futuro feliz que mi familia y yo os deseamos de corazón, con un abrazo, en estas navidades.

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Mensaje de Navidad de S.M. el Rey