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Palabras de Su Majestad el Rey al Parlamento Europeo

Francia(Estrasburgo), 14.05.1986

S

eñor Presidente, señores parlamentarios, deseo, ante todo, manifestar mi profundo agradecimiento por la amable invitación que me brinda la oportunidad de visitar el Parlamento Europeo, ante el que, por primera vez, tomo la palabra. Esto constituye para mí una sincera satisfacción.

Lugar especialmente propicio para el encuentro, la ciudad de Estrasburgo, centro geográfico de la antigua Lotaringia, ha sido, desde su fundación, un crisol fecundo de culturas y una encrucijada permanente de la historia. En ella, no sin dificultad, pero también sin decaimientos, vio la luz, ya en nuestros días, el proceso de construcción de la unión europea, pues en esta ciudad se asentó el Consejo de Europa como primera piedra de tan atrevida empresa.

Quiero resaltar el aspecto institucional de la construcción europea porque en el terreno de las ideas, la unión europea ha estado latente en nuestros pensadores y en la conciencia colectiva de nuestros pueblos cuando Europa, en tiempos ya remotos, deja de ser una mera noción geográfica para convertirse en cuna de civilización.

Desde muy antiguo, Europa adivinó su vocación de unidad, pero, al mismo tiempo, presintió que para llegar al objetivo común sería necesaria una etapa intermedia en la que los componentes nacionales se enriquecieran recorriendo su propio camino, para después formar una realidad más rica, más diversa y más fecunda.

Pero esta vía tenía serias limitaciones y entrañaba graves peligros, como quedó demostrado, por unos nacionalismos exagerados y por la división religiosa.

Descartados los escasos y fallidos intentos de alcanzar la unidad por la fuerza de las armas, se centra en la lógica vía de la concertación, después de que dos enfrentamientos fratricidas en el corto espacio de medio siglo sembraran el horror en nuestro suelo y amenazaran con borrar de la faz de la tierra más de veinte siglos de historia.

Europa decide buscar, finalmente, la unidad en la diversidad. Unidad que se fundamentará en el entendimiento profundo entre sus pueblos. Unidad como expresión de la voluntad de vivir en común, en paz y en libertad, y no sólo de un acuerdo entre gobernantes. Todo ello animado, además, por el deseo de mantener a Europa como un baluarte de la libertad, de la democracia y del respeto de los derechos humanos.

Señor Presidente, quiero rendir homenaje a los hombres, pensadores, estadistas y gobernantes que en la inmediata posguerra sentaron las bases jurídico-políticas de esta Comunidad, en la que hoy España se integra plenamente y sin reservas. Los nombres de Schuman, Spaak, Monnet, De Gasperi, Adenauer, y tantos otros, están grabados con trazos imborrables en nuestro acervo común.

Al cumplirse este año el Centenario de su nacimiento, es obligado recordar, asimismo, al gran español, europeo y universal, Salvador de Madariaga, cuya larga vida e inminente obra estuvieron siempre comprometidas con el ideal de la construcción europea. Un busto en este edificio es justo recuerdo de una figura que medio siglo atrás se calificaba ya, a sí mismo, de parlamentario europeo.

Largo es el sendero recorrido desde la firma del Tratado de París y desde la Conferencia de Mesina, preludio de los Tratados de Roma. El éxito es tan evidente que parece inútil señalarlo. La vitalidad de esta empresa común se ha demostrado cuando, en un período de dificultades que siguió al rápido avance inicial, la Comunidad ha sido capaz de ampliarse en tres sucesivas ocasiones, al mismo tiempo que ha seguido persiguiendo objetivos pendientes y solventando dificultades sobrevenidas.

A lo largo de todo este proceso, un papel preeminente ha correspondido a esta Asamblea que hoy representa a más de ciento veinte millones de personas. De su labor, muy significadamente quiero recordar la postura abierta y positiva mantenida hacia mi país a lo largo de un proceso de negociación duro y prolongado, que culminó con la adhesión de España a las Comunidades. Por ello, quiero dejar patente el profundo reconocimiento del pueblo español hacia este Parlamento Europeo.

Un Parlamento que fue, desde la creación de las Comunidades, una fuerza motriz del proceso de renovación. Por esto, recibió la consagración que entraña el sufragio universal, y ha sido este sistema de elección el que, a su vez, le ha colocado en una dinámica nueva y más profunda que le ha convertido en el protagonista privilegiado de la vida comunitaria.

No podría suceder de otra forma en un parlamento elegido directamente por los pueblos de Europa. Y ello encaja perfectamente en la lógica de la evolución histórica. Dentro de esta misma lógica tiene lugar en esta casa, en 1984, la adopción del proyecto de Tratado que instituye la unión europea.

