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Palabras de Su Majestad el Rey a la comunidad academica al entregar el Premio Cervantes a Gonzalo Torrente Ballester

Madrid(Alcalá de Henares), 28.04.1986

U

na vez más nos reunimos en este Paraninfo de la vieja Universidad de Alcalá de Henares en torno al Premio de Literatura en Lengua Castellana «Miguel de Cervantes». Una celebración que se manifiesta de nuevo, igual que en ocasiones anteriores, como uno de los vínculos que unen -y no sólo simbólicamente- a la Corona con el mundo de las letras.

Son ya, con éste, diez años de compartir nuestra alegría con quienes son merecedores de un galardón que nació para honrar a quienes han sabido hacer de su obra una reflexión permanente sobre el hombre y el mundo, y que lo han hecho utilizando nuestra hermosa lengua castellana, en España o en cualquiera de los países que comparten con nosotros ese vehículo privilegiado para la expresión de nuestros sentimientos.

Diez años que se revelan como el justo reconocimiento a quienes entregándose a una vocación que tanto pide a quien es capaz de asumirla en plenitud, nos dieron, con la generosidad del verdadero creador, lo mejor de sí mismos en la presencia fecunda de su escritura.

Esta dedicación inquebrantable a su anhelo vital, esta pasión incontenible por la cultura, bien puede servirnos para definir en pocas palabras la andadura personal y literaria de Gonzalo Torrente Ballester, el escritor a quien hace unos momentos hemos hecho entrega del Premio Cervantes.

Estamos -lo sabemos todos muy bien- ante una personalidad a la que nada le ha sido ajeno; ante alguien que reúne en sí la formación del universitario y del profesor, y que muestra la sabiduría vital de quien ha vivido una peripecia humana tan difícil en ocasiones como fructífera y aleccionadora siempre.

De las brumas de su Galicia originaria, de esa Galicia abierta a un mar que es horizonte infinito en el que el hombre puede divagar sin cansancio, Gonzalo Torrente Ballester parece haber extraído su gusto por la imaginación, su relación inseparable con lo fantástico. En su formación amplísima se descubre su conocimiento del mito; de aquello que desde el principio de los tiempos mueve al hombre, le une con sus semejantes en unas obsesiones comunes, entre las que nunca habrá de olvidar su relación con lo trascendente.

Todo ese interés por el hombre y por la cultura lo ha convertido Gonzalo Torrente Ballester, por la virtud de su palabra, en una obra importante.

Una obra que se diversifica a través del teatro, el ensayo, la narrativa y la crítica. Una obra cuya génesis, laboriosa unas veces, gozosa otras, representa el diálogo del hombre con su propia tradición.

Gonzalo Torrente Ballester se ha dedicado a la enseñanza, ha descubierto y ha compartido, como nos decía hace un momento, el arte de la lengua y el secreto de la literatura. Ha conocido la solitaria y compleja relación del escritor con su quehacer; la angustia de comprobar cómo la idea no acababa de hacerse escritura sobre el papel en blanco y la satisfacción de ponerla término feliz después de la vigilia y del esfuerzo.

Partiendo muchas veces de los clásicos, Gonzalo Torrente Ballester -que por algo se considera un novelista intelectual- ha recuperado nuestros viejos mitos, ha recreado la realidad española de unos años difíciles o ha fabulado dejando siempre a su aire a la imaginación. Pero, sobre todo, ha inventado mundos, nos ha demostrado que precisamente imaginar es una de las grandes capacidades del alma humana.

El mismo nos ha explicado El Quijote, la gran obra cervantina, como un juego magistral en el que lo real se transforma y se multiplica en virtud del genio inventor de un personaje que se convertirá en el ser novelesco por antonomasia.

La novela, nos dice Torrente, nos abre a la realidad, a una realidad que alguien es capaz de darnos como suya y como nuestra.

Esa es la generosidad del escritor: la de aquel que, lejos de quedarse en seguridades que quisiéramos inmutables, indaga en su interior y en el mundo para entregarnos su dolor o su dicha.

Ese es el ejemplo del creador que llama a la puerta de nuestra sensibilidad, que apela a nuestra conciencia, que nos anima a ver el mundo con otros ojos, que nos ofrece su arte y nos abre su intimidad.

Por todas estas cosas reconocemos la obra de Gonzalo Torrente Ballester como la de uno de esos maestros que toda cultura necesita para continuar ese camino que debe desembocar siempre en la libertad y en la dignidad del hombre.

Nadie mejor que él para mostrarnos, por medio de la literatura, cómo hemos ido aprendiendo lo que somos de lo que otros fueron antes que nosotros, y cómo también debemos abrirnos a un futuro del que debemos ser constructores responsables y esperanzados.

La historia de la literatura es en buena medida una sucesión de sufrimientos y hasta de fracasos que nos llegan hoy como el ejemplo más sublime de la tenacidad y el genio de los hombres. Los libros de Gonzalo Torrente Ballester son el testimonio del empeño y de la confianza del autor en su propia obra. Una confianza que seguramente no fue igual en todo momento, pero sí se mantuvo siempre firme en su ideal de artista comprometido con su tiempo y con su cultura.

Muchas veces ha señalado Gonzalo Torrente Ballester la filiación cervantina de su obra, el magisterio que sobre él ha ejercido nuestro inmortal ingenio. A él unimos hoy su nombre en la alegría compartida de este galardón que, tan gozosamente le hemos entregado.

Muchas gracias.

Se levanta la sesión.

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