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Palabras de Su Majestad el Rey en la entrega del Premio Cervantes a Ernesto Sábato

Madrid(Alcalá de Henares), 23.04.1985

C

on el espíritu cervantino que atribuye a las letras la misión de dar a cada uno lo suyo, poner en su punto la justicia y alabar lo digno y grande de los hombres, celebramos hoy cuantos aquí estamos, y España y las Américas con nosotros, la concesión del Premio Cervantes de 1984 al escritor Ernesto Sábato.

Esta recepción agranda e ilumina aún más una institución que año tras año, nos permite alentar las vidas y las obras de quienes nos han dado, para que andemos mejor por el camino de la historia, los más grandes logros de su imaginación y su juicio crítico.

En el presente caso, igual que en los anteriores, estamos ante un escritor que, como nos ha dicho el Ministro de Cultura, ha sabido señalar, con belleza formal, agudeza de fondo y óptica universal, las claves históricas y actuales de nuestro tiempo.

Sigue firme en su vocación, inalterable en el esfuerzo y joven en la esperanza. Ernesto Sábato, con los grandes escritores americanos, nos tiende un puente hacia el futuro y nos viene a decir, con dramatismo e inauditos recursos estéticos, que la aventura de vivir en libertad es digna de ser vivida; que a ella debemos ir en compañía, pues se trata de un diálogo múltiple y compartido; y que nada se pierde en el destino de los hombres, cualesquiera que sean las experiencias amargas que tengamos que sufrir, si nos sentimos responsables de nuestros propios actos y si estos actos están orientados a servir el progreso de la humanidad.

Esas palabras de libertad y diálogo han sido armonizadas en la hermosa tierra argentina, en la patria de Sábato, y todos sabemos cuánto él mismo ha contribuido y contribuye a que se hagan realidad cada día. Porque este escritor que se honra y nos honra en el Premio Cervantes, lleva en sus manos una luz de verdad y amor hacia la sociedad. Un escritor que no ha declinado nunca, ni humillado ni escondido, sus convicciones profundas y que ha sufrido y se ha desvelado por ellas.

Por eso las cicatrices de Sábato son nuestras cicatrices; sus anhelos los nuestros y su Argentina -cuyo amor a España hemos constatado recientemente la Reina y yo- la nación para la que queremos las mayores venturas.

Yo deseo, humildemente, interpretando la cortesía del Premio Cervantes y la de cuantos, aquí y allá, en América y España, vivimos estos momentos con afán de trascendencia, ofrecer a Ernesto Sábato, guerrero de las letras, mago de la palabra, sabio en la alquimia de las fuentes secretas de la naturaleza, desvelador de honduras del pasado, descubridor de horizontes universales, lo mejor de nuestra patria. A él le queremos brindar el más cálido vino, mostrarle los mejores paisajes españoles, mitigar su fatiga con las espumas de nuestros litorales, ofrecerle la paz de nuestros bosques mágicos y decirle en suma:

-«Estáis en vuestra casa, Sábato, y queremos proseguir contigo y con la obra que te acompaña, el camino hacia lo venidero.»

Las tinieblas en que se mueven los personajes de Sábato, su intento por indagar en el mal, en lo más oscuro del hombre, no significa que el escritor cierre la puerta a la esperanza. Su amor por el hombre se lo impide. La ciencia, la cultura, la relación del hombre con sus semejantes, son tablas de salvación en las que Sábato no puede dejar de creer.

En su obra aparecen de continuo los temas capitales que preocupan al hombre: la vida y la muerte, el amor, la relación con lo trascendente, la crisis colectiva de la humanidad, la violencia, el sufrimiento, la tiniebla, la oscuridad, el dolor, la esperanza. El mismo ha dicho: «mala o buena, mi narrativa se propone el examen de los dilemas últimos de la condición humana, la soledad y la muerte, la esperanza o la desesperación, el ansia de poder, la búsqueda de lo absoluto, el sentido de la existencia, la presencia o ausencia de Dios. No sé si he logrado expresar cabalmente esos dramas metafísicos, pero en todo caso es lo que me propuse». Todos estos temas configurarían esos «fantasmas» que acompañan al escritor y que están, en realidad, dentro de cada hombre, definen y mueven la vida y el pensamiento de la humanidad.

De Sábato podemos decir, como de muy pocos escritores, que es nuestro contemporáneo. Su obra refleja los anhelos y las frustraciones, las carencias y los deseos del hombre de hoy. El existencialismo de Sábato es la puesta en literatura de un mundo en profunda crisis que se enfrenta, caso in extremis, al dilema de su destrucción o su salvación.

La producción de Sábato parece, por ello, participar tanto de la filosofía como de la literatura. Pensamiento y palabra, idea y escritura se funden en ella como un todo.

Europa no estaría esencialmente completa sin nosotros y nosotros no podremos comprendernos sin las comunidades americanas, sin las naciones que nos honran en la patria común del idioma y que laten y aspiran a la paz y el progreso con España.

Ese mundo dibuja, venciendo las distancias geográficas o acercándolas y empequeñeciéndolas, en medio de la convulsión de esta hora que algunos quisieran apocalíptica, una andadura cierta, sostenida por una voluntad de persistencia ejemplar en la consecución de la justicia y en el logro de la libertad.

No están solos en esa lucha los pueblos de América. Con ellos y sus irrenunciables aspiraciones está la razón, la bondad y el orgullo de considerarse protagonistas de su propio destino. España no los dejará solos. Estáis aquí, Sábato, como valedor de una conciencia colectiva que nos compromete.

Porque, en definitiva, la responsabilidad de las sociedades consiste en saber escuchar las advertencias y sentir las llamadas de sus grandes escritores.

Me atrevo a decir que la América de Sábato encierra en su gigantesca personalidad algunas de nuestras más caras y permanentes ilusiones nacionales: superar las discrepancias seculares y unirnos en una tarea común de perfeccionamiento de la propia convivencia.

Si sabemos desarrollar en nuestra realidad española ese aliento de fraternidad que los escritorios americanos nos proponen en sus extraordinarios mensajes, habremos acertado en la propia andadura como pueblo.

Alumbramos hoy, sinceramente, un nuevo descubrimiento mutuo de América y España. Señalo ese acontecimiento con alegría. Las nuevas generaciones de aquí y de allá se buscan en el mundo inquieto pero también sugestivo, que nos ha tocado transformar.

Debemos ayudar a esas generaciones para que su encuentro produzca los mayores frutos de libertad y progreso, en aras de toda la humanidad.

A ese fin común contribuyen quienes, como el ilustre escritor que hoy recibe el Premio Cervantes, nos descubren el ilimitado ser de la belleza y la cultura.

Otorgar el Premio Miguel de Cervantes a Ernesto Sábato supone, en resumen, reconocer tanto los valores literarios y morales de una obra ya clásica como destacar la actitud ante el hombre y ante el mundo de un escritor admirable.

Es, por todo ello, un gran día el que compartimos con Ernesto Sábato.

Su mensaje llega oportuno y vital, como lo fue para siempre el de nuestro Cervantes.

Muchas gracias.

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