Esta decisión y las sucesivas actitudes adoptadas por el Parlamento Europeo en la Conferencia Intergubernamental que se convocó por acuerdo del Consejo Europeo de Milán, fueron elementos importantes en la configuración final del Acta Unica Europea, firmada este año por los doce países miembros con el objeto de seguir trabajando para el logro de la unión europea.

Tenemos la obligación de no desfallecer en este empeño y no vamos a detenernos ahora ante dificultades menores, cuando el resurgir del proyecto común se fraguó en los peores momentos de la historia de nuestro continente.

Cada uno, desde su parcela de responsabilidad, tiene que aportar su esfuerzo, y yo quiero reafirmar solemnemente el compromiso de España en la realización de ese futuro de unidad, porque nadie tiene derecho a dilapidar la herencia recibida.

Una herencia cultural de más de veinte siglos de historia y vida en común. Una herencia institucional recibida de unos estadistas y gobernantes que tuvieron el valor de dar el gran salto adelante salvando enormes dificultades, porque supieron interpretar en el corazón de sus pueblos, que la voluntad de Europa ha de seguir siendo parte activa en el mundo, después de haber escrito las más brillantes páginas de la historia.

Señor Presidente, una sociedad internacional, cuya característica fundamental es su creciente independencia, nos plantea una serie de desafíos a los que tenemos que hacer frente.

El problema del desempleo, que tan dolorosos daños materiales y morales inflige a nuestros pueblos, y muy especialmente, a los jóvenes de Europa. El desafío tecnológico, piedra de toque de un futuro ya inminente que debemos vencer con imaginación creativa para no vernos superados por otras áreas económicas del mundo que están conociendo una gran expansión.

Las diferencias regionales, a las que esta Asamblea se ha mostrado tan sensible y que resulta imprescindible corregir. Un medio ambiente que se degrada, especialmente en las zonas más industriales de nuestro continente. La defensa del incalculable patrimonio cultural que nos es propio, la salvaguardia y promoción de los derechos del hombre y los problemas de seguridad en un mundo dividido.

Cuando el fantasma del conflicto ha dejado de interponerse entre nuestros pueblos, Europa sufre una división como quizás no haya conocido antes en su historia y se ha convertido en un escenario potencial de enfrentamientos dentro de un mundo bipolar que evoluciona rápidamente, de la era atómica hacia la era espacial, y en el que la seguridad necesita la cooperación porque ni siquiera una hipotética superioridad asegura la propia supervivencia.

Por ello, y dentro del marco del sistema de seguridad occidental, la Europa comunitaria puede y debe jugar un papel determinante para conseguir un mundo regido por la distensión que permita alcanzar resultados concretos en el terreno del desarme.

Es posible hacerlo, y es obligado intentarlo, sin tener que abdicar de nuestro sistema de vida y de nuestras libertades.

Quisiera expresar una idea que ha sido ya manifestada en numerosas ocasiones, pero no por ello deja de ser menos válida: por separado, nada podremos hacer frente a estos desafíos. Sólo una Europa unida y solidaria será plenamente capaz de ello y podrá decidir su propio futuro e influir en el curso de la historia de la humanidad.

Hay que evitar que algunos actúen exclusivamente a la búsqueda de un beneficio propio.

Es cierto que debemos valorar adecuadamente las ventajas que la Comunidad ha supuesto y supone para los ciudadanos de sus Estados miembros, pero avanzando por el camino que hemos emprendido, además de resolver las tareas materiales que tenemos presentes, seremos coherentes con el devenir histórico y cumpliremos la obligación moral de responder a la vocación de unidad que, desde antiguo, sienten nuestros pueblos.

Para progresar hacia el objetivo de la unidad de Europa, es preciso ahora cumplir los objetivos fijados. La unión económica y monetaria debe ser el pilar sobre el que se construirá un verdadero espacio interior sin fronteras que supere la concepción de mercado común. Su solidez dependerá de la solidaridad que debe inspirar necesariamente todos nuestros actos, y de que se tengan en cuenta, muy especialmente, las necesidades de los sectores más deprimidos de la sociedad europea y de las regiones más atrasadas de nuestro continente.

También debemos tener presente que esa Europa que construimos ha de resultar cercana al ciudadano europeo y, por ello, hay que intensificar la cooperación en aquellos aspectos que tienen una repercusión inmediata sobre el bienestar de los ciudadanos y que, por consiguiente, contribuye a que éstos tomen conciencia clara de las ventajas que les reporta.

Ello ha de ser compatible con la adopción de medidas de garantía y de autodefensa.

