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Palabras de Su Majestad el Rey a la comunidad académica al ser investido doctor "honoris causa" por la Universidad Nacional de Brasilia

Brasil(Brasilia), 17.05.1983

S

eñor Rector de la Universidad Nacional de Brasilia, autoridades académicas, señores profesores, señoras, señores, recibo hoy con profunda emoción el doctorado honoris causa que me otorga esta joven, pero ya espléndida Universidad Nacional de Brasilia. Constituye siempre un honor ser admitido en el seno de una institución docente de prestigio. Pero, por muchas razones, esta satisfacción está hoy teñida de un especial significado.

Esa forma especial de sentirme honrado que os expreso hoy, en el corazón de este maravilloso campus universitario, en el corazón de este inmenso Brasil, viene dada por el hecho fundamental para mí de que vuestra iniciativa ha sido dictada por consideraciones relacionadas con la trayectoria democrática seguida por mi país durante los últimos años.

Brasilia, capital de la esperanza, es el símbolo del nuevo Brasil, una nación que significa mucho en el contexto de la relaciones hemisféricas y, en el más amplio, a nivel mundial. Brasilia es la concreción de un sueño, de una inspiración que no es de hoy ni de ayer. El origen de la idea se pierde en la misma leyenda y empieza a cobrar sentido en los prolegómenos del siglo xviii, aunque sea sólo como idea, para convertirse en realidad el 21 de abril de 1960.

La Universidad Nacional de Brasilia no podía ser ajena, en modo alguno, a la concreción de ese sueño y al profundo significado de la nueva capitalidad.

Se ha distinguido en su corta, pero fructífera vida, por el carácter profundamente innovador de la cultura brasileña a través de programas de extensión y por publicaciones editoriales cuyos ecos han llegado a todas las grandes universidades del mundo.

Asimismo sé del inteligente espíritu con que se han planteado muchos ambiciosos programas de investigación que aquí tienen lugar.

Debo rendir homenaje en este sentido a los distintos rectores de la Universidad Nacional de Brasilia que han sabido dar ímpetu y fuerza iniciales a una idea y que han conseguido levantar una sólida institución de prestigio en tan poco tiempo.

Un gran pensador español, Julián Marías, cuya palabra fue oída en estos mismos claustros con ocasión del homenaje que se rindió al insigne intelectual brasileño que es Gilberto Freyre, sostenía en aquella ocasión que la función principal de la universidad es la de «enseñar a pensar con rigor, a distinguir lo verdadero de lo falso, a dominar el mecanismo de la justificación, a entender de tal manera que, cuando no se entiende, se sepa que no se mantiene».

Esta función capital -añadía- se ve amenazada por el crecimiento y por la tentación utilitaria en los contenidos de la ciencia y de la investigación universitaria.

El utilitarismo, que empezó siendo científico, es hoy más bien económico, social y político. Se supone que es menester ocuparse de los problemas inmediatos y urgentes de las sociedades en que vivimos. Pero la única manera de tratar con eficacia estos problemas es poseer los instrumentos conceptuales precisos, rigurosos y comprobados.

Para ello, la universidad ha de ser fiel a su espíritu. Al espíritu del humanismo y de la democracia.La universidad debe estar vuelta hacia el hombre, situando la técnica en su lugar. Y al tiempo este humanismo ha de estar al servicio de todos.

La responsabilidad de los intelectuales converge en la misma dirección que las responsabilidades de los estadistas. El mundo tiene un encuentro marcado con el humanismo, la paz y la democracia. Y la universidad puede ser el centro de las fuerzas que racionalizan esta construcción.

Señor rector, señoras, señores, al expresar mi profunda gratitud por esta investidura, deseo reiterar mi hondo respeto y profundo amor hacia la institución universitaria y, al mismo tiempo, mi fe en los valores y creencias sobre los que se apoya nuestra común concepción de la vida.

En Brasil, en su capital federal, la Universidad de Brasilia representa un faro capaz de iluminar muchas de estas discusiones y anhelos.

Sabemos que el espíritu necesita ser siempre alimentado por la confianza en el hombre. Y lo sabemos desde las experiencias de las propias universidades españolas, donde permanece viva la lección del ideal renacentista que tan perfectamente encarnara en nuestros juristas y teólogos del siglo xvi, en nuestros ensayistas de la época ilustrada, en los hombres de la Generación del 98 y en las actuales corrientes del pensamiento universitario.

Tengo la convicción de que en la capital de la esperanza, la Universidad de Brasilia es también la universidad de la esperanza.

Muchas gracias.

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