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Palabras de Su Majestad el Rey a los participantes en la Reunion sobre Nuevas Metas para la Humanidad

Madrid, 11.12.1981

D

entro de once años se cumplirá el medio milenio del descubrimiento de América por tres pequeñas naves españolas, mandadas por Cristóbal Colón.Con ello, el mundo conocido resultaba ser solamente una parte, el antiguo, integrado ahora con el nuevo, incorporado a una historia que verdaderamente iba a ser universal.

Treinta años después, en 1522, otro navegante español, Juan Sebastián Elcano, llegaba a las costas andaluzas, al cabo de tres años de aventuras increíbles, con los supervivientes de la expedición iniciada por Magallanes. Elcano, por primera vez, había dado la vuelta al mundo, lo había rodeado con la quilla de su nave «Victoria», había tomado posesión del globo que llamamos tierra.

España acababa de unirse, de formar una nación.

Su vocación histórica la llevó a proyectarse más allá de sus fronteras europeas y convertirse en una comunidad de pueblos diversos, en los dos hemisferios. No se entiende lo que es España si no se la mira en una proyección universal, con los ojos puestos en la humanidad, en la fraternidad y la igualdad de todos los hombres.

El historiador Francisco López de Gomara, en la dedicatoria de su «Historia de las Indias» a mi antepasado Carlos V, decía enérgicamente: «Los hombres son como nosotros, fuera del color; que de otra forma bestias y monstruos serían, y no vendrían, como vienen, de Adán.»Va a hacer cinco siglos que el mundo alcanzó su unidad. Hoy vive todo él en presencia, unido por lazos muy varios, no siempre de amor, comprensión y hermandad.

Los recursos son inmensos; los problemas también, y cada vez resulta más claro que los problemas mundiales sólo podrán tener una solución mundial, nacida de la inteligencia, la imaginación y la buena voluntad de todos los pueblos.

El cambio histórico se ha acelerado de manera prodigiosa.

La entrada en el escenario geopolítico de muchos países que hasta el siglo xx tenían un puesto marginal ha hecho que las acciones recíprocas se multipliquen. El desarrollo de la técnica ha dilatado las posibilidades humanas y ha hecho que la variación sea mayor que nunca: no ya cada generación, cada año que pasa hay innumerables elementos nuevos, y las noticias se acumulan sobre los hombres sin darles tiempo a reflexionar sobre las nuevas situaciones creadas.

El dominio de la realidad permite poseer enorme información sobre el mundo y anticipar lo que en muchos dominios va a ocurrir; pero esa misma riqueza de materiales introduce la confusión y la perplejidad. Cuando miramos a una fecha cercana, el año 2000, que vivirá una gran porción de la humanidad actual, nos sobrecoge, al mismo tiempo, la esperanza y la preocupación.

No nos basta proyectar mecánicamente el desarrollo; necesitamos saber a dónde vamos, a dónde podemos y queremos ir; no nos basta la cantidad, necesitamos asegurar que la calidad de la vida responda a los deseos humanos, a lo que en el fondo de nosotros mismos nos parece digno de ser vivido.

En nuestra lengua española, cuando algo no nos parece aceptable, estimable, valioso, decimos: «Esto no es vida.»

Queremos que la vida del mundo entero, el año 2000, sea vida, con todos los atributos que pertenecen a la vida humana. Para ello os habéis reunido en Madrid, hombres y mujeres eminentes, españoles y extranjeros de todos los continentes. Habéis aportado vuestro saber, vuestras experiencias, la conciencia de los problemas más acuciantes, la visión de los peligros y las amenazas que podrían destruir las mejores posibilidades de la humanidad.

No se trata de dar soluciones mágicas a los grandes problemas de nuestro tiempo. Se trata de ver claramente cuáles son, de pensar sobre ellos, porque esa es la conducta propiamente humana. Y se trata, sobre todo, de colaborar en el esclarecimiento de las grandes cuestiones que nos afectan a todos.

La cooperación de las instituciones culturales universales, la presencia de un amplio grupo de los más distinguidos cultivadores de las disciplinas intelectuales, el entusiasmo de un núcleo de españoles que ha sentido la urgencia de plantear las cuestiones con la universalidad necesaria, fieles a lo que siempre fue la auténtica vocación de España, todo eso permite esperar que la reunión de diciembre de 1981 será fecunda y constituirá una importante contribución para conseguir una orientación ante las interrogantes de un futuro incierto.

España está empezando una nueva etapa de su larga historia. Será verdaderamente nueva porque no quiere cortar su continuidad, porque no olvida el pasado: no quiere repetirlo, sino apoyarse en él para ir adelante.

La primera innovación de la España democrática consiste en llamar a todos los españoles, pedirles que sin excepción se unan a la gran tarea común. Queremos una España sin exclusiones, en que todos los españoles se sientan en su casa, libres y dueños de su destino; no aislados ni recluidos, sino en el mundo, dispuestos a colaborar con las otras naciones para plantear mejor los problemas de nuestro tiempo.

Los españoles buscamos metas para nuestra vida; miramos hacia el año 2000 con incertidumbre, entusiasmo y esperanza. Nos sentimos vinculados estrechamente a esos países de nuestra lengua, incorporados desde hace cinco siglos a la historia común; somos parte de Europa, participantes de su cultura, sus problemas y sus ideales; pertenecemos al mundo occidental.

Pero además nuestra historia nos ha familiarizado con hombres de otras razas, religiones, lenguas.

La Monarquía hispánica de la que soy heredero y continuador era una amplia comunidad de pueblos dilatada por los dos hemisferios. España no puede ser particularista, ha hecho profundamente la experiencia de diversas formas de humanidad, y toda ella le importa.

Por eso celebramos con alegría que Madrid sea hoy el lugar de encuentro de tantas personas eminentes, dispuestas a profundizar en la apasionante tarea de preguntarse cómo la vida humana puede ser más próspera, más justa, más inteligente, más libre y más fraterna en ese siglo xxi que está ya al alcance de nuestra mirada.

Deseo vivamente que los trabajos que en esta reunión se emprendan, alcancen a constituir, en un futuro no lejano, una relevante aportación para la solución de los desafíos contemporáneos.

Gracias a todos por su esfuerzo, por su inteligencia y por haber venido a ayudar con ello al pleno establecimiento de la libertad en España.

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