En ese sentido, debe intensificarse la cooperación ya existente en la lucha contra el terrorismo. Debemos usar todos los medios lícitos a nuestro alcance para proteger la libertad y la democracia frente a la amenaza de quienes atentan fanáticamente contra los principios básicos que inspiran el sistema de convivencia pacífica de nuestra actual sociedad europea.

Estamos ante un momento decisivo, como ha habido pocos en la historia de la Comunidad. Estoy plenamente convencido de que Europa sabrá aprovechar esta oportunidad.

No obstante, frente a estos impulsos positivos se manifiestan dudas e interrogantes, a la par que surgen dificultades objetivas, que deben prevenirnos frente a la fácil tentación de lanzarse por una pendiente aventurera. En el futuro próximo incumbirá al Parlamento Europeo un papel privilegiado de vigilancia y de iniciativa, por ser la mejor caja de resonancia de las aspiraciones de los pueblos de Europa.

España se ha incorporado a una Comunidad que es la base y el motor del proceso de la construcción europea; pero sería un error olvidarse de la Europa no comunitaria, puesto que todos los pueblos europeos han contribuido ampliamente a formar y enriquecer el patrimonio común que hoy disfrutamos. Pienso muy especialmente en el conjunto de países democráticos del Consejo de Europa. Con todos ellos y también con los otros países europeos hemos compartido el pasado y esperamos, asimismo, compartir el futuro, más allá de las divisiones derivadas de la historia.

Al ser la sociedad internacional cada vez más interdependiente y Europa sinónimo de universalidad, sería suicida practicar una política egoísta hacia el resto de los países del mundo. La necesaria solidaridad entre nuestros pueblos ha de ampliarse respecto de un tercer mundo que nos mira con angustia y espera. España, al sumarse a este proceso de integración no puede ni quiere olvidar los estrechos y muy especiales lazos que le unen con las naciones iberoamericanas y espera que la Comunidad, cuyas relaciones con los países de Africa, del Caribe y del Pacífico han sido calificadas de modelo de cooperación, pueda ofrecer a Iberoamérica un marco adecuado para llevarla a cabo de la manera más eficaz.

Tampoco quisiera dejar de referirme al mundo mediterráneo con el que España mira, con intensidad y preocupación al norte de Africa, y a Oriente Medio, zonas de gran importancia política en las que Europa tiene una especial responsabilidad para que queden garantizadas la paz, la estabilidad y el progreso.

Señor Presidente, ésta es la Europa a la que España se incorpora.

España siempre se ha sentido parte de Europa y, si Europa es pluralismo y universalidad, cabe afirmar que la aportación de España al fondo común reviste una importancia específica. Durante muchos siglos, cruce de razas y culturas, España fue, durante la baja Edad Media, un eslabón privilegiado entre oriente y occidente y, lo que es más, contribuyó decisivamente a la proyección universal de la civilización europea mediante el descubrimiento de América, cuyo V Centenario celebraremos próximamente.

La España que hoy represento ha recorrido en los últimos diez años una trayectoria decisiva para la que otros países europeos precisaron más de un siglo. A la sabiduría tradicional y el legado cultural histórico se ha sumado la savia nueva de un pueblo joven que ha establecido un sistema democrático de convivencia basado en la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo. Con ese esfuerzo, que ha tenido también adecuado reflejo en lo económico, lo social y lo cultural, España ha consagrado su apertura al exterior agregándose a los países europeos que han decidido buscar la vía del progreso mediante la acción en común.

De esta forma, el pueblo español, con vocación universal, dueño de su propio destino, desde el pluralismo y el respeto a los derechos humanos, ha regresado al lugar del que su ser y su sentir nunca se apartaron.

Grandes han sido los sacrificios pedidos a España, pero reconocemos también los ajenos. Y como Rey de España afirmo la decisión del pueblo español de seguir por el camino del afán y del esfuerzo, así como la de exigirnos cada vez más a nosotros mismos. Por esto, España ha firmado el Acta Unica Europea y está dispuesta a ratificarla con prontitud. En el largo proceso de construcción de la Unidad Europea, España quiere avanzar tan lejos como sea factible.

España se ha integrado en la empresa comunitaria de la construcción europea.

Una Europa libre, unida y solidaria será un factor de paz de incalculables consecuencias. Una Europa, no sólo amortiguadora pasiva de tensiones, sino también generadora de paz en la tierra.

Esta es la mejor vía para defender los intereses de nuestros pueblos y el sendero que nos permita mirar el futuro con confianza.

Sabemos que el Parlamento Europeo está dispuesto a andarlo con nosotros con la mayor de las convicciones.

El futuro será nuestro si tenemos fe en la unidad, si trabajamos con humildad y perseverancia, si colaboramos con generosidad y alteza de miras.

Este es nuestro mayor empeño y a él les convoco.

Muchas gracias.

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