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Palabras de Su Majestad el Rey en la cena de gala ofrecida en honor de Sus Altezas Imperiales los Príncipes Herederos del Japón, Akihito y Michiko

Palacio Real de Madrid, 26.02.1985

A

ltezas Imperiales, con profunda alegría Os hemos recibido hoy, cuando aún están muy vivos en nuestros corazones los recuerdos de la cálida acogida de que fuimos objeto la Reina y yo en nuestra visita de Estado al Japón, en 1980, por parte de Sus Majestades Imperiales, vuestros augustos padres, por la de Vuestras Altezas Imperiales y Vuestro Gobierno.

Si España siempre os ha recibido con el mayor afecto en vuestras anteriores estancias entre nosotros, querríamos que ahora, al realizar esta vuestra primera visita de Estado, representando a Sus Majestades Imperiales el Emperador y la Emperatriz, tan señalada ocasión contribuya a fortalecer aún más los sólidos vínculos de amistad felizmente existentes entre Japón y España.

En nuestros días, por fortuna, la separación geográfica no supone ya impedimento alguno para el estrechamiento de las relaciones de amistad y cooperación entre los pueblos. Si desde mediados del siglo XVI, en que llegara a vuestras costas Francisco Javier, se ha continuado un esfuerzo mantenido de acercamiento para conocer las respectivas civilizaciones y culturas, el progreso de nuestra época y el hecho de compartir valores similares de organización política, defensa de la libertad y la justicia y esfuerzo por la paz, cimenta hoy sobre las más sólidas bases nuestra amistad y colaboración presente y su proyección hacia un futuro prometedor.

Esta actualidad de nuestras relaciones, enraizadas en la historia, tuvo un feliz exponente en la continuidad de pasado, presente y futuro cuando el año pasado Nagasaki volvió a enviar a España una delegación de jóvenes estudiantes para rememorar el IV Centenario de la primera misión japonesa a Europa, patrocinada, en 1584, por los daimyos de aquella región y que fue agasajada entre nosotros y recibida por el Rey don Felipe II.

Recordemos también cómo, nada más iniciarse la Restauración Meiji, el mismo año de 1868, el 12 de noviembre se firmó en Kanagawa un Tratado de amistad, comercio y navegación entre nuestros dos países, que representa el primer hito de un nuevo período de cooperación prolongado venturosamente hasta nuestros días.

En 1992 vamos a celebrar la fecha magna del V Centenario del descubrimiento de América, gesta española que abrió una nueva página en la historia universal. Las naos colombinas buscaban la ruta más directa hacia Catay y Cipango. Japón, que conoció el coraje de nuestros descubridores y navegantes, está pues, asociada histórica y sentimentalmente a estas conmemoraciones, en un momento en el que la cuenca del Pacífico, escenario también de las exploraciones de nuestros marinos, adquieren nuevos y significativos protagonismos.

Los españoles admiramos la vitalidad y pujanza de la historia y cultura japonesas: el amor de la naturaleza, el gusto por la simplicidad hecha de refinamiento y de intuitiva espiritualidad, tal como se han expresado durante siglos en el jaiku o en la ceremonia del té, son rasgos permanentes de la cultura japonesa que vuestra gran nación ha hecho compatibles con logros espectaculares que han asombrado al mundo y constituyen un ejemplo para todos los pueblos.

Japón y España se conocen desde antiguo y han compartido históricamente valores de sentido moral y espíritu de generosidad y sacrificio.

Ello no basta, sin embargo, en la hora presente. Hay que profundizar el conocimiento mutuo, difundir desde la escuela y la universidad los valores de nuestros respectivos legados culturales, intensificar los intercambios económicos, tecnológicos y humanos, cercano ya el final de una centuria y el inicio de otra que habrá de alumbrar una sociedad informatizada y regida por las tecnologías de punta.

España se ha embarcado en un ambicioso proceso de modernización, para el que la colaboración con Japón debe ser, más que recurso de coyuntura, experiencia enriquecedora y motor de intercambios más intensos.

Altezas Imperiales, a la altura de 1985 nos llena de esperanza ver cómo Japón y España comparten y colaboran en el mismo deseo y los mismos esfuerzos para defender la paz y la justicia en nuestro atribulado mundo. A esta tarea deben consagrarse nuestros dos pueblos en la seguridad de que su contribución a la misma ha de reportar importantes beneficios a toda la comunidad internacional.

Quiero, para terminar, formular mis más sinceros votos por la ventura personal de Vuestras Altezas Imperiales, y por la de Sus Majestades Imperiales, el Emperador y la Emperatriz, en la seguridad de que la profunda y sincera amistad entre España y Japón ha de reportar cada vez más brillantes frutos.

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