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Palabras de Su Majestad el Rey a los miembros del Pacto Andino

Perú(Lima), 24.11.1978

S

eñores miembros de la Comisión, señores miembros de la Junta, señor Secretario General, señoras y señores, la visita que hoy tengo la satisfacción de hacer a esta sede del Acuerdo de Cartagena está, para mí, cargada de simbolismo y significado. Quisiera, por tanto, dejar constancia de mis sentimientos con la claridad y precisión que el momento requiere.

He invocado, en primer lugar, el simbolismo que creo reviste mi presencia aquí. Si la Corona de España, históricamente tiene un sentido de actualidad en un continente que se descubrió en su nombre, lo tiene precisamente con respecto a los deseos de integración que motiva vuestra existencia. Aspiración que nace en el momento mismo de vuestro acceso a la Independencia, cuando, desde Lima, Bolívar convoca el Congreso Anfictiónico de Panamá en 1826.

Se trató entonces de crear una confederación continental que diera estabilidad a las relaciones interamericanas. Fruto de ese temprano anhelo fue el «Tratado de Unión, Liga y Confederación Perpetua». Este constituyó un primer brote idealista de una ambición que, de forma subyacente, ha sido siempre un componente larvado, pero real, de la vida americana.

Sin salirnos de esta hospitalaria y entrañable capital del Perú, recordemos el Congreso de 1847, en el que se elaboró un proyecto de confederación de los países de la región; o el de 1864, en el que se redactaron varios proyectos de tratados que proponían la unión de intereses concretos; o el de 1877, primero de los de carácter jurídico, en el que se elaboraron una serie de convenios para lograr una normativa uniforme en conflictos de materia civil.

Estos y otros muchos ejemplos cabría aducir, junto a la lista de tantos pensadores y hombres de Estado, que en vuestro seno mantuvieron vivo el sueño bolivariano como una aspiración potencial que algún día habría de encontrar su formulación y posibilidad.

La América de habla española se adelantaba así, de forma notoria y clara, en el anhelo de integración regional que en otras zonas geográficas tardó en fraguar como proyecto.

Había una razón para ello. Todos lo sabemos. Vuestros pueblos conservaban el recuerdo de tres siglos cumplidos de coexistencia comunitaria, integrada bajo las mismas instituciones.

Pese a las dificultades de comunicación y comercialización propias de aquellas centurias, habían vivido la experiencia de ser parte esencial de la comunidad con mayor entidad mundial en su época. Es ésta una memoria de difícil olvido.

Resulta lógico y natural que en la euforia de una independencia joven, perviviera, en el ámbito americano de una misma lengua, esa idea de integración como afirmación comunitaria de soberanía plena y vigorosa. Entiendo que la Corona que hoy ostento estuvo, entonces, en el origen de ese sentimiento.

Por otro lado, quisiera precisar el significado que la España democrática de hoy atribuye a mi presencia en esta sede del Acuerdo de Cartagena.Hemos seguido con particular interés los movimientos de integración que se han venido generando en el seno de los países hermanos de América.

Hace tiempo que nos venía preocupando un hecho, que consideramos muy grave para el buen equilibrio de la vida internacional de hoy: la América hispanohablante no ocupa el lugar que le corresponde en el concierto de fuerzas. Su voz no tiene el peso que debiera. Pocos como nosotros, los españoles, saben valorar lo que eso significa. La riqueza de posibilidades de la comunidad internacional resulta así significativamente mermada.

Somos también conscientes de que, como consecuencia de esa circunstancia, la América del sur y del centro han quedado injusta y peligrosamente desenfocadas como centros de atención preferentes en el actual concierto internacional.

Existe una inaceptable relegación de la zona que, como españoles y como hermanos, nos ofende y nos intranquiliza.

Pensamos que, precisamente por esa situación, las tensiones internas del propio continente americano se agudizan y se enredan, en su relativo aislamiento, sin que, por otro lado, sus graves problemas y necesidades encuentren la ayuda y comprensión que se presta a otras áreas geográficas.

Nos parece, sin embargo, que no basta con levantar una voz acusadora. Tenemos el propósito decidido de intentar atraer la atención sobre tales realidades, colaborando en las soluciones que se ofrezcan. Sentimos que el tiempo apremia.

De ahí nuestro interés por los esfuerzos integradores y las iniciativas que a esos efectos se generen en el seno de la fraternidad iberoamericana.

Me satisface tener la ocasión de decir estas cosas en la sede del Acuerdo de Cartagena.

El Pacto Andino es, hoy por hoy, el proyecto más ambicioso y la más concreta realidad de cuantos ensayos ha visto el continente. Es de justicia proclamarlo y llamar la atención sobre ello.

Deseamos potenciar nuestro apoyo, activando las reuniones de la Comisión Mixta Hispano-Andina para realizaciones concretas. Pensamos que, a través de ella, sumadas sus posibilidades a las que ya son operativas con la Corporación Andina de Fomento -con la que tampoco faltan proyectos de futuro-, nuestra colaboración debería alcanzar los niveles que nuestras posibilidades actuales nos permiten.

Señores miembros de la Comisión, señores de la Junta, al agradeceros el recibimiento que me habéis dispensado esta tarde, quiero dejar constancia de estos propósitos de España.

Como país hermano, respaldaremos y prestaremos nuestra colaboración a toda iniciativa integradora que la América de habla española se proponga, sea ésta regional o subregional. Nos parece urgente el poder contar con su voz y su presencia, con fuerza e influencia crecientes, en este mundo conflictivo tan carente de libertad y de justicia, ideales sobre los que fundasteis en su día vuestra existencia como naciones independientes.

Muchas gracias.

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