Omitir los comandos de cinta
Saltar al contenido principal
Activities and Agenda
  • Listen it
  • Imprimir la página
  • Send to a friend
  • Suscribe to RSS
  • Share it on Facebook
  • Share it on Twitter
  • Share it on Linkedin
  • Share it on Google+

Palabras de Su Majestad el Rey a la milicia en la Academia General Militar

Zaragoza, 28.02.1981

M

is primeras palabras han de ser para dar gracias a Dios por permitirme hoy, después de veinticinco años, volver a besar con mis compañeros la bandera de España, y sentir que el tiempo transcurrido ha servido para acrecentar nuestra firmeza en el cumplimiento del juramento prestado, nuestro amor a la patria y nuestra ilusión de entrega total a su servicio.

Como habéis expresado en vuestras palabras, hoy es un día en el que se agolpan los recuerdos, pero que exige también una meditación seria sobre nuestra actitud presente y sobre nuestro futuro.

Tres son las notas que, dentro de la emoción, dominan hoy mis sentimientos y que a todos quisiera comunicar como Rey, como Capitán General de los Ejércitos y como compañero: hacia el pasado, un profundo respeto; hacia el presente, una meditada firmeza y una serena decisión, y hacia el futuro, una consciente esperanza.

Respeto hacia el pasado, porque así entiendo que se deben completar todas y cada una de las páginas que, con sus grandezas y servidumbres, configuran la historia de la patria, a la que nos sentimos orgullosos de pertenecer.

Y ese respeto ha de ser tanto más profundo cuanto más próximos estén en el tiempo los acontecimientos, porque sólo con respeto y sin pasión seremos capaces de realizar, superando nostalgias o rencores, el necesario análisis de errores y aciertos para definir, con plena responsabilidad, el camino a seguir.

Con respeto y emoción recuerdo el día en que, besando la bandera y ofreciendo nuestra vida a su servicio, adquirimos la plenitud de nuestra condición de soldados españoles; con respeto y agradecimiento recuerdo a cuantos contribuyeron a forjar nuestro espíritu, dentro y fuera de esta Academia, y respeto tributo a cuantos españoles de cualquier índole, condición o idea, antepusieron España a sus intereses personales.

Serena y meditada firmeza y decisión ante el presente que hoy se refuerza tras el acto que acabamos de realizar. Si serios son los problemas con los que nos enfrentamos, hoy afirmo que más seria es todavía nuestra decisión de superarlos, y más firme que nunca nuestra voluntad de alcanzar la meta de una España, que, a través de una democracia verdadera, consiga su plenitud de paz, de justicia, de libertad, de progreso y de unidad.

Esperanza consciente ante el futuro, porque conozco y tengo fe en el pueblo español, en la entrega y en la generosidad de sus hombres y sus mujeres, y en la capacidad de solidaridad de sus tierras y regiones; y porque conozco y tengo fe en los Ejércitos de España de los que me cabe el honor de ser jefe supremo.

Ejércitos que no pretenden monopolizar el amor a la patria, pero que sí reclaman ocupar el puesto más avanzado a su servicio.

Ejércitos que sufren junto a todos los buenos españoles cuando se ofende a la bandera de España o se atenta contra su unidad.

Ejércitos conscientes de la fuerza que la nación deposita en sus manos y que por ello están animados de la más estricta disciplina, unión y confianza en sus mandos.

Ejércitos, en suma, que respetuosos con la Constitución nunca renunciarán a llenar plenamente la misión que ésta les asigna.

Ejércitos que han de saber interpretar con exactitud y acierto esa Constitución y comprender que no se contribuye a la seguridad de la patria con acciones irreflexivas, que colocan a las Fuerzas Armadas y al Estado en general en situaciones críticas para las que no puede haber una salidad digna ni una continuidad normal dentro del mundo en que vivimos.

Muy recientes sucesos, que están en la mente de todos, deben servir de lección a los propios ejércitos de un lado, y a todas las fuerzas políticas del gobierno y de la oposición, de otro, para acomodar sus respectivas conductas a fin de conseguir el orden, la seguridad y el bien de España.

Porque no es conveniente que las actuaciones políticas o las campañas de los medios de información propicien las condiciones para crear un ambiente de incomodidad, de disgusto o de preocupación en las Fuerzas Armadas y en las de Seguridad, que tantas veces han sentido en su carne los atentados de la violencia y en su espíritu los ataques de la crítica o de la incomprensión.

No es prudente tampoco que, superadas las difíciles circunstancias que acabamos de vivir, se extienda el análisis, la censura o la sanción moral a colectividades enteras, por el hecho de que a ellas pertenezcan los que, aturdidos por la irreflexión, piensan erróneamente que sus impulsos precipitados les convierten en salvadores de la patria y que no existen más camino para lograr esa salvación que los de la subversión y la violencia.

Obtengamos todas las consecuencias oportunas de los críticos momentos pasados y enfrentemos el futuro con la misma serenidad que nos sirvió para solucionar aquellos y evitar gravísimas consecuencias con el apoyo en una lealtad, una disciplina y un patriotismo que han sido la norma general de las Fuerzas Armadas y de Orden Público en los delicados tiempos de la transición.

Quiero ahora dirigirme particularmente a mis compañeros de la XIV Promoción, esa promoción que nunca me ha pedido y que siempre me lo ha ofrecido todo.

Sabed que el Rey tiene por orgullo ser vuestro compañero y haber formado en vuestras filas.Me habéis prometido lealtad, y lealtad os prometo yo a vosotros, en la certeza de que nuestra mutua promesa será fácil de cumplir, porque al haber renunciado conscientemente a toda actividad partidista nuestros ideales corren paralelos hasta confluir en esa meta final que se llama España.

