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Palabras de Su Majestad el Rey a la comunidad académica al ser investido doctor "honoris causa" por la Universidad Mayor, Real y Pontificia de San Francisco Javier de Chuquisaca

Bolivia(Sucre), 23.05.1987

E

xcelentísimo y magnífico señor Rector, autoridades académicas, señores profesores, señoras y señores, recibo hoy con profunda emoción el doctorado honoris causa por esta Universidad Mayor, Real y Pontificia de San Francisco Javier de Chuquisaca. Es un alto honor recibirlo de vuestras manos y en este histórico recinto, tan ligado y por tan profundos motivos, a la historia de Bolivia y a la de otras queridas naciones de Iberoamérica.

Mi agradecimiento es aún más sincero, pues, al especial significado de la distinción que se me dispensa, se une el hecho de que provenga de la Casa Superior de Estudios más antigua y prestigiosa de Bolivia, vuestra noble nación.

Desde muy antiguo, la Corona española ha protegido y fomentado las manifestaciones culturales y muy especialmente las universitarias. En la fachada plateresca de la universidad de Salamanca hay un medallón en relieve que representa a los Reyes Católicos, alrededor del cual campea, en caracteres griegos, la divisa «Los Reyes a la Universidad y la Universidad a los Reyes».

Ya en el siglo XIII, el Rey Alfono X de Castilla, apodado con justicia El Sabio, llevó a su máximo esplendor la célebre Escuela de Traductores de Toledo, que fue elemento fundamental en la difusión de la cultura en Europa y sentó las bases de las universidades en la Ley de las Siete Partidas.

Las Partidas se anticipan en varios siglos a las realizaciones modernas, señalando qué debe considerarse como universidad, y quedando definidos, hasta en los más pequeños detalles, los temas pedagógicos y la sujeción a la cátedra, exigiéndose como premisa fundamental la íntima colaboración entre profesores y discípulos, para crear el clima de cordialidad y compenetración necesario en toda labor científica.

Así, estas Leyes abrieron una nueva era en la historia de la enseñanza y, a su amparo, el Estudio General de Salamanca acabaría convirtiéndose en la universidad que hasta nuestros días lleva ese ilustre nombre, como luminosa señal permanente del saber español a través de los siglos. Esta Universidad y la de Alcalá de Henares, fundada durante la minoría del Rey Carlos I y bajo la regencia del Cardenal Jiménez de Cisneros, fueron las llamadas a trasmitir las tradiciones medievales y los conocimientos renacentistas a todos los solares hispanos y, muy especialmente, a los de estas tierras americanas.

A partir de estos momentos augurales, se distinguió ya esta noble ciudad de La Plata por su vocación cultural, que aún perdura.En efecto, a mediados del siglo XVI, uno de sus primeros prelados pidió al Rey la creación de la universidad para sus feligreses platenses, solicitud que fue favorablemente acogida, mediante la concesión de una Cédula Real. Desafortunadamente, por fallecimiento del solicitante, la iniciativa no prosperó a este primer impulso fundador, no se vio coronado por el éxito.

En 1585 fue fundado el Real Seminario Conciliar de Santa Isabel de Hungría y quince años más tarde, Alonso Ramírez de Vergara, obispo de Charcas, reinició las gestiones tendentes a la fundación de una universidad en la ciudad de la Plata.

Finalmente, al cabo de veintitrés años, fue fundada esta insigne Universidad y dictadas sus constituciones por el prepósito provisional de la Compañía de Jesús, fray Juan de Frías y Herrá.

Otro ilustre prelado, Cristóbal de Castilla y Zamora, arzobispo de Charcas, fundó en 1681, en el senado de esta Universidad, la Facultad de Derecho, con las cátedras de cánones e instituta, dotándolas generosamente. Ello significó el inicio de los estudios jurídicos en el sur del continente, completándose esta labor, un siglo más tarde, con la creación de la Academia Carolina, así nombrada en honor del Rey Carlos III, que cumplió una eficaz labor de formación práctica de juristas. Años más tarde, la Universidad de Chuquisaca compartió, mediante concesión de Cédula Real, los privilegios de la Universidad de Salamanca. Desde entonces, la creación de nuevas cátedras y facultades ha seguido con vigor y espíritu innovador hasta nuestros días.

Hombres doctor, cultivadores de las letras, las artes y las ciencias, así como administradores de este grande e importante territorio, consagrados al cuidado de la cosa pública y la defensa del bien común, se graduaron en estos mismos claustros durante siglos.

A aquél prócer, y a tantos otros que encontraron su cuna intelectual en esta ilustre Universidad, quiero rendir mi más sincero y fervoroso homenaje. Y, en primer lugar, de entre todos ellos, a simón Bolívar, a cuyos oídos y conocimiento llegó la profunda labor regeneradora del pensamiento de la época, que tenía su origen en esta preclara Casa Superior de Estudios.

El Rey de España quiere aquí expresar su homenaje de fidelidad histórica a los conceptos de libertad, justicia y paz en la mente de los hombres y en la vida de los pueblos que nos legara Bolívar. Este legado común, de valores culturales y espirituales que, con nuestra lengua, ha tenido vehículos de expresión a través de los siglos, nos hace sentirnos cada día más próximos en torno al concepto fraternal de la comunidad iberoamericana de naciones, que debe plasmarse en pensamiento y acción ricos en conductas solidarias de mutua comprensión y respeto.

Señor Rector, autoridades académicas, me complace observar cómo hoy nuestras constituciones políticas, que se articulan en torno a los principios de democracia y libertad y pretenden orientar la actividad del Estado hacia la consecución de niveles más altos de desarrollo y bienestar para nuestros pueblos, coinciden en confiar a los poderes públicos el sagrado deber de promover el fomento de la cultura y la instrucción.

Deseo por ello fervientemente que esta tarea haga posible alcanzar a nuestros pueblos las metas del saber y el desarrollo cultural que son imperativos del progreso. Y que, para ello, entidades y asociaciones académicas y universitarias de Bolivia y España lleguen a establecer la colaboración más estrecha que nos impone nuestra vinculación natural y el alto valor de solidaridad que debe inspirar a nuestra comunidad iberoamericana de naciones.

Al agradeceros, una vez más, el alto honor con que hoy me distinguís, quiero hacerlo con la legítima admiración de vuestro glorioso pasado universitario y con el ferviente deseo, para vosotros y vuestra ilustre Universidad, de un futuro de logros y plenitud de realizaciones.

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