Sé que muchos, en las filas de la Guardia Civil y de la Policía Nacional, ocupáis la línea de vanguardia de la acción para erradicar el terrorismo y para mantener el orden en nuestra nación, sin que nunca haya decaído el ánimo a pesar de haber sufrido el zarpazo del cobarde asesinato en la propia carne de la promoción, y sin que la incomprensión que algunas veces se pone de manifiesto haya provocado el odio o la venganza en vuestras actuaciones.

Sé que todos os mantenéis firmes en vuestros puestos de mando, de enseñanza o de estudio, y que lleváis como lema de vuestras vidas la unión, el compañerismo y la disciplina, que ni el tiempo ni las circunstancias podrán jamás romper.

En esta fecha para nosotros tan memorable quiero dedicar un emocionado recuerdo a nuestros compañeros desaparecidos. Su ejemplo de generosidad en la entrega de sus vidas por la bandera que besaron está y estará siempre presente en nuestros corazones. Y un saludo lleno de afecto a nuestros compañeros de los Ejércitos del Mar y del Aire, en cuyas filas con igual orgullo me formé.

Recibid todos, con vuestras mujeres y vuestros hijos; recibid asimismo las viudas de nuestros compañeros, el abrazo fuerte de vuestro Rey, de la Reina y de mis hijos, que hoy se integran con ilusión en esta gran familia militar que tan bien sabe conjugar la austeridad con la dignidad y la alegría, el compañerismo con el mutuo respeto, y que permanece unida indisolublemente.

Esta unión de las Fuerzas Armadas, que en la paz forman un bloque inquebrantable, es el reflejo de lo que ocurre en los momentos del combate, cuando las acciones individuales distinguidas constituyen únicamente episodios, por brillantes que sean, en el conjunto de la acción.

Ese bloque inquebrantable, anónimo en su fusión y en la tendencia hacia la consecución del objetivo, está formado por la voluntad y el esfuerzo de todos sus miembros, cada uno desde el puesto o misión que le corresponde, conscientes todos de la necesidad de lograr la victoria.

Es preciso sacrificarse en pro del conjunto; es necesario dejar de pensar en el éxito personal o en la recompensa individual -por lícita que sea la honrada ambición-, porque por encima de todo debe estar siempre la identificación de los superiores y los inferiores, el espíritu de los que, unidos por el compañerismo, se sienten hermanados en la vida y en la muerte y están dispuestos a entregar aquélla para lograr que la batalla se gane o la patria se salve.

Tal vez este ejemplo de la milicia debiera trasplantarse a otras esferas, a otros campos y a otras actividades de la nación, cuando vivimos graves momentos y se hace imprescindible la unión sincera, sin preocupaciones personales, sin protagonismos egoístas, sin afanes de triunfos subjetivos o de satisfacción del amor propio, porque el objetivo es nada menos que el bien de España, que hemos de esforzarnos en conseguir desinteresada y decididamente.Nuestra profesión está animada también por una serie de principios básicos, de virtudes invariables, de ideas firmes e inconmovibles, que caracterizan la conducta de los militares e inspiran sus pensamientos y sus acciones.

Habrá aspectos secundarios o accidentales en los que se pueda diferir y mantenerse opiniones dispares; pero siempre permanecerán invariables esas ideas fundamentales sobre las que no puede haber duda o discusión, que unen a los miembros de las Fuerzas Armadas y dirigen sus voluntades a un fin supremo.

Es posible que esta realidad pudiera trasladarse asimismo a otros sectores de la vida nacional. Porque es una lástima que muchas veces los hombres, los grupos o las tendencias no acierten a unirse por encima de cuestiones accesorias, sobre la base de unas ideas y de unos principios fundamentales, en los que puede cifrarse una coincidencia que redunde en el bien del país.

Unas palabras también a nuestros futuros oficiales, a los caballeros cadetes. Hoy, una promoción que como vosotros se formó en esta Academia, ha renovado su fe y con firmeza su juramento a España.Al contemplarla, veréis a sus miembros ya con canas en los cabellos, arrugas en muchos rostros y gastadas estrellas en bocamangas.Pero mirad más adentro, más profundamente, y percibiréis algo mucho más importante, que constituye el verdadero secreto de vuestra profesión: ilusión, entrega, vocación de servicio, decisión para la lucha y amor a la paz.

Dejaros contagiar por la emoción que hoy confesamos sinceramente que a nosotros nos embarga.Haced que el honor y el amor a la bandera presidan siempre vuestras vidas.

Sed plenamente conscientes de la gran responsabilidad que pronto recibiréis cuando se os confiera el mando de los soldados españoles, de esos soldados que provienen de un pueblo generoso que se integra en el ejército y al que nunca podéis defraudar.Perfeccionar la formación técnica, puesto que muy compleja es la labor que se os encomendará y muy grande el esfuerzo que la nación ha de hacer para dotaros de los medios materiales precisos.Y cultivad, sobre todo, los elevados valores del espíritu, porque deben prevalecer siempre en el hombre sobre el materialismo que hoy, por desgracia, en tantas ocasiones se manifiesta en el mundo.

Con la seguridad que así lo haréis, uníos ahora a nosotros, a nuestras familias y a todos los que hoy nos acompañan para, juntos, con la mirada puesta en la bandera, la mente en el juramento prestado y el corazón abierto de lleno a la esperanza, gritar con fuerza y con orgullo:

¡Viva España!

Back to Speeches
  • Listen it
  • Imprimir la página
  • Send to a friend
  • Suscribe to RSS
  • Share it on Facebook
  • Share it on Twitter
  • Share it on Linkedin
  • Share it on Google+